Antes de apurarse a normalizar las relaciones con Irán, los países latinoamericanos deberían primero exigir a cambio que Irán modifique radicalmente sus políticas y conductas.
Publicado el 27.08.2016
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El Canciller de Irán, Mohammad Javad Zarif, volvió de gira por Latinoamérica. Ya había estado en mayo pasado en Brasil, Nicaragua, Bolivia, Venezuela y Cuba, en tanto que ahora lo repitió con Cuba, Nicaragua y Bolivia, agregando a Ecuador y Chile. El personero iraní vino acompañado de un grupo empresarial y sostuvo que su país procuraba fortalecer los lazos económicos y políticos con nuestra región.

Llaman la atención, eso sí, varias cosas. Primero, que en la gira se haya mezclado a nuestro país con los miembros bolivarianos del ALBA. Tal como lo reconoció el vicecanciller iraní, Majid Takht-Ravanchi, la verdadera intención de la gira era “desbaratar las conspiraciones iranofóbicas de Israel”, valiéndose para ello de sus aliados castro-chavistas. Por ello, en este viaje Zarif no hace una distinción clara entre sus intereses político-ideológicos con los países del ALBA orquestados para enfrentar a los EE.UU. y los intereses comerciales a desarrollar con terceros países como los de la Alianza del Pacífico (Chile).

Al parecer, no han cambiado mucho las cosas en Teherán, ya que -pesar de los esfuerzos reformistas del presidente Hassar Rouhani- dicho país sigue con las pruebas de misiles balísticos en desafío a las prohibiciones de la ONU, el régimen cobija a un sistema teocrático feudal que viola los derechos humanos, y el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (Pasdaran) continúa teniendo el mayor record mundial de ejecuciones de la población local.

El segundo punto que debemos considerar es que Irán debe pagar sus cuentas pendientes en América Latina. Como país que se vale del terrorismo como herramienta de política internacional, el gobierno de los ayatolas se ha servido del grupo chií libanés Hizbulá para expandir sus operaciones en América Latina, ya sea a través de atentados como el de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) de 1994 (85 víctimas fatales), de la diplomacia paralela e informal que ha mantenido en países como Ecuador, Bolivia, la Argentina de los Kirchner, Cuba, Nicaragua y Venezuela, o bien, los nexos que tiene con el contrabando de armas en la Triple Frontera (Argentina, Brasil, Paraguay) y con el narcotráfico de las FARC y los cárteles mexicanos. Por lo demás, el régimen chavista venezolano les ha brindado visados y pasaportes falsos para facilitar su libertad de movimientos en el continente americano.

En fin, Irán es un socio muy poco fiable y con el que hay que andarse con mucho cuidado. Hay que preguntarse, por ejemplo, cuáles son las razones que justificarían un acercamiento chileno-iraní. De hecho, acabamos de abrir -inexplicablemente- una embajada en Teherán. Me imagino que, si no somos parte de las operaciones castro-chavistas, el gran negocio consistiría entonces en comprarles petróleo y venderles fruta. ¿Vale la pena?

La Cancillería chilena nos trata de convencer de que estamos abiertos a todos los países del mundo e insinúa que la visita de Zarif a Chile se justificaría en la medida que se observa una “apertura” a raíz del levantamiento del embargo a Irán. Sin embargo, la realidad del régimen dictatorial iraní es muy distinta. Sus cambios son cosméticos, con el objeto de que nada cambie en el fondo. El Presidente Rouhani pertenece al sector reformista, pero su poder e influencia se ven coartados por las atribuciones que tienen el jefe de Estado, ayatolá Alí Jamenei, y el Consejo de la Revolución para vetar leyes y decidir sobre los candidatos a cargos públicos de elección popular. Este régimen dista mucho de ser la democracia que Zarif describió en Santiago.

Si Irán quiere establecer relaciones basadas en el respeto mutuo, bienvenidas sean; pero si lo que busca es perpetuar la infiltración, las injerencias y la desestabilización en nuestra región, hay que cerrarle las puertas y no gastarnos recursos escasos para mantener una misión diplomática en Teherán.

En las declaraciones después de la reunión con el iraní, el canciller Heraldo Muñoz reconoció las diferencias entre ambos países “en materia de derechos humanos y minorías sexuales”, pero destacó coincidencias en asuntos de “tratados y de derecho internacional”. Cabe esperar, entonces, que Zarif reafirme ahora en Bolivia lo señalado en Santiago sobre el carácter bilateral del diferendo marítimo que ese país mantiene con Chile y la neutralidad de Irán al respecto.

Con todo, me cuentan que Heraldo y Mohammad son grandes amigos desde los tiempos en que ambos fueron becarios en Denver. Ojalá que así sea para que nuestro mensaje haya sido fuerte y claro: Chile no pertenece al ALBA, creemos en la democracia y los derechos humanos, y rechazamos el terrorismo internacional.

La verdad es que Irán es uno de los principales violadores de derechos humanos en el mundo: las mujeres y minorías son oprimidas, las ejecuciones son moneda corriente, la libertad de expresión es nula y el proceso democrático es manipulado de forma sistemática.

Por lo tanto, no cabe hablar de aprovechar las oportunidades que presenta esta visita para cerrar acuerdos comerciales con Teherán. El problema es que antes de apurarse a normalizar las relaciones con Irán, los países latinoamericanos deberían primero exigir a cambio que Irán modifique radicalmente sus políticas y conductas.

 

Juan Salazar Sparks, cientista político, embajador (r) y director ejecutivo de CEPERI.

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO