Después de visitar España hace algunas semanas, me llevé la sorpresa de saber cómo nos perciben los españoles y de por qué tenemos mucho de qué enorgullecernos, aunque nosotros siempre tengamos una especie de ansiedad sobredimensionada sobre lo mucho que nos gustaría parecernos más a otros países.
Publicado el 28.04.2017
Comparte:

Viajar al extranjero, ya sea por trabajo o vacaciones, no sólo ofrece la oportunidad de retirarse y descansar de la rutina diaria, sino también la de extraer nuevos códigos y sacar conclusiones acerca del contexto que nos envuelve. Después de visitar España hace algunas semanas, me llevé la sorpresa de saber cómo nos perciben los españoles y de por qué tenemos mucho de qué enorgullecernos, aunque nosotros siempre tengamos una especie de ansiedad sobredimensionada sobre lo mucho que nos gustaría parecernos más a otros países.

Me hablaron de nuestra riqueza cultural, destacando el hecho de que nos conforman diversas etnias; de lo maravillosa y disímil que es nuestra geografía; de que a pesar de lindar con dos gigantes naturales, como la cordillera de Los Andes y el Océano Pacífico, hemos logrado insertarnos en latitudes muy lejanas y que, al igual que muchos habitantes del primer mundo, compartimos los mismos anhelos a nivel individual, unidos a nuestras esperanzas para un mejor desarrollo. ¡El “C-H-I” se me salía por la garganta!

Una vez de regreso, la tentación de comparar fue ineludible, ya que apuntar con el dedo y la crítica fácil son ejercicios más rápidos que la reflexión. Sin embargo, tras ya haber digerido el viaje –y comenzar a ahorrar para el próximo–, pongo a disposición lo bueno, lo malo y lo feo de nuestro “chilito” (¿de dónde proviene esa manía nuestra de poner todo en diminutivo?)

Como punto de partida, en Madrid, recomiendo hacer el recorrido de los 6,3 kilómetros que comprenden el Paseo de la Castellana e insuflar los pulmones (bendecidos por un aire sin esmog) para comenzar a valorar el patrimonio de una ciudad que, gracias a que no permite demoler sus edificios antiguos, no desea renombrar calles emblemáticas y corrige los rayados de grafitti (aquí desplegados de manera inmisericorde), logra desplegar una fuerte identidad histórica.

En contraste con esta realidad, nuestro sentido de conservación languidece. Reflejo de aquello es el levantamiento de los denominados “guetos verticales”, edificios gigantescos para vivienda que están lejos de ser reconocidos como “arquitectura” por los expertos y que, de a poco, le han ido restando armonía al centro de Santiago. Pero a la vez, hago justicia y debo reconocer que, pese al frenesí por despojarnos de nuestro patrimonio urbano, sí existen lugares merecedores de ser destacados frente a ojos extranjeros. Desde la Iglesia de San Agustín, construida en Santiago en 1625, hasta los palafitos de Chiloé o la singular forma de vida en los empinados cerros de Valparaíso son todas fachadas que manifiestan estilos de vida muy diferentes dentro de un mismo país. Vale la pena ir, darse una vuelta y observar para aprender sobre lo nuestro.

Por otra parte, frente a la sangría, los boquerones en vinagre y las famosas tapas españolas (éstas últimas rematadas con una gran cantidad de ajo, tan menospreciado en nuestro país), nosotros debiésemos exaltar y apreciar los ingredientes que hacen única a nuestra gastronomía. Abraham García, dueño de un legendario restaurant en Madrid, me reprochó que a pesar de tener a la mano el merkén y mariscos de alta calidad, los chilenos “tapamos todo” con queso, crema y grandes cantidades de sal.

Pero no sólo en nuestros hábitos culinarios se refleja cómo “encubrimos” nuestras tradiciones y costumbres. Basta pasearse por un “mall” (centro comercial) y divisar que las tiendas están en perpetuo “sale” (rebajas); que lo que más se escucha en las fondas es reggaetón y no cueca; que la candidata a reina “Guachaca” ahora ni siquiera tiene que ser chilena, y que el mejor pisco sour es el que se prepara “a la peruana”.

Pero somos así. Siempre con una “antena” muy sensible hacia estímulos que provienen desde el exterior y que, por lo demás, desvían nuestra atención y nos hacen olvidar todo lo bueno que somos y tenemos (lo que no significa el dejar de mirarnos el ombligo cuando nos conviene).

Recientemente, y en señal de protesta, a través de un medio nacional, un avezado lector hizo la observación de que la Plaza de la Ciudadanía, frente a la fachada sur del Palacio de La Moneda, es la única plaza del país donde los chilenos no pueden poner un pie. Comparto su planteamiento y me pregunto qué simboliza esto para los extranjeros que nos visitaron en 2016 y que se proyecta aumentarán en un 14% este año, sobrepasando los seis millones de turistas.

Todo esto debiese cambiar no sólo para fomentar nuestro sentido de pertenencia, sino también para salvaguardar nuestro patrimonio histórico, fortalecer nuestro orgullo nacional y convertirnos en los mejores embajadores de Chile al momento de viajar.

 

Paula Schmidt, periodista e historiadora

@LaPolaSchmidt

 

 

FOTO: RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO