Si se hubiera sumado la dimensión comunicacional a la política exterior chilena, hoy tendríamos un mayor “stock de confianza” que nos permitiría enfrentar mejor los vaivenes propios de la política internacional.
Publicado el 22.02.2016
Comparte:

Hace pocos días, la agencia de comunicaciones Burson-Matsteller publicó un estudio sobre el uso que los líderes mundiales hacen de Instagram. A la Presidenta Michelle Bachelet se la incluyó dentro de los que no aprovechan esta influyente red social. La última vez que la Mandataria subió una foto fue cuando resultó electa. Figuras como Barack Obama, Ángela Merkel, el canadiense Justin Trudeau, y más cerca nuestro, Mauricio Macri y Evo Morales, en cambio, han entendido que las redes sociales son parte fundamental de la construcción de la “marca país”. Saben que la opinión pública presta más atención a las historias personales y a los momentos “fuera de protocolo” que a los discursos o firmas de acuerdos.

Este ejemplo que podría parecer menor, es el reflejo de un problema más profundo y permanente de nuestra Cancillería: el no considerar la comunicación como parte fundamental de la política exterior. Siempre se ha privilegiado una postura en extremo legalista, sin considerar esta otra dimensión comunicacional, quedándose anclada en una diplomacia propia de la Guerra Fría.

Crecientemente, las decisiones de los gobernantes (tanto en temas nacionales como internacionales) son influenciadas por la opinión pública local. Un número cada vez mayor de países han entendido que en el contexto internacional post Guerra Fría, la diplomacia moderna no puede relacionarse únicamente con las élites, sino que debe dialogar con la opinión pública del país en el que quiere ser escuchado e influir. Esta visión –cristalizada en el concepto de Diplomacia Pública– es hoy un pilar fundamental en las estrategias de las naciones que buscan influencia global. Ejemplos sobran en que el “Poder Blando” (Soft Power), es decir la capacidad de un país para influir sobre otros basándose en el “poder sutil” de la cultura y las ideas, ha sido más efectivo que el “Poder Duro”, sustentado en acciones económicas y militares.

Pese a sus numerosos logros políticos, culturales y sociales, Chile ha acumulado escaso “Poder Blando”. En la disputa limítrofe con Bolivia, por ejemplo, mientras los representantes de ese país han desarrollado una activa campaña comunicacional para dar a conocer su demanda, nuestro país ha sido más cauto y conservador, optando por confiar más en la fuerza de sus argumentos jurídicos e históricos que en la comunicación. Probablemente los jueces de La Haya no cambiarán sus posturas por el despliegue internacional de los países involucrados, pero lo preocupante es que los públicos internacionales empiezan a escuchar cuestionamientos simples y fáciles de recordar, como el lugar común que Bolivia majaderamente repite de que esta es una disputa entre “el fuerte, egoísta y abusador versus el débil y pobre”.

Si se hubiera sumado la dimensión comunicacional a la política exterior chilena, hoy tendríamos un mayor “stock de confianza” que nos permitiría enfrentar mejor los vaivenes propios de la política internacional.

Es urgente una política de Estado que comprenda y aplique los criterios de una diplomacia moderna. No basta con la voluntad de Cancillería; este es un tema que comprende a todas las estructuras del Estado, como proceso necesario para conformar una identidad a partir de la cual construir una renovada visión de las relaciones exteriores.

Un primer paso es la creación de una Dirección de Diplomacia Pública, encargada de idear, supervisar y coordinar los esfuerzos de persuasión en las regiones claves para Chile. No se entiende, por ejemplo, que en el Ministerio de Relaciones Exteriores exista una Dirección Cultural y no una oficina encargada de temas comunicacionales que utilice las técnicas de la comunicación estratégica moderna para promocionar y proteger la imagen país.

Para cumplir con esta labor es clave el rol de los embajadores y altos funcionarios diplomáticos, los que deben ser preparados como voceros eficaces ante la prensa internacional y en las redes sociales. También tienen un papel trascendental los agregados culturales y de prensa, siempre que sean nombrados con criterios técnicos y profesionales, más que políticos, entendiendo que los medios de comunicación son el principal aliado para trasmitir nuestro “relato país”.

Sin embargo, esto puede quedar solo en buenas intenciones si no se entiende que la Diplomacia Pública es más que simplemente enviar mensajes verticales, y que solo importan al país que los emite; sino que busca establecer diálogos con los distintos públicos con historias relevantes, atractivas y que beneficien a ambas partes.

 

Juan Cristóbal Villalobos, periodista.

 

 

FOTO : PABLO OVALLE ISASMENDI / AGENCIAUNO