En Chile, tradicionalmente el Partido Comunista justificó todas y cada una de las atrocidades cometidas y hasta hoy sus dirigentes peregrinan a rendir pleitesía a Fidel Castro y a su régimen totalitario. Cuesta, en estas circunstancias, confiar en las credenciales democráticas que hoy quieren exhibir y reconocerles autoridad moral para condenar las violaciones a los derechos humanos ocurridas en Chile durante el régimen militar.
Publicado el 11.11.2014
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Hemos sido testigos de las celebraciones que se han realizado con motivo de haberse cumplido, el 9 de noviembre, los 25 años de la caída del Muro de Berlín, también conocido como Muro de la Vergüenza a pesar de los esfuerzos que hizo la Alemania comunista para hacer creer al mundo libre que éste se había construido para proteger a los alemanes orientales de los peligros del fascismo.

Varias reflexiones me surgen con motivo de este aniversario.

La primera es llamar a no olvidar las atrocidades del comunismo. La opresión en que vivió la Alemania Oriental durante el régimen marxista no puede ser olvidada y las muertes de quienes intentaron pasar al lado libre tampoco. La represión sangrienta en Hungría y Checoslovaquia con que la Unión Soviética impidió la libre expresión de esos pueblos, las millones de muertes provocados por el stalinismo, las masacres en distintos países que cayeron bajo el régimen comunista y los más de 50 años de dictadura castrista en Cuba son dramáticos testimonios de los enormes males que pueden provocar las doctrinas totalitarias y los intentos de cambiar de raíz los modelos de sociedad, “extirpando desde sus cimientos” aquellas manifestaciones sociales, políticas o económicas que no coinciden con la ideología totalitaria.

En Chile, tradicionalmente el Partido Comunista justificó todas y cada una de las atrocidades cometidas y hasta hoy sus dirigentes peregrinan a rendir pleitesía a Fidel Castro y a su régimen totalitario. Cuesta, en estas circunstancias, confiar en las credenciales democráticas que hoy quieren exhibir y reconocerles autoridad moral para condenar las violaciones a los derechos humanos ocurridas en Chile durante el régimen militar.

Una segunda reflexión me llevó a  analizar si la opresión, las violaciones a los derechos humanos, la falta absoluta de libertad y el desprecio por la democracia son consustanciales a lo que se conoce ahora como los socialismos reales o sólo son manifestaciones extremas de mentes desquiciadas que actuaron fuera del sistema. En mi opinión la respuesta es la primera. Ello aparece evidente cuando se sostiene como una etapa necesaria la dictadura del proletariado, cuando se predica la lucha de clases, cuando se divide a la sociedad entre opresores y oprimidos y cuando, explícitamente, se acepta la violencia como una forma legítima de lucha política.

Podría no ser tan evidente si se aceptara que la opresión es una etapa dolorosa, un “costo a pagar” para alcanzar el ideal utópico de una sociedad sin clase, igualitaria, donde reinaría una especie de democracia perfecta, pero que ello es cuestión del pasado. Pero yo no comparto esa visión optimista, porque creo que la raíz de todo totalitarismo está precisamente en tratar de imponer una forma de sociedad contraria a la realidad, a la naturaleza de las cosas, y eso es lo que precisamente pretende el marxismo, también en nuestros días.

Cuando se pone a la igualdad como el objetivo superior, como el paradigma de la organización social, necesariamente se cae en atropellos a la justicia, al derecho y a la libertad. Y esto por una razón muy simple: la igualdad, como objetivo a perseguir, no existe a menos que se imponga por la fuerza. ¿Cómo podrán ser iguales una persona que trabaja y otro que no lo hace, por flojera? ¿Cómo podrá ser igual el que ahorra al que dilapida sus bienes? ¿No existen acaso personas más capaces que otras? Y si se trata de destrezas físicas, la desigualdad está a la vista. Hay deportistas superdotados y otras personas que no tienen esas habilidades. ¿Y los artistas, los matemáticos, los científicos, los sabios? No somos iguales, y si se busca la igualdad necesariamente se viola la justicia. Y para imponerla a toda costa, se violan también la libertad de las personas y sus derechos.

Incluso, si hablamos de la igualdad en el punto de inicio o de igualdad de oportunidades, también hay que reconocer que esa igualdad absoluta es imposible. Tendríamos que “resetear” el mundo cada cierto tiempo, terminar con el derecho de propiedad, tratar de evitar el efecto desigualitario que implica nacer en una determinada familia y no en otra. Podrá parecer alarmista lo que digo, pero si se acepta una premisa, necesariamente hay que aceptar sus consecuencias. El ministro Eyzaguirre es consecuente, él quiere quitarle los patines al niño que los tiene para que todos sean iguales. No le importa si esa acción es justa o injusta, tampoco le preocupa si con ello mejora o empeora la calidad de la educación. Le importa la igualdad y punto.

Es de esperar que se corrija el camino emprendido, porque si se busca un modelo de sociedad que supedita el derecho, la justicia y la libertad al paradigma de la igualdad, terminaremos en una sociedad opresiva.

¿Qué podemos hacer para impedir que lo anterior ocurra? Algo fácil de decir, pero difícil de lograr: que haya más libertad, más respeto al estado de derecho y más justicia. El muro se derrumbó cuando los aires de libertad se fueron expandiendo por el mundo. Cuando Ronald Reagan y Margaret Thatcher eran modelos a seguir, cuando la democracia ganó terreno y cuando la economía social de mercado creó riquezas y sacó a cientos de millones de la pobreza.

Una reflexión final: así como en los 80 los aires de libertad eran fuertes, hoy los tiempos tienen un signo contrario. En América Latina y en Chile pareciera que se quiere volver a la antigua mediocridad. Está claro que la caída del muro fue un hito importante, pero no definitivo, en la tarea de crear una sociedad más libre, justa y próspera.

 

Jovino Novoa, Foro Líbero.