La rentabilidad y el aumento de la producción tiene que ver con metas e indicadores, pero estos van de la mano con calidad de vida, felicidad y -sobre todo- entender cómo funcionan -y han funcionado- los procesos sociales, el ser humano.
Publicado el 14.08.2016
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En una columna publicada recientemente en El Líbero, se planteó la necesidad de más humanismo en los directorios de las empresas. Efectivamente, tal como señala su autora -Rosario Moreno- “filósofos, escritores, sociólogos, historiadores serían un gran aporte… entregando otros puntos de vista y pensamiento crítico más allá del negocio”, lo que también -y quizás hoy más- influye en el resultado y balance final.

La afirmación no puede ser más acertada y me pareció importante reflexionar sobre el tema, toda vez que corre el riesgo de pasar desapercibido.

¿Quién duda del aporte de las humanidades y las Ciencias Sociales? No tengo registro de alguien -serio- que las considere “inútiles”.

En la famosa expresión “falta de relato”, entendido como épica y mirada del mundo; ese corazón ausente, el reinado del Excel y la postergación de la prosa y la poesía, no hay duda que el aporte humanista a las empresas recordaría que detrás de esas planillas, indicadores de desempeño y metas hay personas, familias, gente con sus virtudes, defectos, gustos y disgustos. Pero, ¿es eso lo que hoy prima en las decisiones económicas? Lamentablemente se observa una contradicción, pues mientras todos coinciden en la necesidad de más humanidades y la demanda por cursos de extensión -en algunos casos sinónimo de formación- crece, no hay un equivalente en una incorporación y asimilación en la empresa, manteniéndose en el ámbito de la entretención y la cultura general.

Al contrario, el nefasto concepto del “24/7” acuñado hace pocos años, y el estar permanentemente conectado, ha pasado a ser sinónimo de “eficiencia”. Pero, ¿lo es?

Estimado lector: ¿cuántos emails por temas de trabajo le llegan y contesta después de su jornada laboral? Incluso más, ¿no sería eso una vulneración del legítimo descanso? ¿En caso de requerirse la respuesta, no debiera ser considerado “hora extra”? Ya hay países que están colocando límites al email laboral post jornada de trabajo.

Tras ese “24/7” no sólo se esconde muchas veces un abuso, sino que se posterga la posibilidad de desconectarse, e incluso podría restringir la libertad frente a esos jefes que llaman a las horas y días más insólitos, generando incluso angustia por tener que contestar.

En Chile, donde se vive para trabajar, es curioso que la productividad no tenga equivalencia en ese “24/7”, y ciertamente los humanistas podrían aportar algo más que entretención a los directorios de las empresas.

Sin embargo, ocurre lo contrario, cada vez se les está arrinconando más. No sólo se eliminan las horas de los planes de estudio por las autoridades de gobierno, sino que a los dueños de empresa ni siquiera se les ocurre considerar incluirlos en sus directorios. Cierto, de la boca hacia afuera dirán que es importante, fundamental, pero al momento de la verdad se opta por la tradicional técnica.

Un abismo con lo que ocurre en los países desarrollados, especialmente los anglosajones, donde estudiar un bachillerato en artes liberales, literatura, historia, relaciones internacionales, ciencia política, filosofía, no es el fin del mundo familiar ni la condena a la pobreza. Cursar un posgrado en administración o lo que sea no es extraño ni exclusivo.

Pero no se trata solo de tener las herramientas administrativas. Un reciente artículo publicado en Estados Unidos confirmaba la necesidad de los Presidentes de la República de contar con el “consejo de historiadores”.

La eficiencia no pasa por la técnica ni mucho menos por la cultura de lo desechable del ser humano: el “si te gusta te gusta, total hay una fila esperando tu puesto” es un resabio del pasado que ignora aspectos básicos de la inversión en capital humano. La rentabilidad y el aumento de la producción tiene que ver con metas e indicadores, pero estos van de la mano con calidad de vida, felicidad y -sobre todo- entender cómo funcionan -y han funcionado- los procesos sociales, el ser humano.

 

Angel Soto, Profesor e investigador en la Universidad de los Andes y Universidad San Sebastían.

 

 

FOTO: SEBASTIÁN RODRÍGUEZ/AGENCIAUNO