El 2014 fue un año perdido para la educación, la economía y la buena política.
Publicado el 28.12.2014
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Del 2014 se esperaba mucho; demasiado, quizás. Se iniciaba un nuevo gobierno, que había hecho promesas de envergadura durante los meses de campaña y contaba, como ningún otro en los últimos 25 años, con las mayorías parlamentarias para cumplirlas.

Dos semanas antes de iniciarse el año, casi tres millones y medio de chilenos habían elegido a Michelle Bachelet, por segunda vez, como su Presidenta y esperaban que llegara marzo para que comenzara a cumplir con sus compromisos: una reforma tributaria que, sin detener el ritmo de la economía ni el empleo -porque sólo afectaría al 1% más rico- aseguraría recursos para dar una educación de calidad a todos los estudiantes y educación superior gratuita.

A menos de una semana de terminarse este extraño 2014, la sensación es la de un año perdido. La única promesa emblemática cumplida hasta ahora es la reforma tributaria. Ni el compromiso de que afectaría sólo a los más ricos, ni que sus recursos se destinarían para la educación, se cumplieron.

El 2014 fue, definitivamente, un año perdido para la educación. Transcurrido el 25% del mandato presidencial, no se ha enviado al Congreso un solo proyecto de ley que tenga por propósito mejorar la calidad, o desatar los nudos que impiden que miles de niños en Chile reciban una formación que les asegure igualdad de oportunidades. O, como prometió la propia Presidenta, permitir a la educación pública recuperar el prestigio que la distinguió por más de un siglo.

El año se pasó entre las malas metáforas del ministro Eyzaguirre y su desprecio a las intenciones y capacidades de los sostenedores y padres; y los slogans de la bancada estudiantil, auto designada como “centinela” del fin al lucro, el copago y la selección. No es gratis el rechazo mayoritario de la ciudadanía a una reforma que, en vez de arreglar lo que no funciona y concentrarse en derribar las barreras que mantienen a miles de estudiantes condenados a la mediocridad, clava la bandera que marca el principio del fin de los colegios particulares subvencionados.

El 2014 fue también un año perdido para la economía. Tan perdido que, por primera vez en 25 años, la opinión pública se permite especular respecto a un posible cambio de ministro de Hacienda, una institución que ha permanecido literalmente intocable en el último cuarto de siglo. Y no es para menos, cuando la autoridad encargada del rumbo de nuestra economía prometió en marzo que, gracias a la agenda que impulsaría el nuevo gobierno –incluida la reforma tributaria-, Chile iría de “menos a más” y está cerrando el 2014 con un crecimiento de 1,7%, el peor registro de los últimos 30 años (exceptuando los años de las crisis asiática y subprime).

Y si para algunos el crecimiento y la inversión son preocupaciones de otra dimensión, que no les va ni les viene, le tengo malas noticias. Esos números invariablemente se traducen en mejores o peores oportunidades de trabajo, en mejores o peores precios de productos imprescindibles y en mejores o peores momentos para cumplir sueños, desde la casa propia a las vacaciones (banalidades del capitalismo que, mal que mal, permiten a las personas vivir mejor y regalarse recompensas al esfuerzo).

Finalmente, el 2014 fue un año perdido para la buena política. Fue el año de la retroexcavadora, que algunos esperan arrase con lo que Chile ha cultivado durante décadas: consensos esenciales y una forma de hacer las cosas, que nos han permitido progresar como nunca en la historia de nuestro país.

Ya veremos qué nos depara el 2015. Por ahora, cerramos este año con algo de pena porque el tiempo perdido no puede recuperarse y, para Chile, cada día puede hacer la diferencia.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile.

 

 

FOTO:RAUL ZAMORA/AGENCIAUNO

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