El límite a la libertad de expresión no está en la religión, ni en la raza, ni en la orientación sexual. El límite está en la dignidad de las personas.
Publicado el 18.01.2015
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El criminal atentado terrorista que costó la vida a buena parte de quienes trabajaban en el semanario francés Charlie Hebdo ha reabierto internacionalmente el debate sobre la libertad de expresión y sus límites, particularmente respecto de las religiones. Entre nosotros este también es un debate abierto. Carlos Peña en su columna dominical sostiene que la libertad religiosa “no concede a quienes la ejercen el derecho de erigir sus creencias como un coto vedado a la crítica y el humor de quienes no las comparten”.

Pero el problema es un poco más complejo, porque es muy distinta la crítica o el humor, respecto de las expresiones que pretenden ser tales pero que denigran a determinadas personas, por sus creencias religiosas, su raza u orientación sexual. Entonces, lo que defienden los partidarios de la libertad de expresión sin límites no es el humor o la crítica, sino el derecho a ofender y denigrar. Porque, como me diría seguramente uno de los defensores de esta visión, la sociedad no puede organizarse estableciendo como límites lo que particular y subjetivamente a cada uno le ofende.

Vamos por parte. Me parece que no hay efectivamente ninguna razón para que las religiones estén excluidas de la crítica e incluso del humor. En las conferencias TED hay una de Richard Dawkins en que el biólogo inglés hace una punzante defensa del ateísmo y critica sin miramientos intelectuales la creencia en Dios. En esa conferencia Dawkins es mordaz e irreverente y usa el humor en más de una ocasión para reforzar su punto de vista. Ninguna sociedad civilizada podría censurar el pensamiento de Dawkins y la forma en que lo expresa.

Sin embargo, en lo de Dawkins hay algo fundamental, ya sea que uno comparta o no sus ideas, él expresa un punto de vista serio, obviamente muy reflexionado. Cree que las religiones son perjudiciales y quienes las profesan son un verdadero obstáculo al progreso; pero no los trata con desdén, ni como seres inferiores, gente “ridícula” de la que tendríamos que reírnos y, por lo tanto, inferiores en función de su credo. Porque, cuando alguien no respeta a otro solo hay dos opciones: el segundo es inferior –opción intelectualmente descartada en la sociedad occidental- o el primero es soberbio.

Tampoco se puede hablar del humor en sentido genérico, como si fuera una sola cosa. Creo que los mejores chistes sobre judíos me los han contado varios de mis buenos amigos judíos; pero se trata de expresiones ingeniosas, que muestra la capacidad de reírse un poco de si mismos, como suele hacer la gente inteligente. Más de alguna vez he escuchado sacerdotes contar buenos chistes sobre los curas. Esto no tiene nada que ver con esa degradación “envasada” en humor y que muchos pretenden reivindicar como el derecho a la libertad de pensamiento.

En consecuencia, el límite a la libertad de expresión no está en la religión, ni en la raza, ni en la orientación sexual. El límite está en la dignidad de las personas y, por lo tanto, frente a la crítica, la caricatura o el chiste, lo que importa es si están formuladas de cierta manera que importe razonablemente una forma de denigrar a otro. Vale decir, una forma de considerarlo inferior y, por lo tanto, incapaz de tener un proyecto de vida que merezca ser vivido sin ser perturbado de manera violenta por los demás. ¿En eso consiste ser liberal o no?

Claro, alguien podría decir que en la crítica, la caricatura o el chiste no hay violencia. Pero eso significaría sostener que no existe otra forma de violencia que la física y que, por ejemplo, si un grupo de personas se coloca frente a mi casa y me insulta a mí y a cada miembro de mi familia cada vez que uno de ellos sale o entra, eso no sería ejercer violencia, mientras no me toquen. Es obvio que cuando se atenta impunemente contra la dignidad de alguien se le está haciendo víctima de una forma de violencia y se le está impidiendo vivir su vida libremente.

Los crímenes cometidos en París a raíz de las caricaturas ofensivas contra Mahoma que había publicado Charlie Hebdo no admiten la menor justificación y merecen todas y cada una de las expresiones de repudio que han recibido. Pero eso en nada justifica el que alguien se pueda sentir con el derecho de mofarse torpemente de la religión y el pueblo musulmán. Eso más que ejercicio de la libertad de expresión parece resabio de la soberbia colonialista occidental.

Este tema ha sido recurrente en la historia política y social de nuestro país. Hay, y ha habido en el pasado, una tendencia a creer que la pertenencia a ciertos grupos que se identifican como privilegiados, trae aparejado el legítimo gravamen de aceptar que se les ofenda con más laxitud que a otros. Algo así como “total ellos también han abusado así que está bien que les toque un poco”. Pero esa manera de pensar contribuye a criminalizar a ciertos grupos, dividir a la sociedad, generar resentimientos y frustrar el proyecto de desarrollo de cualquier país.

Algo anda mal en una persona que siente satisfacción en denigrar para afirmar su derecho a la libertad de expresión, pero llevar además ese criterio a la sociedad en su conjunto es una forma muy poco constructiva y solidaria de hacer comunidad. Por eso estoy definitivamente en contra del terrorismo, pero muy lejos de estar a favor de Charlie.

 

Gonzalo Cordero, Foro Líbero.

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