Hoy, en el mundo, los mayores de 60 años sobrepasan en número a los niños de cinco años, y hacia el 2050 constituirán el 21.5% de los habitantes a escala global; aquellas naciones que no resuelvan esta situación se verán entrampadas por un tema que nada tiene de añejo o pasado de moda. Al contrario, enfrentarlo con medidas proactivas tendrá mucho que ver con el futuro desarrollo social y económico de los países.
Publicado el 17.03.2017
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Si ya cumplió más de 60 años, le hago la siguiente propuesta: agarre sus ahorros y váyase a vivir a Suiza, Noruega o Suecia;  ahí usted podrá disfrutar de sus “años dorados”, porque es en esos países donde se concentra la población senior con la mejor calidad de vida.

Obviamente, mi sugerencia es “tirada de las mechas” e inaccesible, pero surgió tras leer, hace algunos días, que uno de mis profesores más brillantes en la universidad fue dado de baja al cumplir 80. No lo podía creer.  ¡El hombre parecía inconmovible!

Mi conclusión: la Sociedad 2.0 desprecia el envejecer. Así de explícito. Por lo menos, esas son las señales que se desprenden de una mentalidad posmoderna que dice venerar el pasado, a la vez que abraza las selfies, comunica sus gustos y opiniones a través de hashtags, comercializa bitcoins y desea conquistar cada vez a más followers en las redes sociales, como si el mundo se fuese a acabar. Todo es “rápido-rápido-rápido”. Incesante, vertiginoso y peligrosamente fugaz.

Recuerdo con simpatía cuando, fiel a su estilo, mi profesor nos advertía sobre el mal uso de internet. Quizás es por eso que, hasta el día de hoy, se mantiene incólume sin saber cómo “googlear” información. De hecho, y lo más seguro, es que nunca llegue a saber que él inspiró esta columna, porque no posee un smartphone, no mantiene una cuenta en Facebook, ni podría llegar a sospechar lo que es Instagram. Sin embargo, está más vivo que muchos de quienes fuimos sus alumnos. Domina cuatro idiomas a la perfección, asiste a cuanto concierto, ópera y obra de teatro existente, ha viajado por los cinco continentes y muchos de los ejemplares en su biblioteca ya se los quisiera la Dibam.

Está claro que él ha sido un privilegiado y que su “nadar contra corriente” no es viable para la mayoría, pero su testimonio en la prensa me hizo reflexionar sobre qué tipo de experiencias humanas valora nuestra sociedad, qué sucede cuando se envejece, cómo se vive la senectud en este siglo y qué se puede esperar de los demás cuando se es cada vez más longevo.

Por otra parte, así como avanza la ciencia también aumenta el envejecimiento de la población. Hoy, en el mundo, los mayores de 60 años sobrepasan en número a los niños de cinco años, y hacia el 2050 constituirán el 21.5% de los habitantes a escala global; aquellas naciones que no resuelvan esta situación se verán entrampadas por un tema que nada tiene de añejo o pasado de moda. Al contrario, enfrentarlo con una serie de medidas proactivas tendrá mucho que ver con el futuro desarrollo social y económico de los países.

Ad portas de la contienda presidencial, me permito hacer la observación de que existen algunos candidatos que están pasaditos de los 60; pero hago el hincapié de que no sólo en política es donde, tras muchos años de experiencia, se valida la capacidad para enfrentar nuevos desafíos. Para traspasar lo que significa para muchos ser el más anciano de su comunidad, recurro a las palabras de Desmond Tutu, el octogenario sudafricano y Premio Nobel de la Paz (1984), quien expresó con sabiduría que con el paso de los años nunca se deberían alterar los derechos humanos; pero, sobre todo, que este grupo de personas teme a convertirse en seres invisibles, dejados de lado e indiferentes para el resto.

Esto último refleja una realidad muy actual, que debería carcomer nuestras conciencias, consumir nuestras energías y orientar a futuras políticas públicas, porque nuestros mayores se merecen de apoyo, solidaridad y respeto para proyectar sus vidas de la mejor manera y que además, gracias a los adelantos, son cada vez más largas, pero no por eso más prósperas.

Recuerde: a usted también le podría suceder lo mismo que a mi querido profesor. Por lo tanto, no se vaya a Suiza y haga algo propositivo al respecto. Algo que ayude a elevar la calidad de vida de los actuales ciudadanos de avanzada edad y que, por lo demás, debiese cimentar la suya, porque al tiempo nada (ni nadie) lo detiene.

 

Paula Schmidt, periodista e historiadora

@La_PolaSchmidt

 

 

FOTO: PABLO VERA/AGENCIAUNO