La intención transversal del documental es un cuestionamiento moral incesante de cada palabra pronunciada por sus protagonistas.
Publicado el 31.01.2016
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“Chicago Boys” es un documental de 85 minutos de extensión realizado por Carola Fuentes y Rafael Valdeavellano. El filme pretende mostrar la historia de la formación y desarrollo de un grupo de economistas nacionales desde 1956 en la Escuela de Economía de la Universidad de Chicago y los efectos de las políticas económicas que aplicaron en Chile desde los años 70’. El propósito de estas líneas es comentar algunos aspectos del documental y agregar ciertos hechos que no son mencionados en él.

Primero, el término “neoliberal”, una de las palabras que más se menciona en el documental, no es más que una construcción del imaginario colectivo de izquierda, creado con el objeto de criticar una serie de políticas liberales económicas realizadas a nivel global desde los años 80’. La nomenclatura “neoliberal” fue acuñada por el economista y sociólogo alemán, Alexander Rüstow, en 1938 durante el “Coloquio Walter Lippman”. Con esa expresión, Rüstow, se refería más bien a los ordoliberales, o seguidores de la Economía Social de Mercado, desarrollada tras la Segunda Guerra Mundial, en la entonces República Federal Alemana.

Otro elemento que lamentablemente no es desarrollado con la suficiente profundidad en el documental es la feroz disputa dentro de los miembros y seguidores de la Junta Militar de Gobierno (1973-1990) respecto al modelo económico por el que debía optar, frente a la crítica situación de la economía chilena al inicio del período. Por un lado, existía un movimiento nacionalista que era partidario de una economía con fuerte presencia estatal -como la israelita-, encarnados, entre otros, en la figura del padre Osvaldo Lira y el Movimiento Revolucionario Nacional Sindicalista. Por el otro lado estaban los “Chicago Boys”, con sus ya sabidas ideas monetaristas. La diferencia entre estos dos grupos no se circunscribía solamente a materias económicas. Los sectores nacionalistas eran partidarios de la instalación de un sistema de gobierno basado en la democracia orgánica, como lo tuvo España durante el Franquismo (1939-1975), Portugal durante el “Estado Novo” (1928-1974), o el corporativismo de la Italia de Mussolini (1922-1943).  En cambio, los “Chicago Boys” eran partidarios de una democracia representativa; obviamente, no con la misma institucionalidad que tenía Chile hasta 1973, pero democracia representativa al fin y al cabo. El punto es que, contrariamente a lo que el documental indica, la postura de los “Chicago Boys” no fue indiscutida en la Junta, sino que tuvo una fuerte oposición interna.

Otro elemento que se extraña en el documental es que no indica que las políticas económicas implementadas por los “Chicago Boys” han permitido la reducción de dos terceras partes de la pobreza en Chile durante los últimos 26 años. Ha sido una de las mayores transformaciones sociales del país en el transcurso de su vida independiente. En vez de reconocerlo, el filme insinúa -mediante la exhibición de las imágenes de un campamento habitacional durante los años 80’- que la pobreza existente en Chile se debía al modelo recién implementado. Nada había en el documental que aclarara que la pobreza urbana era un paisaje endémico arrastrado desde los inicios del siglo XX -gracias a las políticas populistas de izquierdas y derechas- más allá de los testimonios de los propios “boys” entrevistados. Pero no podemos considerar que sus testimonios significan una referencia al tema omitido, cuando la intención transversal del documental es un cuestionamiento moral incesante de cada palabra pronunciada por sus protagonistas.

Pero quizás el tema más cuestionable del documental es una de sus tesis principales, la que fue apoyada por los comentarios del economista Ricardo Ffrench-Davis: el supuesto hecho de que era imposible instalar el libre mercado en Chile sin la violencia de un poder autoritario. En este punto es necesario distinguir dos ideas: si bien es cierto que los hechos ocurrieron de tal manera en Chile, no es cierto que la economía de mercado necesite de la fuerza del militarismo para que opere en un país. A pesar de que el documental tiene la intención constante de identificar la idea de la violencia con la de capitalismo, la falacia se derrumba fácilmente con tan sólo considerar los casos mundiales que adoptaron este sistema por gobiernos democráticos tras dejar de ser colonias (Hong-Kong, Irlanda, Australia, Nueva Zelanda, Canadá, etc.) o, precisamente, de ser gobiernos totalitarios (soviéticos y nazis), como Alemania, Estonia, Eslovenia, República Checa, Lituania, entre otros.

Ninguno de los elementos anteriormente mencionados tiene la más mínima referencia en el filme. Y es que, afortunadamente, el papel de los “Chicago Boys” da para más discusión que un solo documental.