Deslizar la idea de que el Congreso Nacional no ha sido electo democráticamente en los últimos 44 años significa desconocer la legitimidad de los diputados y senadores en estas décadas. Muchos de esos parlamentarios son los principales referentes de la coalición de gobierno.
Publicado el 22.11.2017
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El domingo fuimos testigos de un proceso eleccionario especialmente interesante, tanto por sus resultados como por las consecuencias que tendrá en el panorama político y social de los próximos cuatro años. El favoritismo de Sebastián Piñera; el estrecho segundo lugar de Alejandro Guillier y el buen resultado del Frente Amplio son objeto de intensos análisis durante estos días.

Pero más allá de la votación, la jornada electoral comenzó con una insólita declaración de la portavoz de gobierno, quien sostuvo: “Por primera vez en 44 años nuestros representantes en el Congreso serán electos de manera democrática”. Si bien es cierto que el gobierno gusta de utilizar diversas figuras lingüísticas para referirse a la realidad nacional, tales como el “realismo sin renuncia” o los supuestos “brotes verdes” que tendría nuestra economía, esta vez no hay recurso que justifique una frase así.

Primero, porque el ideal democrático en cuanto forma de gobierno cobra vida precisamente a través de sistemas electorales que, con sus fortalezas y limitaciones, representan las preferencias de los ciudadanos. Así es cómo a través de ellos se materializa el gobierno “del pueblo, para el pueblo y por el pueblo”, al que hacía alusión Lincoln en su famoso discurso de Gettysburg.

Algunas de las críticas que se le hacían al sistema binominal también se pueden aplicar —de manera casi ridícula— al actual sistema proporcional. La ministra puede estimar que es lo único democrático, que permite que candidatos con una exigua votación accedan al Congreso Nacional arrastrados por sus compañeros de lista, mientras que algunas mayorías se quedan fuera. Un buen ejemplo de esto fue lo ocurrido en materia senatorial, donde ni Andrea Molina o Andrés Velasco estuvieron dentro de los cinco electos de su circunscripción, pese a obtener ambos el tercer lugar en las preferencias. Algo similar ocurrió en el Distrito 10 de Santiago, donde el diputado Giorgio Jackson arrastró otros dos candidatos que no llegaron al 2%.

El punto de fondo es que así son los sistemas electorales, cuyas reglas claras son conocidas por todos los candidatos antes de inscribirse.

En segundo lugar, deslizar la idea de que el Congreso Nacional no ha sido electo democráticamente en los últimos 44 años significa desconocer la legitimidad de los diputados y senadores en estas décadas. Muchos de esos parlamentarios son los principales referentes de la coalición de gobierno. Más aún, si el Congreso Nacional carece de legitimidad por no ser electo tener origen democrático, ¿cómo podrían tener legitimidad las numerosas reformas que el gobierno se ha empeñado en aprobar en materia tributaria, educacional o laboral?

Por último, y no menos importante, se debe destacar que, gracias a la incorporación de la segunda vuelta presidencial, los últimos seis Presidentes de la República han sido electos con mayoría absoluta de los votos, lo que precisamente fortalece nuestra democracia. A diferencia de lo ocurrido con el sistema electoral anterior, que permitía que mayorías relativas accedieran a la primera magistratura del país.

Para ser vocero de gobierno hay que tener mucho cuidado, porque se involucra a la Presidenta de la República en una descalificación que no tiene sentido y se aleja de la verdad.

 

Julio Isamit, coordinador político de Republicanos

 

 

FOTO: SEBASTIAN BELTRAN GAETE/AGENCIAUNO

 

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