Chile se merece seguir en la senda de la libertad y no retroceder a la época oscura de la Constitución de 1925.
Publicado el 12.04.2016
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Cuando el debate constitucional en los cabildos ciudadanos está por comenzar, conviene repasar algunas de las características del Principio de Subsidiariedad que ha estado presente en las dos últimas Cartas Fundamentales (la aprobada en 1980 y la de 2005).

Para comenzar se debe entender que este principio no es un concepto abstracto y teórico de lo que debiera ser el rol del estado en relación con las personas y las organizaciones que éstas últimas crean, sino que se trata de un enunciado eminentemente práctico, centrado en el mundo real, en las relaciones del día a día entre los individuos.

El principio de subsidiariedad armoniza la relación entre persona y Estado, esto porque reconoce que existe un amplio campo para la iniciativa privada, no tan sólo en el plano económico, que es donde siempre se pone el acento; sino también en otras dimensiones del ser humano como ámbito social y cultural. Le permite a cada persona desarrollarse conforme ésta desee hacerlo, siempre que no pase a llevar la vida, libertad y propiedad de terceros.

Por otro lado, lo anterior no implica una total sustracción de las funciones del estado; la aplicación de la subsidiariedad se basa en que en el Estado tiene funciones que son irrenunciables, tales como la seguridad, defensa o relaciones exteriores; mientras que cuando los particulares no pueden, o no quieren proveer determinado servicio o satisfacer determinadas necesidades entra a actuar para favorecer estas actividades, sin caer con ello en el asistencialismo.

Al centrarse en las personas, la subsidiariedad reconoce al ser humano como fin y no como medio y que es libre de vivir la vida como mejor le plazca; no se trata como algunos lo han caricaturizado de un principio que responde a determinado momento histórico de nuestro país o bien como expresión de cierta escuela de economía. Se trata de un articulado capaz de ser aplicado en cualquier época y país, dado que permite adecuarse al contexto, en definitiva a las dinámicas propias de la acción humana.

Con todo, la subsidiariedad ha sido la piedra angular del orden institucional chileno, querer derribarla será un retroceso que nos llevará a al Chile de las décadas de 1940 o 1950, cuando el Estado estaba cooptado por grupos de interés. Quienes buscan comenzar el debate constitucional a partir de la Constitución de 1925 cometen un error, en este caso, quieren partir de la base de un Estado todopoderoso, olvidando las casi cuatro décadas donde la persona ha estado en el centro de las políticas públicas y del actuar estatal.

Por eso será la subsidiariedad uno de los temas que haré ver en cada uno de los cabildos a los que asista, porque Chile se merece seguir en la senda de la libertad y no retroceder a la época oscura de la Constitución de 1925.

 

Javier Silva Salas, Fundación Ciudadano Austral.

 

FOTO: FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO