Cada vez que preferimos comprar nuestra comida en una enorme cadena de supermercados, y no en pequeños puestos de venta, estamos contribuyendo y optando por la desigualdad.
Publicado el 19.05.2015
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En un escenario de controversiales y profundas reformas llevadas a cabo por el actual gobierno, que en su mayoría son defendidas desde el principio de la igualdad material, o bien, igualdad material de oportunidades, cabe mencionar las implicancias que conlleva esta defensa, al menos para tener una visión más amplia al momento de elegir si es eso lo que realmente deseamos para nuestro país, ya que al menos a mi juicio, principios como el de la igualdad, no pueden ser defendidos sin transgredir otros que pueden tener igual o incluso mayor valor.

Concordemos que cada ser humano es único e irrepetible. Como tal, somos todos diferentes y desiguales, al menos en las capacidades, y circunstancias que poseemos.

Lo segundo que debemos considerar es el principio de igualdad ante la ley que se establece en nuestra Constitución: “En Chile no hay persona ni grupo privilegiados […] Hombres y mujeres son iguales ante la ley.”

Si estamos de acuerdo con estos dos enunciados, seremos capaces de deducir, que si respetamos el principio de igualdad ante la ley, el resultado evidente será la desigualdad; pues la única forma de intentar evitar, mediante el Estado, la desigualdad material es quebrantando este principio.

Para entender mejor la idea, supongamos el caso de dos corredores de 100 metros planos. Si ambos respetan las normas que rigen esta competencia, inevitablemente al final de sus vidas como velocistas, van a haber obtenido logros y resultados muy diferentes. La única forma de intentar igualar los resultados o las oportunidades, en el caso de que ambos hicieran una carrera, es que aquel que obtiene peores resultados transgreda las leyes o normas que establece esta competencia, para obtener una ventaja injusta respecto del otro competidor.

Tomando en cuenta el ejemplo anterior, sería contradictorio desear la igualdad ante la ley, a la vez que deseamos la igualdad material forzosa que intenta entregar el Estado, ya que para conseguirla, por ejemplo, habría que derogar la igualdad legal del derecho a la propiedad, o promulgar alguna ley que conceda más ventajas a aquellos que no pueden, o quieren obtenerlas por sí mismos.

Esto se contrasta con la advertencia de Hayek: “la igualdad ante la ley y la igualdad material no solamente son diferentes, sino que contrapuestas, pudiendo obtenerse una de las dos, pero no las dos al mismo tiempo”.

Lamentablemente el error más grave que se comete en el debate, se evidencia cuando no se analiza la razón que hace que naturalmente la desigualdad en nuestra sociedad incremente el ejercicio de nuestra voluntad.

Si algún empresario se hace millonario honestamente, a través de la innovación, lo logra generalmente gracias a que miles o millones de personas optaron por elegir su producto o servicio, y de esta forma se incrementa la desigualdad material.

Cada vez que preferimos comprar nuestra comida en una enorme cadena de supermercados, o ropa en una gran tienda de retail, y no en pequeños puestos de venta, estamos contribuyendo y optando por la desigualdad.

Me parece nuevamente contradictorio, que al momento de elegir el rol que debe cumplir el Estado, contravengamos nuestras propias formas de actuar día a día, optando por la igualdad material.

Naturalmente esto se explica debido a que nadie está dispuesto a asumir los costos que conlleva obrar en favor de la igualdad, y es por esto que maliciosamente se espera que mediante la fuerza estatal alguien más pague estos costos.

A pesar de que estemos de acuerdo y que consideremos razonable que el Estado realice ciertas funciones dentro de nuestra sociedad, es importante entender que, en ese acto, se están dejando de respetar en alguna medida los derechos de muchos, en pos del privilegio de otros, al mismo tiempo que no se respetan algunas de las leyes que la misma República estableció.