Al cumplirse 75 años de su muerte, el mejor homenaje que podemos hacerle a Nemirovsky es comenzar a leer, o releer o seguir leyendo su amplia y apasionante obra. La recuperación de esta escritora ha sido una de las buenas noticias literarias de comienzos del siglo XXI y vale la pena adentrarse en sus historias, sicología y personajes inolvidables.
Publicado el 19.08.2017
Comparte:

Hace exactamente 75 años murió Irene Nemirovsky, cuando todavía no cumplía los 40 años de vida. Fue una más de los millones de víctimas del Holocausto nazi, en una época de locuras y odios pocas veces vistos. Era una mujer de origen ucraniano, cuya vida podemos conocer de manera más completa -entre otras obras- a través de la biografía publicada por Elisabeth Gille, que no es una autora cualquiera, sino que la hija de la propia escritora, y que apenas tenía cinco años cuando se despidió de su madre para siempre (obra de Circe Ediciones, 1995).

Para entonces, Nemirovsky se encontraba en Francia, país que fue rápidamente conquistado por la Alemania de Hitler y  luego sometido a las feroces reglas del nazismo. En París, sus últimos años fueron duros: se le prohibió publicar; por las leyes antisemitas le fue impedido trasladarse dentro del territorio galo; finalmente, fue detenida y deportada a Auschwitz, donde murió afectada por el tifus el 17 de agosto de 1942, mientras su marido fue asesinado poco después en las cámaras de gas.

No recuerdo exactamente cuándo comencé a leer a Irene Nemirovsky, aunque sí conservo perfectamente en la memoria la recomendación de algunos amigos sobre obras específicas de la escritora. La sugerencia para adentrarse en Suite francesa -que empecé a leer apenas unas semanas atrás- es prácticamente universal, ya que es su obra maestra, elevada a categoría mítica si consideramos la forma cómo fue recuperada: los manuscritos quedaron guardados en una maleta y recién reaparecieron unas décadas después, cuando fueron publicados con ese nombre, permaneciendo por meses, incluso años, como una de las obras más vendidas y aclamadas de la literatura de comienzos del siglo XXI, aunque en realidad era de la época de la Segunda Guerra Mundial, cuando la Francia histórica pasó a vivir su propio drama.

Cuando terminó de leer Suite Francesa, Mario Vargas Llosa escribió una columna elocuente y precisa, en la que señaló que no se trataba de una novela cualquiera, sino de “una obra maestra, uno de los testimonios más extraordinarios que haya producido la literatura del siglo XX sobre la bestialidad y la barbarie de los seres humanos, y, también, sobre los desastres de la guerra y las pequeñeces, vilezas, ternuras y grandezas que esa experiencia cataclísmica produce en quienes los padecen y viven bajo el oprobio cotidiano de la servidumbre y el miedo. Acabo de terminar de leerla y escribo estas líneas todavía sobrecogido por esa inmersión en el horror que es al mismo tiempo -manes de la gran literatura- una proeza artística de primer orden, un libro de admirable arquitectura y soberbia elegancia, sin sentimentalismo ni truculencia, sereno, frío, inteligente, que hechiza y revuelve las tripas, que hace gozar, da miedo y obliga a pensar” (en El País, 22 de agosto de 2010).

Por el contrario, en mi caso partí con obras más sencillas, de la primera época de Nemirovsky, escogidas de manera aleatoria: Un niño prodigio (1927), David Golder 1929), El baile (1930), El caso Kurilov (1933), todos ellos publicados por Salamandra. Por recomendación de un par de amigos, acabo de comenzar La presa (1938). Cada una tiene su riqueza, algunas son autobiográficas, tratan de historias específicas, con personajes realmente fascinantes. Se ha dicho, con razón, que estamos frente a una maestra en la descripción de los personajes y su sicología, capaz de mostrar los claroscuros del alma a través de gestos o frases salidas en un instante de dolor, pasión o indignación. En su vasta obra, con reminiscencias autobiográficas sin duda, emergen banqueros, políticos, padres y madres, jóvenes ambiciosos, amores traicioneros.

David Golder es notable, y ciertamente evoca las relaciones de la escritora con sus padres, la primacía del dinero, las relaciones materialistas e interesadas, ciertamente sin amor, los odios acumulados en silencio, pero dispuestos a emerger a la primera provocación. A un joven que conoció poco antes de morir, Golder, hombre de negocios, le comentó: “¿Así que quieres hacerte rico? Pues mírame bien –añadió bajando la voz–. ¿Crees que merece la pena?” Estas figuras se repiten en otras de las novelas, así como reaparecen situaciones de éxitos vitales que llaman a elogios y “amigos”, pero que terminan con fracasos y la consiguiente soledad. Una reflexión del papá Laurent Daguerne, sobre su hijo Jean-Luc, al comienzo de La presa, ilustra bien estos sentimientos: “¿Libre? Claro que lo es… ¿Qué podría darle yo aparte de esa mísera libertad? Es serio, maduro para su edad. Pero… ¿es feliz? La libertad sólo es buena cuando es anhelada, deseada con ardor; así, ofrecida como regalo, tiene otros nombres: abandono, soledad…”

En el centenario de la Revolución Bolchevique, adentrarse en El caso Kurilov podría ser una buena alternativa para leer a Irene Nemirovsky. Está ambientado en la Rusia de los zares, en 1905, un mundo que comienza a derrumbarse, ciertamente basado en historias reales de comienzos del siglo XX. El Partido ha decidido dar un golpe decisivo al zarismo, por lo que un joven militante recibe la instrucción de asesinar al ministro de Instrucción Pública, Valerian Alexándrovich Kurilov. Encargan la tarea al joven León M., que llegó a servir en la intimidad del ministro: “‘Ya verá, cuando note la bomba envuelta en el pañuelo o el revólver en el bolsillo del pantalón, y contemple a todos esos parásitos, con sus medallas y perifollos, el escalofrío que le recorrerá la espalda le compensará por todo. Yo ya he matado a dos’, era la recomendación de un revolucionario más experimentado”. En la práctica, y por distintas circunstancias, la realidad del atentado sería mucho más difícil que las recomendaciones para cumplir la tarea, más todavía cuando vemos a un potencial asesino progresivamente humanizado, con una tarea dramática por delante. Un libro fascinante, que mis alumnos han tenido oportunidad de leer como inserción literaria a una época histórica excepcional.

Creo que al cumplirse 75 años de la muerte de Irene Nemirovsky, el mejor homenaje que podemos hacer es comenzar a leer, o releer o seguir leyendo su amplia y apasionante obra. La recuperación de esta escritora ha sido una de las buenas noticias literarias de comienzos del siglo XXI y vale la pena adentrarse en sus historias, sicología y personajes inolvidables.

 

Alejandro San Francisco, historiador, académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile y de la Universidad San Sebastián, director de Formación del Instituto Res Publica (columna publicada en El Imparcial, de España)