Aunque los protagonistas sean distintos, las naves espaciales menos impresionantes o los presupuestos más reducidos, la carrera por alcanzar las estrellas sigue adelante.
Publicado el 24.01.2016
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Han transcurrido tres décadas desde aquella mañana del 28 de enero de 1986, pero para toda una generación, aún parece que fue ayer. El “Challenger”, el segundo transbordador espacial construido por Estados Unidos después del “Columbia”, se aprestaba a despegar en una nueva misión. Sería su décimo vuelo y el 25º. de la flota.

Para entonces, los lanzamientos de los transbordadores se habían vuelto frecuentes y por lo mismo, los estadounidenses y el resto del mundo iban perdiendo su capacidad de asombro. De hecho, entre junio y diciembre de 1985 la NASA lanzó seis misiones, y la del “Challenger” sería la segunda de enero de ese año.

Su tripulación -mixta y multirracial- estaba integrada por Mike Smith (piloto), Dick Scobee (comandante); los especialistas Ron McNair, Ellison Onizuka, Greg Jarvis y Judy Resnik, además de la profesora Christa McAuliffe (elegida entre 11 mil docentes y que iba a dictar una clase estando en órbita).

Sin embargo, este viaje acabaría de manera inesperada y trágica. A 72 segundos de haber despegado -en plena transmisión en vivo-, el transbordador estalló en el cielo, dejando una enorme nube blanca sobre Florida y a una nación devastada por la muerte de sus siete tripulantes.

El informe de la comisión investigadora estableció que la inusual ola de frío previa al despegue había afectado un sello del cohete de combustible sólido derecho, permitiendo una fuga que comprometió al gigantesco tanque externo, lo que causó la explosión. Pero que también había habido negligencias en los procesos de toma de decisiones de la NASA.

Estados Unidos introdujo modificaciones a los vehículos ya existentes, así como a los que construyó después. Y sólo en septiembre de 1988 se reanudaron los vuelos; viajar al espacio siempre sería riesgoso.

La desaparición de la Unión Soviética, en diciembre de 1991, y el fin de la Guerra Fría, marcaron el fin de los abultados presupuestos de la NASA. La carrera espacial, que durante décadas había enfrentado a Washington y Moscú por el liderazgo en esta área -y que se había traducido en hitos como la llegada del hombre a la Luna y la construcción de estaciones en órbita-, llegaba lentamente a su término.

Y el 21 de julio de 2011, el último aterrizaje del “Atlantis” marcó el fin del programa de transbordadores espaciales, después de 135 misiones. Desde entonces, EE.UU. arrienda cupos en cohetes rusos para transportar a sus astronautas hasta la Estación Espacial Internacional, a la espera de iniciar la construcción de un nuevo vehículo espacial reutilizable.

Paralelamente, han ido surgiendo compañías privadas como SpaceX -propiedad del multimillonario Elon Musk- que buscan hacerse cargo del transporte de carga y pasajeros a órbitas bajas, dejando a la NASA el tema de la exploración espacial.

China, por su parte, desde 2003 suma misiones tripuladas, una caminata espacial, la primera etapa de una futura estación orbital y una sonda lunar; muchos logros en poco tiempo.

Hoy, a 30 años del accidente del “Challenger”, la exploración del espacio sigue siendo una necesidad en términos científicos. Pero también es la demostración de que un país cuenta con el conocimiento, la tecnología, el dinero y sobre todo la voluntad de aventurarse hacia lo desconocido. Por eso, aunque los protagonistas sean distintos, las naves espaciales menos impresionantes o los presupuestos más reducidos, la carrera por alcanzar las estrellas sigue adelante.

 

Alberto Rojas M., director del Observatorio de Asuntos Internacionales de la Facultad de Comunicaciones y Humanidades, Universidad Finis Terrae.