Al ministro Fernández podríamos denominarlo el hombre de las tres “C”, concertacionista, pro consensos y conservador, tres condiciones que representan exactamente lo opuesto al perfil ideal que definieron “los que mandan” en la izquierda oficialista.
Publicado el 10.06.2016
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Nos pilló desprevenidos, pero la decisión no nos sorprendió. Nadie informado en Chile dudaba que la renuncia de Jorge Burgos al Ministerio del Interior se iba a concretar más temprano que tarde. Los mal pensados dicen que a ese acuerdo llegó con la Presidenta Bachelet el penúltimo día del año 2015, tras marginarlo del único viaje oficial que ha realizado en su mandato a La Araucanía: renunciar en los próximos meses, esperando el mejor momento (y como nunca es buen momento para una renuncia de esa magnitud, es obvio que juntó ganas entre la suma episodios que ha protagonizado el gobierno en las últimas semanas).

Tampoco hay dudas respecto de las razones de esa renuncia, aunque usted está en su derecho a creer la versión oficial y sin perjuicio de que el maltrato durante 13 meses, efectivamente, haya enfermado al ahora ex ministro del Interior.

Revisando el comportamiento de Jorge Burgos en el último año, probablemente le pasó la cuenta su voluntad de ejercer en plenitud el cargo, negándose a ser la figura ornamental, que cumple con el cuoteo necesario para calmar a la DC, mientras era marginado de cada una de las misiones esenciales de Interior. Cuando su rol era garantizar el Estado de Derecho, se le marginó de la gira presidencial a la zona en donde se vulnera todos los días; cuando era responsable de la conducción política, la Presidenta le fue quitando piso una y otra vez; y para que no le quedaran dudas, se le notificó que estaba fuera del proceso constituyente.

La pregunta clave ahora es: ¿Para qué la Presidenta nombró a Mario Fernández? Tenemos derecho a tener dudas, primero, porque estamos a la mitad del mandato y llevamos ya tres ministros del Interior, que no es una cartera cualquiera, sino por lejos la más importante. Y, luego, porque al ministro Fernández podríamos denominarlo el hombre de las tres “C”, concertacionista, pro consensos y conservador, tres condiciones que representan exactamente lo opuesto al perfil ideal que definieron “los que mandan” en la izquierda oficialista.

Imaginemos de qué manera el ministro Fernández va a ejercer como jefe político de un gobierno que, en cada una de sus definiciones, muestra su desprecio por la vieja Concertación, esa “coalición conservadora”, como llamó hace menos de un mes Girardi a la Concertación.

O cómo conducirá los conflictos en torno a las grandes reformas quien llega a La Moneda con la etiqueta de articulador de acuerdos y, por tanto, rechaza la retroexcavadora sobre la cual funcionan los regalones de la Presidenta Bachelet, para quienes el diálogo que conduce a consensos supone “entregarse” al adversario.

Y, por si lo anterior fuera poco, tenemos derecho a preguntarnos para dónde va a mirar Mario Fernández, como católico observante, cuando los asesores del Mineduc evalúan de qué manera castigar a los colegios y universidades “confesionales” y cuando el progresismo exige cumplir, aquí y ahora, con la agenda valórica comprometida en el programa (aunque parece tener resuelto ese dilema, si en la primera conferencia de prensa pasó de rechazar la píldora del día después como integrante del Tribunal Constitucional, a aprobar las tres causales de aborto).

Ojalá nos equivoquemos y el nuevo ministro Fernández no nos demuestre, dentro de algunas semanas que, a diferencia de su antecesor, se siente cómodo en el ejercicio de un cargo más bien administrativo, y que ha dado por entendido que su nominación responde a la necesidad de mantener el equilibrio político en el comité político. Y, a espaldas de esa comodidad, otros cumplen para entonces con las tareas puras y duras de todo ministro del Interior, desde la oficina del subsecretario algunas, desde la Secretaría General de la Presidencia, otras.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile.

 

 

FOTO: FELIPE GUARDA/AGENCIAUNO

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