Es innegable que, como telón de fondo, están las elecciones presidenciales y parlamentarias de 2017, que definirán si Chile profundiza la retroexcavadora o bien recupera la senda del progreso, el crecimiento económico y el bienestar social. Votar el próximo domingo es un deber cívico irrenunciable, pero en medio del actual panorama del país, constituye un verdadero deber moral.
Publicado el 19.10.2016
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Mañana se acaba el período legal de campaña. Han sido varios meses en que los candidatos han podido recorrer sus comunas y escuchar de forma directa la voz de los ciudadanos. Este domingo millones de chilenos tendrán la posibilidad de elegir a sus representantes en los concejos municipales y a la figura que liderará su comuna durante cuatro años. No sabemos cuántos concurrirán efectivamente a hacerlo.

Durante mucho tiempo fui a votar a todas las elecciones presidenciales, parlamentarias y municipales a las que los ciudadanos fuimos convocados y, como tantos otros, seguí el escrutinio por televisión y celebré -y también lamenté- los resultados que arrojaban las urnas. Pero este domingo será distinto. Por primera vez algunos candidatos de Republicanos -el movimiento político inspirado en las ideas de justicia y libertad que presentamos hace un año- participarán en unos comicios y me ha tocado acompañarlos en Santiago, Buin y San Joaquín.

Durante estos meses en que hemos estado en las calles, en las ferias y en las juntas de vecinos, hemos podido apreciar tres cosas a las que considero que hay que prestar especial atención.

Hay en el ambiente un sentimiento de decepción en gran parte de los ciudadanos. Los candidatos, al conversar con sus electores, deben partir superando una primera muralla -muchas veces infranqueable- producto de promesas incumplidas, percepción de privilegios políticos inmerecidos e injustos, o abandono de tantos candidatos que prometieron estar en terreno junto a los vecinos y luego se recluyeron en sus oficinas municipales o parlamentarias.

La receta para recuperar la confianza perdida parece sencilla, pero es sumamente compleja de llevar a la práctica, porque como sabemos, “del dicho al hecho hay mucho trecho”. Las personas reconocen el trabajo sistemático, de continua presencia junto a los vecinos. Eso es lo que hemos podido aprender acompañando a candidatos en las calles, como el caso de Felipe Alessandri en Santiago.

Una segunda reflexión debe hacerse a propósito de la ley electoral. Las restricciones de gasto han permitido tener a nuestras comunas más limpias, con menos contaminación visual y ciertamente han generado el ahorro de toneladas de propaganda. La otra cara de esta realidad se aprecia en la falta de ese “ambiente electoral” que dificulta aún más que las personas concurran a votar, sumado a que las limitaciones al financiamiento benefician de sobremanera a aquellos que ya detentan los cargos públicos, quienes en muchos casos utilizan y abusan de la estructura estatal y los recursos de todos los ciudadanos en sus propias campañas e intereses. Esto genera el grave riesgo de que las elecciones se terminen definiendo por los candidatos más conocidos y no por los que tengan las mejores ideas para su comuna o su país.

Por último, todos sabemos que el domingo se juega una cuestión local: los mejores alcaldes y concejales para cada comuna. Eso es lo que piden los vecinos y los electores. Sin embargo, el asunto es más complejo, como se ha podido observar con la movilización de los partidos, los precandidatos presidenciales y la abierta intervención del gobierno para favorecer a sus alcaldes. Es innegable que, como telón de fondo, están las elecciones presidenciales y parlamentarias de 2017, que definirán si Chile profundiza la retroexcavadora o bien recupera la senda del progreso, el crecimiento económico y el bienestar social.

Votar el próximo domingo es un deber cívico irrenunciable, pero en medio del actual panorama del país, constituye un verdadero deber moral.

 

Julio Isamit, Coordinador General de Republicanos

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