Quienes creemos en el camino abierto por las ideas de la cultura occidental tenemos la responsabilidad de mantener vivo el espíritu y fuerza dinamizadora de las instituciones, que han permitido surgir un vigoroso y amplio sector de ingresos medios y han sacado a millones de la pobreza.
Publicado el 08.11.2017
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Las killer apps, como ha llamado el historiador británico Niall Ferguson a aquellos elementos que dieron forma a Occidente, y que en definitiva le dieron su lugar de liderazgo hasta ahora, parecen estar constantemente sometidas a escrutinio y tela de juicio por fuerzas que se niegan a aceptar la realidad. Este fenómeno se aprecia en varios países de Europa, así como también Estados Unidos y en América Latina.

En su libro Civilización. Occidente y el resto (2011), Ferguson atribuye el éxito de la sociedad occidental, y en consecuencia su liderazgo indiscutido en los últimos siglos de la humanidad, a la competencia, ciencia, derechos de propiedad, medicina, sociedad de consumo y ética del trabajo. Estas instituciones, que el autor denomina “killer apps” (aplicaciones demoledoras), han moldeado la humanidad en los últimos 500 años.

A diferencia de lo que pueden pensar algunos, esta dinámica no es extraña a Chile. Sin ir más lejos, y en pleno año electoral, queda en evidencia la voluntad y determinación de algunos por sepultar definitivamente estas instituciones, en una suerte de ideologismo y fanatismo que se niega a aceptar la realidad, y que insiste en negar el aporte de una o más de las killer apps al progreso de Chile, en la superación de la pobreza y el subdesarrollo. En este escenario, no es de extrañar que seis de las ocho candidaturas a la Presidencia de la República rechacen varias o la totalidad de estas instituciones.

Pero el asalto político a lo que Ferguson llama “civilización occidental” es el eslabón final en la cadena. Para llegar a levantar proyectos —como el socialismo del siglo XXI o el neopopulismo nacionalista— fue necesario primeramente un sustrato intelectual que, tras la caída del Muro de Berlín y el colapso de los socialismos reales, aglutinara una visión a lo menos escéptica cuando no abiertamente crítica de la democracia representativa, la economía libre, el imperio de la ley y la sociedad civil. En suma, para defender y promover la civilización occidental se hace imperativo contar tanto con una prolífica actividad intelectual como también con una actividad política concreta.

Por otro lado, la adopción de estas instituciones —descarga de las aplicaciones— en otras latitudes tan lejanas y de culturas tan distintas a Europa, con el consiguiente resultado positivo, demuestra que el progreso y el desarrollo no son privativos de una región geográfica, una religión o una raza determinada, como algunos creyeron durante mucho tiempo. Mientras existen naciones que deciden rechazar las causas de la prosperidad, otras diligentemente las adoptan y las adaptan a su propia cultura. Por esta razón hoy el centro de gravedad político, económico y científico se desplaza sostenidamente hacia el este, a Asia. Esta nueva realidad nos permite comprender de mejor manera las causas de fondo del éxito de las ideas y valores de Occidente más allá de sus límites geográficos tradicionales.

Hoy Chile, al igual que Occidente, está en un cruce de caminos, y no me refiero solamente a la elección presidencial del próximo 19 de noviembre. Un sendero conduce al pasado, a la miseria y al desarrollo frustrado. El otro camino lleva a mayor progreso económico y social, y a una mejor calidad de vida para la ciudadanía. Este camino requiere actualizar, o incluso volver a implementar algunas killer apps. El estancamiento y postración de varios países de Europa —otrora líderes en calidad de vida y desarrollo— o el evidente retroceso de naciones como Venezuela, son la evidencia más potente del efecto negativo de no actualizar, dañar o eliminar, una o varias de estas aplicaciones de las instituciones de una sociedad.

Quienes creemos en el camino abierto por las ideas de la cultura occidental tenemos la responsabilidad de mantener vivo el espíritu y fuerza dinamizadora de las instituciones, que han permitido surgir un vigoroso y amplio sector de ingresos medios y han sacado a millones de la pobreza. La competencia, ciencia, derechos de propiedad, medicina, sociedad de consumo y ética del trabajo no son el resultado de la buena suerte de algunos países del mundo, sino la decisión deliberada de sus autoridades políticas y de sus pueblos, en la perpetua búsqueda del progreso y el bienestar.

 

Julio Isamit, coordinador político Republicanos

 

 

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