Hay que proteger el tremendo éxito que ha tenido el país en el combate de esta plaga: toda una generación de chilenos desconoce lo que es la alta inflación, gracias a un Banco Central autónomo y una política fiscal responsable.
Publicado el 05.04.2015
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La persistencia de la inflación, en un ambiente de escaso crecimiento económico -“brotecitos verdes”- y el claro mensaje del Banco Central en su último Informe de Política Monetaria (IPOM) respecto a que la normalización sería más lenta de lo previsto, han vuelto a poner sobre la mesa el tema de la inflación, su medición y sus riesgos.

A los jóvenes –y sí, me incluyo– nos resulta a veces muy difícil asimilar realmente los peligros y distorsiones asociados a una tasa de inflación demasiado elevada. Esto, probablemente, porque todos quienes nacimos a partir de finales de los 70 hemos pasado prácticamente toda nuestra vida adulta en un Chile de inflación moderada, jamás experimentando, por ejemplo, variaciones interanuales del IPC de dos dígitos.

De hecho, desde septiembre de 1994 que en ningún mes se ha registrado variación por encima del 10% en 12 meses. Sí, hemos estado cerca, como en la segunda mitad de 2008 cuando en octubre se alcanzara un 9,9%, antes de que la crisis subprime frenara la actividad en el país –después de la cual incluso experimentamos casi un semestre de deflación–. Pero si miramos algunos indicadores subyacentes (IPCX, IPCX1, IPCSAE), que excluyen alguna combinación de los productos más volátiles como frutas y verduras, combustibles, etc. y que intentan separar lo transitorio de la tendencia más persistente, resulta aún más claro que desde mediados de los 90 hemos presenciado un periodo de inflación cada vez más moderada.

Ahora bien, el no haber experimentado de primera mano este fenómeno no quiere decir que debamos desconocer los costos y las tremendas redistribuciones de riqueza que una elevada inflación genera. Después de todo vivimos en un barrio –Latinoamérica– que parece incapaz de erradicar definitivamente este flagelo, mientras que en el mundo desarrollado la discusión más bien apunta hacia cómo mantener a raya la deflación, pesadilla de cuántos keynesianos.

Lo primero es recordar que si existe un consenso en la profesión, es probablemente que niveles elevados e impredecibles de inflación son dañinos para la economía como un todo: la incertidumbre acerca del valor que realmente tendrá el dinero mañana naturalmente hiere la inversión y el ahorro, desvía recursos de la producción a simplemente protegerse de la pérdida en el poder adquisitivo, y hace incluso difícil distinguir cambios en el nivel de precios de cambios en los precios relativos (¿están subiendo las verduras o estarán subiendo todos los bienes?)

Las transferencias entre grupos no son menos brutales. Aquellos que perciben sus ingresos de manera relativamente fija en términos nominales se empobrecen, mientras que aquellos endeudados a tasas nominales ven sus deudas diluirse (esto incluyendo naciones enteras). No sufren tanto los que pueden ahorrar en activos que se revalorizan con la inflación (como casas), mientras pierden los que deben mantener liquidez. En fin, los que no ven sus ingresos indexarse o lo ven de manera muy esporádica (como los trabajadores) generalmente pierden. Ahora, habrá siempre quienes digan que un poco de inflación permite que los salarios –usualmente inflexibles a la baja– se ajusten a la baja, y puede que sea cierto; pero aquí la clave es que exista siempre “un poco” de inflación. Y ya definitivamente son muy pocos los que defienden una relación duradera entre mayor inflación y menor desempleo, en la tradición de la llamada “Curva de Phillips”.

No se trata en ningún caso de ser alarmista. De hecho, en el mediano plazo, tanto la Encuesta de Expectativas del Banco Central, la Encuesta de Operadores Financieros y la inflación esperada implícita en diversos instrumentos financieros apuntan a que ya en 2016 veríamos al IPC volver a la meta del 3%. La única intención de estas palabras es recordar el tremendo éxito que como país hemos tenido en el combate de esta plaga, engendrando una generación que nunca hemos estado siquiera expuestos, gracias a un Banco Central autónomo y una política fiscal responsable, activos que ante las tentaciones latinas que abundan en el vecindario debemos proteger.

 

Francisco Klapp, Investigador Programa Económico Libertad y Desarrollo.

 

 

FOTO: PABLO ROJAS MADARIAGA/AGENCIAUNO