Es rápido, popular y fácil recurrir a los impuestos para enfrentar catástrofes y, por lo mismo, muy difícil oponerse a ellos. Mas, la responsabilidad de quienes gobiernan y legislan debería llevar a emplearlos como solución de última instancia.
Publicado el 21.09.2015
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Después del terremoto, el borrador preparado para estas líneas quedó sin sentido. Qué decir en una columna cuyo foco son los impuestos cuando ocurre un sismo como el que vivimos gran parte de los chilenos. No se podrá comparar con el de 2010 pero terremoto fue y hay vidas y daños comprometidos.

Inicio entonces con la expresión inglesa “Act of God”, no por siutiquería o arribismo sino por el sentido que tiene más allá de lo obvio. Lo que para nosotros es “fuerza mayor”, un huracán, incendio, terremoto, acto terrorista o guerra, un evento imposible de resistir cual suceso del Antiguo Testamento, es para los de aquella lengua un “Acto de Dios”. Además de remitir al Creador, la frase nos recuerda la fragilidad de la existencia y nos repone a nuestro lugar en la naturaleza, un actor mucho más pequeño de lo que ordinariamente creemos.

Bueno, será un acto de Dios pero él no paga la cuenta. Los recursos para enfrentar la catástrofe salen de nosotros, sea a través de impuestos, sea a través del endeudamiento fiscal, que igualmente deviene en aquellos, y de nuestras reservas.

Para enfrentar la reconstrucción y saldar la deuda contraída por la guerra de independencia, bajo el gobierno de Washington se estableció en EE.UU. un impuesto federal sobre el whisky, cosa no menor en aquel momento tanto porque la revolución tuvo causa inmediata en los tributos impuestos a las Colonias desde la metrópoli, como porque la idea del gobierno central no estaba consolidada. Gravar el whisky, claro, obedece a un buen pero simplista propósito: “oprimir al publicano y al pecador con las ruedas despiadadas de los impuestos interiores”. Si se trata de algo suntuario como el whisky, daña la salud y no es consumido por todos, que los bebedores paguen. Sin embargo, la cosa era más compleja. El whisky era la moneda de cambio para los pobladores de las fronteras y fuente de riqueza para agricultores pobres y, claro, también era un modo de vida para los pioneros que tenían que vérsela con la naturaleza hostil e indios coleccionistas de cabelleras.

Así, la ley fue resistida por los granjeros, que utilizaban el sobrante de grano para destilar “agua de vida” y originó una revuelta conocida como la Insurrección del Whisky, que el gobierno aplastó militarmente. No fue un mero cacerolazo; se alzó en armas una milicia de 15.000 hombres y hubo llamados a la independencia en las colonias más afectadas. Después de la represión el tributo siguió siendo impopular, resistido y evadido, de modo que nueve años después Jefferson lo derogó.

Otro caso más atingente fue la reforma tributaria aprobada por el gobierno de Piñera para la reconstrucción derivada del terremoto de 2010, que dispuso el alza “transitoria” del impuesto empresarial, que terminó siendo permanente, subió el impuesto al tabaco y limitó algunos beneficios tributarios. Mas, ¿fue necesaria esa reforma? Creo que no si se examinan las cifras del período: desde marzo de 2010 a febrero de 2014 se crearon más de un millón de empleos; el PIB llegó a 5,2%, superando los 200.000 millones de dólares, equivalente al de Irlanda; la formación de capital fijo creció un 18,8% y el consumo en 9,3%. Cierto es que ese año se inició el raid alcista del cobre, pero también lo es que el 2008 se detonó la crisis mundial.

Es rápido, popular y fácil recurrir a los impuestos para enfrentar catástrofes y, por lo mismo, muy difícil oponerse a ellos. Mas, la responsabilidad de quienes gobiernan y legislan debería llevar a emplearlos como solución de última instancia. Los impuestos estructuran importantemente el orden público económico y sus mutaciones deberían originarse en cuestiones de fondo y no circunstanciales, a riesgo de dañar la economía y las metas que por la misma alza se pretenden alcanzar.

Claro, ya nadie se alzará en armas pero los contribuyentes son agentes económicos que a diferencia de los pioneros del siglo 18, pueden moverse con rapidez, perjudicando así la recaudación esperada. Como siempre, la mejor receta es el crecimiento económico, en el marco de un manejo responsable de la economía por parte de las autoridades pertinentes.

Casi al nivel de una ley de Newton puede postularse la siguiente: cuando los impuestos suben, no vuelven a bajar; a la vez, las alzas pregonadas como “transitorias” devienen en permanentes. Digo “casi” porque hay excepciones, pero pocas.

Bueno, si vuelve de la celebración dieciochera, no olvide que lo comido estaba gravado con 19% de IVA, el vino tomado con IVA más impuesto específico del 20,5% y si fumó, tres cigarrillos de la cajetilla fueron a la tabacalera porque los otros 17 del precio, vía impuesto, al Fisco. Si bailó cueca estuvo exento, todavía.

 

Pedro Troncoso Martinic, abogado