Los muros de hoy son de impuestos y de restricciones; hoy no se trata de impedir el tránsito, sino de prohibir qué consumir y cómo vivir.
Publicado el 10.12.2014
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Han pasado 25 años de la caída del Muro. Son más de dos décadas del derrumbe del totalitarismo más cruento conocido por la humanidad y aún algunos siguen construyendo muros, sentenciando a Chile una vez más al fracaso.

10576353_10152415146695825_829245606_oEl historiador Francisco Sánchez relata que “el muro de Berlín jamás cayó, siempre quedaron ruinas en las mentes de las personas” pero creo que no es solo eso, no solo quedaron ruinas, sino que se construyeron nuevos muros.  Ya no son de concreto, ni de alambres ni de armas. Los muros de hoy son de impuestos y de restricciones; hoy no se trata de impedir el tránsito, sino de prohibir qué consumir y cómo vivir. Los muros de estos tiempos no dividen a los alemanes orientales de los occidentales; dividen a los ricos de los pobres, a las minorías vociferantes de las minorías pasivas, los revolucionarios intervencionistas  y quienes quieren vivir sus propias vidas, los virtuosos altruistas del dinero ajeno y los supuestos egoístas contribuyentes.

Ese es el Chile que estamos construyendo a punta de imposiciones y restricciones, imponiendo a los individuos las formas de ser y los fines de quienes detentan el poder. Se promueven falsos enfrentamientos que nos separan. Por ejemplo se dice que el rico y el empresario abusan del pobre y empleado sin entender que ambos colaboran entre sí, los primeros generando inversión, empleo, productos nuevos y a menores costos, y los segundos ofreciendo su trabajo por un sueldo, y otras veces, cuando desean despegar y tomar un proyecto con sus propias manos convirtiéndose ellos mismos en empresarios.

No es extraño que con tanta vehemencia se quiera imponer esta separación. Lo decía el Premio Nobel Friedrich Hayek ya en el siglo pasado. Cuando los planificadores se proponen obtener el poder y quieren establecer un plan general para ganar adeptos, descubren que sus planes diferirán entre sí y además serán contrarios a lo que la población quiere. La razón de esto es muy simple, todos tenemos fines distintos y al ser distintos, los medios y los planes para cumplirlos, diferirán. Por ejemplo si el fin de una persona es viajar a Francia seguramente deberá trabajar más tiempo, ahorrar y comprar un pasaje. Pero probablemente el fin de su hermano será competir en judo, por lo que no gastará su tiempo trabajando tanto, sino que entrenará para ser el mejor.

Lo que le ofrece entonces el planificador a la población es un plan que se adecua a los fines de la élite política que detente el poder pero será imposible que se adapten a los múltiples, indeterminados e infinitos deseos de la población e incluso probablemente serán contrarios a lo que la gran mayoría quiere. Y cuando haya una contradicción entre el fin del planificador y el de los ciudadanos solo le quedará la violencia para imponerlo, lo que logrará mientras mayores sean las sumas de poder con las que cuente.

Para evitar el conflicto entre los planificadores que aspiran a obtener o conservar el poder y los individuos libres, crean un enemigo común para que la mayor cantidad de adeptos deban unírseles y combatir a este enemigo. Los planificadores promueven grupos a quienes “beneficiarán” con su plan y grupos que serán sacrificados frente a estas “reivindicaciones legítimas”. Así se crean los mitos: hacer pagar a los malvados empresarios; aquellos burgueses sufrirán las “reivindicaciones” de los oprimidos; hay que vencer a los padres agrupados para protestar por reivindicar el derecho a elegir la educación que quieren para sus hijos; el embajador Contreras cree que el enemigo es la derecha empresarial en contra del “pueblo”; para la alcaldesa Errázuriz su misión es sancionar a los egoístas empresarios de la noche, en pos de la comunidad; en las universidades el enemigo es el egoísta que no quiere perder clases, quien pagará su castigo con su tiempo en pos de los jóvenes comprometidos con la igualdad. Y así, creando múltiples enemigos y héroes la izquierda ha ido construyendo muros mentales cada vez más difíciles de derribar.

Qué útil resulta en este contexto recordar la caída del Muro de Berlín, un 9 de noviembre, recordar aquellos tiránicos divisionismos que separaron a un pueblo entero y recordar que su caída representa el fracaso más grande de los planificadores de izquierda que trataron de ordenar la sociedad a los designios de la mente humana, de guiar a las personas como fichas de ajedrez en su fatal arrogancia, que se propusieron dividir al mundo para imponer su plan y para conseguirlo solo les quedó la violencia y la sangre.

En Chile tal vez no vayamos por el camino de la sangre pero sí – a punta de impuestos y restricciones – por el de la violencia y el sacrificio de nuestro bien más preciado, la libertad.