Hasta ahora, prima el mismo ambiente de confusión generado por la errática conducción del gobierno.
Publicado el 13.01.2016
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I

El año que se inicia reproduce con un calco los hechos del año que se fue. Prima el mismo ambiente de confusión generado por la errática conducción del gobierno. Se consolida una tendencia moderadamente depresiva y de preocupación con la economía.

Los conflictos y tensiones dentro de la Nueva Mayoría (NM) son como un eco de los de ayer y antes de ayer. La DC descontenta con el contenido y la forma de varios de los proyectos de reforma presentados o anunciados. El PC exigiendo que se cumpla el programa y se fuerce el paso de los cambios. El PPD con igual propensión a un lenguaje insustancial pero agresivo.

A su turno, la administración Bachelet aparece envuelta en similares contradicciones a las que marcaron el verano del año pasado. Las largas sombras de Caval y SQM rondan por los pasillos del poder. El segundo piso de la Presidenta se encuentra en pugna con el primer piso del Ministerio del Interior. El equipo político aparece poco robusto ante la prensa y goza de escaso apoyo en la opinión pública encuestada.

Sin embargo, el gobierno -como si nada hubiese aprendido de la experiencia- se encuentra consumido por los mismos males del pasado reciente: falta de agenda, ausencia de carta de navegación, acciones comunicacionales desordenadas, contactos insuficientes con el Congreso, clima inestable (y a ratos poco amigable) de relaciones con los partidos y parlamentarios de la NM, gestiones sectoriales -con escasas excepciones- por debajo de las expectativas generadas por los propios encargados de los sectores.

Más aún, incluso las iniciativas aparentemente ya cumplidas y que debieran estar rindiendo frutos, rondan como formas incompletas y vuelven a golpear las puertas de La Moneda y de los ministerios. Vea usted: la reforma tributaria, cuyo rendimiento ya nadie se atreve a estimar, se halla de regreso en las oficinas de Hacienda y debe ser reformada en algunos aspectos sustanciales. La ley que puso fin al copago, el lucro y la selección académica en los colegios aún no comienza a aplicarse seriamente, pues falta que se dicten los correspondientes reglamentos. La ley corta de gratuidad se halla envuelta en un sinnúmero de “pendientes” y genera incertidumbre.

Otras iniciativas presentadas durante 2014 como la reforma laboral, la carrera docente, la despenalización del aborto en tres casuales; se han ido desdibujando y enredando durante la tramitación, lo cual anticipa que una vez aprobadas seguirán un camino similar de dificultades de implementación.

Tampoco el discurso del comienzo de año es muy distinto de aquel con que se cerró el año pasado. Por ejemplo, el gobierno insiste en la peregrina idea de que el desorden generado por su falta de conducción debería imputarse, por el contrario, a la profundidad y carácter estructural de los cambios promovidos por el programa Bachelet. Sin embargo, las leyes ya aprobadas han contado con un apoyo bastante transversal y, en cualquier caso, la oposición política es extraordinariamente débil y la resistencia de los poderes fácticos se encuentra en su punto más bajo, con la mayoría de los grupos de élite afectados por escándalos y la caída de su valor reputacional en el mercado de prestigios.

Asimismo, el discurso del gobierno continúa siendo puramente episódico sin dar lugar a un relato o una narrativa que cemente su identidad ideológica. Aún suele recurrir al programa como manifestación de un sueño o visión de país. Pero a esta altura, a dos años de iniciada la administración, la gente espera algo más que un sueño de campaña electoral. O bien, los más intelectualizados dentro del gobierno y la NM reclaman para sí la fama de haber instaurado un nuevo paradigma de política pública, confundiendo paradigma con mera retórica. Y con la difusión de un lenguaje que en su momento creó la ilusión de un nuevo ciclo histórico, de cambios estructurales, refundación desde las raíces, renovación del elenco político y tecnocrático y otras pretensiones de ese estilo.

II

Más bien, se ha ido instalando una brecha cada vez más amplia y profunda entre las expectativas que esa retórica movilizó y la cruda realidad de una serie de reformas parciales, la mayoría de ellas mal diseñadas, tramitadas desordenadamente, sin legitimación comunicacional y con escasa deliberación democrática y de las cuales esperamos limitados efectos. Incluso, en algunos casos, posibles daños o francos retrocesos.

