¿No son cualidades como la solidaridad, la tolerancia o el ansia de una sociedad “próspera e inclusiva”, virtudes y valores que provienen, en esencia, de la libre iniciativa de las personas que la componen?
Publicado el 10.12.2014
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Si entendemos la virtud como una cualidad de carácter positivo de los seres humanos, o bien como el actuar (o pensar) apegado a la razón, o, siendo un tanto más exigentes, la entendemos como la excelencia moral y la integridad humana, cabe entonces preguntarse: ¿de dónde proviene la virtud?

DSC03742 (2)Evidentemente, la virtud nace de las personas, de sus actos, de sus pensamientos y de sus valores. Es decir, es una cualidad humana que proviene de lo más profundo y personal de nosotros. Hay quienes la definen como una acción, otros, como conocimiento, y hay quienes la conciben desde la espiritualidad y el alma.

A pesar de las diferentes concepciones que se tengan sobre ella, hay un punto de convergencia: la virtud proviene de la voluntad, y como todo acto voluntario, proviene de la iniciativa personal.

Por otro lado y en contraposición con la voluntad y la libre iniciativa personal, está el marco de la ley. La ley está para establecer ciertas condiciones previas que delimitan y regulan las relaciones interpersonales que se dan en la sociedad, supeditándolas a un marco de obligatoriedad. Es decir, es un elemento de carácter forzoso e ineludible. Por lo tanto, no es difícil percatarse de que la virtud y la ley entrañan elementos de muy distinta naturaleza. Es entonces razonable preguntarse, ¿por qué hoy es tan recurrente observar a muchos abogar por nuevas regulaciones legislativas, precisamente en pos de una sociedad más virtuosa?

En su primer discurso al país de su segundo mandato señalaba la Presidenta Michelle Bachelet: “Es hora de iniciar juntos este camino hacia esa nación desarrollada y justa, moderna y tolerante, próspera e inclusiva que merecemos”.

En el mismo marco, una reforma educacional que, aboliendo la diversidad de proyectos educativos busca hacer del país una sociedad “más inclusiva” y “tolerante”. “Lo que busca la reforma de la Presidenta Bachelet es que todos depongamos los miedos y aprendamos a relacionarnos los unos con los otros; que haya más inclusión (…)”, aseguraba el ministro Eyzaguirre. En la misma línea, el senador Ignacio Walker afirmaba, tras despachar en agosto la iniciativa de la reforma tributaria: “Los impuestos son una expresión de solidaridad”.

Día a día escuchamos diversas declaraciones como estas que enturbian y diluyen el límite entre la virtud y la ley.

¿No son cualidades como la solidaridad, la tolerancia o el ansia de una sociedad “próspera e inclusiva”, virtudes y valores que provienen, en esencia, de la libre iniciativa de las personas que la componen? ¿O tienen los políticos la increíble capacidad de decretar por ley la prosperidad y tantos otros elementos cuyo origen radica en los anhelos y aspiraciones de cada individuo?

Ciertamente este afán de algunos no es más que un error y confusión producto del sesgo y la prepotente obsesión por legislar la vida del resto.

Quienes buscan implantar hoy la virtud por decreto, ignoran (o prefieren ignorar), que al hablar de una sociedad virtuosa o una sociedad moral, se alude en realidad a la virtud de las personas, pues al fin y al cabo son estas quienes componen la sociedad.

Es entonces incompatible y completamente errado, concebir a la ley y la virtud en una misma dimensión, pues esta última emana de la iniciativa personal, la cual sólo se comprende en libertad.

En consecuencia, las pretensiones por imponer la moralidad y bondad en la sociedad, solo lograrán, al aniquilar la libre voluntad, despojar la virtud de las personas, y cuyo único resultado será, contradictoriamente, sentar los cimientos de una sociedad desvirtuada y amoral.

 

FOTO: CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO