Lo que contiene al Papa y lo distingue de otros para seguir adelante es su Fe. Una fe que hoy es menospreciada como una cuestión subjetiva que forma parte del ámbito emocional y que debe ser relegada a la conciencia individual.
Publicado el 28.10.2016
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Una vez más el Vaticano logra sembrar dudas, una hondonada de críticas y tenaces cuestionamientos. Esta vez, gracias a que el Papa Francisco aprobó la última instrucción proveniente de la Congregación para la Doctrina de la Fe (Ad resurgendum cum Cristo), que guía las acciones sobre la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación.

Los medios y las redes sociales ágilmente recogieron la proliferación de opiniones que expresaban desazón, inconformidad y bastante confusión sobre esta materia, incluso algunas que la interpretaban como otra maniobra más de la curia romana para no sólo “doblegar” la voluntad de los católicos, sino también para desviar la atención de los casos de abusos dentro de la Iglesia.

La animadversión y antítesis que han estado presentes desde su fundación no son nada nuevo que desanime a la institución. Han persistido por más de dos mil años y lo más probable es que lo hagan por otros dos mil. Sin embargo, lo que mueve a que la Iglesia desee seguir enfrentando el sarcasmo e ironía que provocan sus recomendaciones (muchas veces provenientes de sus propios miembros) no es más que lograr su verdadero objetivo: impulsar la conciencia de sus fieles e invitarlos a replantearse, examinar y discernir si están verdaderamente dispuestos a creer en la doctrina que emana del Evangelio, la cual hace hincapié sobre la libertad, la persona y la eternidad.

Cuando el Papa expresa su preocupación acerca de la humillación que causa la persecución religiosa, la desolación que provocan las guerras o la necesidad de dignificar a los más necesitados todo el mundo aplaude, pero cuando comienza a  referirse a los valores éticos y morales que guían los criterios de su Congregación, aparecen las denostaciones y surgen duras interrogantes que desafían su liderazgo.

No obstante, el Papa es un hombre de Dios, confiado y tenaz, muy dispuesto a mantenerse erguido ante el escepticismo y la adversidad. Según él, lo hace porque es “inconsciente por naturaleza”, pero también porque desde el momento que fue elegido para encabezar su Iglesia confiesa que recibió paz. Algo que escasea en muchos líderes, quienes nunca llegan a experimentar paz cuando ejercen sus deberes, porque prefieren silenciar sus convicciones religiosas como una manera de evitar los conflictos.

Lo que contiene al Papa y lo distingue de otros para seguir adelante es su Fe. Una fe que hoy es menospreciada como una cuestión subjetiva que forma parte del ámbito emocional y que debe ser relegada a la conciencia individual.  

Es que lo que significa tener fe (confianza) se ha perdido en todo orden de cosas, no sólo en lo religioso. Hoy la fe es percibida como problemática y causante de ruptura, porque profesarla significa mantener una actitud arriesgada y constituye una apuesta, debido a que no se sustenta en lo comprensible racionalmente o en lo que decodifican los cinco sentidos. Para transmitirla —y querer recibirla— se necesita empatía y una gran cuota de receptividad.

Además, tener fe significa “pongo mi confianza en ti”, pero no como la del carbonero, cuya aproximación es desde la duda, de alguien que aspira a poder reducirla a certezas racionales y que muchas veces cae en lugares comunes, repitiendo medias tintas que a él mismo no le hacen sentido y que más bien lo sumen en una gran incertidumbre.

El que quiera predicar la fe y, al mismo tiempo, ser suficientemente crítico, se dará cuenta enseguida no sólo de lo difícil que es traducirla, sino también de lo vulnerable que es, pues al querer creer, experimenta en sí mismo el inquietante poder de la incredulidad. Es por eso que la Fe cristiana involucra conocimiento y acción.  Es la que se dirige a la vida y a las ideas, a los afectos y a la inteligencia, perfecciona las motivaciones del hombre y enriquece su visión del mundo.

Sin dudas que alcanzarla es un desafío y un proceso que toma tiempo, consume la paciencia e implica muchísima reflexión, ya que no es un acontecimiento solamente intelectual, ni meramente voluntario, ni puramente emocional, sino todo eso a la vez.

¿Por qué creo, en quién/qué creo, para qué creo, si al final lo que mantengo en mi mente son suposiciones y calculo que los preceptos de la Iglesia son meras manipulaciones? Querer aceptar que la naturaleza de Dios es infinita y que la nuestra es humana es una decisión existencial que muchas veces resulta incómoda e incomprensible.  ¿Pero quién dijo, alguna vez, que esto sería fácil?

Ser coherente con las exigencias de la vida en Cristo requiere de mucha fe para lograr dar testimonio a lo largo de vida. Sin embargo, quien lo desea porque aprecia las bondades de su religión se sorprenderá con los efectos positivos y las satisfacciones asociadas a depositar su confianza en un compañero para la vida que no lo defraudará.

 

Paula Schmidt, periodista e historiadora, Fundación Voces Católicas