En vez del poderoso vuelo que se imprimió a la imaginación nacional durante la campaña presidencial de 2013 -igualdad, fin de los abusos, derechos sociales, universalidad del acceso a los servicios, encaminamiento de “otro modelo” hacia una sociedad más justa y de mayor bienestar- lo que tenemos ahora es un despertar al realismo y la necesidad de abandonar las ilusiones y postergar los sueños.

Hasta el propio gobierno ha ido reconociendo las consecuencias de este despertar en su verbalización y comunicación. Por ejemplo, ha dicho: las condiciones económicas no son las mismas y tenemos que adaptarnos y vivir con menos; hay que ser realistas sin renunciar (en la medida de lo posible) a los ideales; las cosas siempre pueden ser peores. En fin, el año que terminó no fue el que había esperado la administración Bachelet y la NM. Como bien dijo el ministro Valdés a mediados del año pasado: “Esperar sombreros del conejo es naif”.

Otros parámetros de contexto se mantienen también y conducen a esa repetición de más de lo mismo: el clima de desconfianza, la depreciación del peso, la distancia de las masas respecto de la política, las investigaciones de los fiscales, el enjuiciamiento moral de los dirigentes políticos en las pantallas de televisión, las colusiones entre empresas, las fallas del Transantiago, los malestares con la atención de salud, los delitos en las calles y la violencia en La Araucanía.

¿Pintamos un escenario demasiado negativo a la luz de otros hechos y facetas de la realidad que parecen funcionar bien o a lo menos normalmente?

Pues la sociedad chilena, como hemos dicho aquí reiteradamente, no está en una crisis que llame a encender las alarmas. Las instituciones, como es moda decir, funcionan. Hay una crisis de conducción y gobernabilidad en sentido estricto, pero no en el orden de la gobernanza del Estado y la sociedad. No hay irrupciones extendidas de descontento social que amenacen el orden. No hay un colapso del Estado ni han colapsado los mercados. La violencia no se ha apoderado de la vida cotidiana. Los grandes sistemas funcionan, con fallas por cierto, mas éstas no pueden subsumirse bajo la noción de un Estado fallido, o de servicios fallidos.

Efectivamente, lo que hay es una mayor distancia crítica con respecto a las autoridades en todos los campos de actividad; un alejamiento de las masas respecto de las élites; un cuestionamiento de las estructuras de poder y, encima de todo esto, una incapacidad gubernamental para conducir esos fenómenos de decaimiento, de ralentización, de exasperación, de alienación, de frustración realista, de pérdida de la inocencia de los sueños, de desmembramiento de las ilusiones.

Es como si el gobierno Bachelet , sobre todo el del comienzo hasta los primeros meses de 2015, hubiese sido compuesto -en torno al Programa, la dupla Peñailillo/Arenas, los nuevos tecnócratas, los soñadores de la NM- y tenido capacidades únicamente para los momentos ascendentes, victoriosos, de la abundancia de recursos fiscales, de la alta popularidad y el abrazo masivo, de los seguidores y del optimismo, de la mayoría fiel y ordenada en el Congreso, de la metafórica retroexcavadora que permite echar para adelante a como dé.

Tan pronto la marea cambió y el gobierno debió enfrentar problemas de diversa índole hasta converger hacia una tormenta perfecta; se acabaron los aplausos y las vacas gordas, vino el invierno frío y la marcha se hizo cuesta arriba, la conducción se desdibujó, perdió el rumbo, se turbó y confundió, abandonó la convicción en sus propios medios y, sobre todo, la capacidad de adaptarse a un entorno que se había vuelto turbulento y al parecer mudaba cada día para peor.

La Presidenta no accedió a su “momento churchilliano” -uno más modesto, por cierto; menos exigente y tampoco tan grave ni tan solemne- cuando se debe gobernar contra la adversidad y no se puede ofrecer a los ciudadanos si no esfuerzos y perseverancia y confianza en sí misma. Sin duda, a Bachelet le faltó ese momento. Más bien, su liderazgo y la capacidad de conducción del gobierno parecían depender -uno y otra- del buen tiempo, el viento favorable, la navegación rápida y la mano invisible de la Fortuna. El año 2016 probará si esta hipótesis es correcta.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

FOTO: FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO

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