La respuesta no es sencilla, pero sí resumible a un “sí y no”. Hay que distinguir ciertas cosas para no caer en ambigüedades.
Publicado el 30.04.2015
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Lo que más nos llama la atención al lector del Nuevo Testamento es que en el libro de Hechos se diga “Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno”. Ciertamente que los primeros cristianos de Jerusalén distribuyeron sus posesiones según la necesidad de cada uno, y mientras el propósito de los miembros de estas pequeñas comunidades fue proveer para los que tenían necesidad, no hubo problemas con este sistema, incluso es considerado como un ejemplo positivo de comunalismo cristiano. No obstante este experimento no duró demasiado a medida que la iglesia iba creciendo y empezaron a aparecer problemas de contribución y distribución.

Sin perjuicio de lo anterior, muchos consideran que lo anterior es lo que debe aplicarse a nivel nacional, lo que debe proyectarse en los programas de gobierno de cualquier “partido respetable” que aspire llegar al Palacio de la Moneda. Esto nos lleva a preguntarnos si realmente ¿es cristiana la redistribución de la riqueza?

La respuesta no es sencilla, pero sí resumible a un “sí y no”. Hay que distinguir ciertas cosas para no caer en ambigüedades. En primer lugar hay que ser muy cuidadoso al momento de destinar elementos fundamentales del Cristianismo a un determinado fin político. Es verdad que toda política se sustenta en contenidos éticos que provienen de diversos contextos y tradiciones, la cristiana no es la excepción. Pero, debemos ser sumamente cautelosos de no tomar los pilares de la creencia -que juegan un rol íntimo en las vidas de millones de personas que ponen sus esperanzas y guían sus conductas en base a las enseñanzas de Jesucristo-, y subordinar dichos fundamentos a una determinada ideología temporal. Se corre el riesgo de deformar dichas doctrinas primeramente por causa de la manipulación hacia probables intereses mezquinos de algunos políticos, y en segundo lugar para los cristianos mismos y los judíos constituye un grave pecado, una violación de los mandamientos, el tomar el nombre de la Divinidad en vano, eso incluye por extensión el uso de argumentos teológicos para fines éticamente cuestionables. En otras palabras, hay que figurarse que para los cristianos las verdades reveladas por el Evangelio son fuente de salvación, por lo tanto es escandaloso subordinar e instrumentalizar esas verdades a determinados fines mundanos.

Dejando claro lo anterior, podemos responder a la pregunta con un “sí” bajo determinados supuestos. En primer lugar, sí, el evangelio predica de forma clara y absoluta algunas enseñanzas respecto a la redistribución. Jesús decía “si alguno pidiere tu manto, dale también tu túnica” mientras que Juan el Bautista también enseñaba que “el que tiene dos túnicas, comparta con el que no tiene; y el que tiene que comer, haga lo mismo”. No obstante, hay algunos detalles que a muchos se les olvida, el Evangelio interpela al individuo, el creyente es el que libremente en base a estas enseñanzas debe elegir actuar conforme él lo estime. El Evangelio no se está dirigiendo a un determinado grupo político ni mucho menos está dando pautas sobre como gobernar un país. Las primeras comunidades cristianas, que tenía todo en común y repartían según las necesidades, no eran un prototipo bíblico de “Estado de Bienestar”, eran asociaciones voluntarias de gente que libremente decidían seguir las enseñanzas de Jesús. Eran todo lo opuesto a un aparato estatal, más aún fueron perseguidos por las autoridades de aquellos tiempos.

Durante la edad media, florecieron los monasterios que buscaban emular este estilo de vida comunitario. Pese a que el régimen interno era redistributivo, el monasterio debía sustentarse por medio del trabajo de los monjes y por el comercio con el mundo exterior, así se desarrollaron importantes actividades productivas, como el cultivo de hortalizas, la apicultura y la producción de cerveza, dentro de las comunidades monásticas. Lo que la regla de San Benito dictaba es que los monjes debían vivir por los frutos de sus esfuerzos.

Distintas fueron las tristes experiencias del distribucionismo coercitivo en algunas sociedades feudales y posteriormente varios siglos después con los estatismos y socialismos. Sí esto último es lo que entendemos por redistribución de la riqueza, entonces debemos responder a nuestra pregunta anterior con un rotundo “NO”. Y es que no pareciera ser muy cristiano el hecho de que una autoridad terrenal tenga potestad para tomar coercitivamente una parte de lo que cada persona gana para repartirlo, y así “igualar lo desigual”. Naturalmente que el popular dicho “el que reparte recibe la mejor parte” empieza a sonar de inmediato en nuestras cabezas. La Biblia enseña a los creyentes el mandamiento de “no robar” y el de “no codiciar lo ajeno”. Y no obstante, un Estado que redistribuye la riqueza necesariamente roba a unos para darle a otros, la diferencia es que lo hace bajo apariencia de Derecho por medio de leyes y decretos.

Por otro lado, codiciar lo ajeno no es algo que se haga de forma tan descarada, aunque podemos detectar esa codicia cada vez que nos escandalizamos por las enormes sumas de dinero que ganan otras personas, antes que escandalizarnos por nuestra propia inacción frente a los pobres. San Alberto Hurtado decía que la solución al problema distributivo era partir por creer en la dignidad del hombre. Amigo lector, ¿cree ud. que la dignidad del hombre pudo manifestarse plenamente bajos los “precisos y racionales” planes de distribución quinquenales o cuadrienales de la Unión Soviética o del Tercer Reich Alemán? Cuidado.

Lo anterior no obsta a que un político cristiano pueda promover determinadas prestaciones a personas más vulnerables económicamente que necesiten algún impulso para poder mejorar su situación, siempre y cuando estas políticas públicas sean orientadas a maximizar las oportunidades de estas personas, sin fines igualitaristas. Pero lo más importante es que el cristiano como hombre de acción no necesita de un aparato estatal para poder ayudar a los desposeídos, necesita actuar.

¡Qué certero fue Karl Popper cuando dijo: “aquello que nos promete el paraíso en la tierra, nunca produjo nada, sino un infierno”! Por último recordemos que Cristo mismo es quien nos dice: “Mi Reino no es de este mundo”.

FOTO: AGENCIA UNO