Jaime Guzmán logró convencer con sus ideas y proyectos que en Chile la pobreza no debía ser sinónimo de lucha de clases. Pudo demostrar que la maquinaria ideológica de la izquierda tuvo límites cuando miles de personas del mundo popular han adherido a las ideas de la libertad, del mérito, de la familia y de que el trabajo esmerado son mejores que las ideas de la lucha de clases de reivindicación estatista.
Publicado el 01.04.2016
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¿Por qué Jaime Guzmán sigue desatando las más grandes pasiones políticas a 25 años de su cobarde asesinato? ¿Qué tiene su figura que inspira tanta controversia en la generación del 70 y en la del 2015? ¿Por qué elementos de la izquierda chilena siguen profanando su tumba en el Cementerio General? ¿Por qué los jóvenes “intelectuales” e “ideólogos” de la nueva derecha siguen hablando de él para criticarlo y seguir buscando defectos doctrinarios?

La respuesta es simple: No hay personaje político chileno más relevante en la segunda mitad del siglo XX que Jaime Guzmán Errázuriz. Esto tiene dos dimensiones: la primera es la que dice relación con la influencia en el orden político contingente. Guzmán no apareció en la vida política con la Comisión de Estudios de la nueva Constitución en 1973 convocada por el Gobierno Militar. Fue, por el contrario, el más decisivo articulador político y social en contra del proyecto totalitario de la Unidad Popular. Y ya que está de moda hablar de “la oposición a través de actores sociales”, no hubo un líder gremial más influyente desde la acción política para movilizar a la sociedad civil en oposición al gobierno del Presidente Allende. Sin abrazar el expediente de la violencia como era el uso de los movimientos izquierdistas de la época, utilizó la tribuna del “movimiento estudiantil” de la FEUC de la época (¡oh, paradoja!) y de los medios de comunicación en los que participaba para alertar y  movilizar el sentido común de los chilenos en respuesta a la grave crisis que significaba el avance del programa de la Unidad Popular en la realidad nacional. Supo confrontar el odio y la violencia con la oposición ciudadana, articulando estudiantes, gremios y personas de a pie. El resultado del 11 de septiembre no es –como lo quiere hacer ver la izquierda con su constante “revisión histórica”- la intervención caprichosa de las Fuerzas Armadas, sino el cúlmine de un movimiento que partió en la base de la organización social en respuesta a la amenaza que vivía la sociedad libre. Esto la izquierda jamás lo va a perdonar. Guzmán supo aplicar la receta del éxito: calle, calle y calle.

Pero hay algo más. Jaime Guzmán no es un personaje histórico analizable sólo desde una perspectiva de la historia política, de esos personajes “de museo” y que sólo se entienden en un contexto histórico. No es como analizar un personaje del tipo “emperador romano” o “rey medieval”. Ello porque el contenido de su propuesta es un conjunto de ideas perennes que buscaron sintetizar el pensamiento clásico cristiano occidental y que dieron sustento a un núcleo doctrinario de notable importancia. A mayor abundamiento, el “gremialismo” es una corriente de pensamiento que permite postular que los principios de cualquier recto orden social deben basarse en la dignidad trascendente y libertad dignificante de la persona, la libertad para crear y asociarse y el Estado fuerte, pero subsidiario. Estas ideas fueron recogidas por el Gobierno Militar, profundizados por la Concertación y abrazadas por el Chile de hoy que rechaza en un 70% las políticas socialistas del actual Gobierno.

Finalmente, porque no hay espacio para más en una columna breve, Jaime Guzmán logró convencer con sus ideas y proyectos que en Chile la pobreza no debía ser sinónimo de lucha de clases. Pudo demostrar que la maquinaria ideológica de la izquierda tuvo límites cuando miles de personas del mundo popular han adherido a las ideas de la libertad, del mérito, de la familia y de que el trabajo esmerado son mejores que las ideas de la lucha de clases de reivindicación estatista. Eso explica el éxito del proyecto en zonas populares, donde se hizo realidad su llamado a combatir palmo a palmo la calle con el Partido Comunista. Y en muchos lugares se las ganó.

Por eso lo siguen odiando. Y por eso las balas del cobarde terrorismo izquierdista estuvieron lejos de acallarlo. Porque la fuerza moral de las ideas ha sido –y serán- más fuertes.

 

Máximo Pávez, director área legislativa Fundación Jaime Guzmán.

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