¿Hasta dónde puede tolerarse la divergencia de posturas en el campo de la moral de las personas?
Publicado el 10.12.2014
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En una sociedad como la nuestra, donde la democracia moderna surgió asumiendo varios paradigmas básicos del liberalismo, cabe mencionar que hoy no se entiende que pueda existir una sociedad democrática -como la entendemos en el mundo occidental- sin que haya libertad de conciencia. La conciencia, es decir, el conocimiento que se tiene de sí mismo y de su entorno, incluyendo la moral y las concepciones éticas, es de suyo un atributo fundamental del individuo. Cualquier intento que exista para manipular o restringir la conciencia de las personaIMG_20141127_184734s es comparable a los absolutismos dieciochescos o a los totalitarismos del siglo pasado, incompatibles con la sociedad libre y abierta que defendemos los liberales.

Por esto, no debe extrañar a los lectores que el viejo debate sobre la libertad de conciencia (también llamada libertad religiosa para referirse a un ámbito más estricto) vuelva a ser de relevancia en la discusión pública. No puede dejar de preocuparnos, situaciones como las que se dan en la universidad donde yo estudio, que en las asambleas de estudiantes sea frecuente oír frases como “no podemos permitir que la derecha ocupe más espacios en la universidad”.

Lo mismo ha ocurrido con la religión, hoy en día se pretende que exista una censura de carácter político-jurídica a las opiniones vertidas por personas de diversos credos religiosos en caso que estas puedan parecer ofensivas para determinados grupos. Esta situación ha generado el curioso fenómeno de que la Iglesia Católica Romana haya tenido que adoptar argumentos que históricamente fueron defendidos por los liberales, como la libertad de expresión, la libertad de conciencia y la libertad de enseñanza, abandonando algunas posturas tradicionalistas, que mantenía a la Iglesia más cercanacon los antiguos regímenes.

No obstante, no se puede pretender que hoy no existan roces entre las ideas de la sociedad secularizada y las concepciones teológico-morales de las Iglesias. Lo que nos lleva a la pregunta del límite, ¿hasta dónde puede tolerarse la divergencia de posturas en el campo de la moral de las personas? Pareciera que el discurso del progresismo actual inclina la balanza en contra de los cristianos, en nombre de un mal llamado “pluralismo”, que en realidad consiste en la imposición de dogmas monolíticos sobre lo que se considera plural y lo que no. La alarma frente a esto, puede reflejarse en las palabras de Stuart Mill quien decía, “No hay mayor pretensión de infalibilidad que en el obstáculo que se pone a la propagación del error […] Al prohibir lo que creen perjudicial, no hacen más que cumplir con el deber obligatorio para ellos (aunque sean falibles) de obrar de acuerdo con su convicción consciente”. En otras palabras, no hay nada más absoluto que el aparente relativismo que dice defender el llamado “pluralismo”.

Esto nos transporta a la pregunta: ¿debemos ser tolerantes con el intolerante? La opinión que la mayoría comparte es que no se debe tolerar, que hay un límite en lo que las personas pueden expresar en virtud del respeto al derecho ajeno. Pero antes que hacerse esa pregunta, lo que en realidad debería preguntarse la progresía es “¿Acaso no estoy siendo yo el intolerante al acusar al otro de serlo, al pretender que se le sancione por su opinión?” Y entonces volvemos al absolutismo monárquico, donde desafiar al Rey era desafiar a Dios, solo que hoy reemplazamos a Dios y al Rey por “la sociedad”, “el pueblo”, “las mayorías” o “las minorías”.

Lo cierto es que al haber una diferencia de opiniones, o una contradicción entre conceptos morales, hay una parte que se encuentra en lo cierto y la otra está equivocada (A es A, o A no es A). Entonces, se deja al diálogo y a la exposición de argumentos que medie entre lo correcto lo erróneo. La censura no permite que ninguna de las partes pueda defenderse adecuadamente. Solo acentúa el antagonismo y la odiosidad entre las partes en conflicto.

Es notable el caso de Alemania, donde toda apología al Nacional Socialismo y todo comentario que pueda interpretarse como una defensa del Holocausto se encuentran penados con altas multas y hasta prisión. El resultado de esto, aparte de lograr que varios historiadores revisionistas que se atreven a cuestionar determinados datos terminen en la cárcel, no ha significado el fin de para los numerosos movimientos y células neonazis y racistas que surgen cada cierto tiempo en ese país.

Thomas Jefferson decía que el precio por la libertad era su eterna vigilancia, por eso como liberales no podemos aceptar que se busque la censura. Sancionadas por las autoridades estatales, contra las opiniones de las personas, sean estas reprobables o no socialmente. Si fuese el caso que la opinión es en extremo ofensiva para la población, existen medidas de oposición válidas como el boicot, las manifestaciones pacíficas, la contra-argumentación, etc. Cualquier justificación en favor de una sanción política o jurídica es una invitación clara para que el Estado y sus políticos invadan cada aspecto de nuestras vidas, especialmente nuestro fuero interno, patrimonio sagrado de cada individuo.

 

FOTO: DAVID VON BLOHN/ AGENCIAUNO