Lo que vemos explotar bajo la forma iracunda del motín urbano e incendios de autos es el aspecto más destructivo del famoso Estado de Bienestar de ese país combinado con el proteccionismo laboral de sus poderosos sindicatos y asociaciones profesionales.
Publicado el 14.08.2016
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Vuelven a arder los suburbios segregados de Suecia. Los incendios y la vandalización no alcanzan aún la magnitud ni la espectacularidad de lo ocurrido en mayo de 2013, cuando en el lapso de nueve días fueron quemados más de 150 automóviles y estaciones de policía, escuelas, restaurantes y otros edificios públicos fueron seriamente dañados, dejando un saldo de más de 30 policías heridos y más de 40 personas detenidas, fuera de pérdidas materiales millonarias. Actualmente se trata de una ola de violencia menos concentrada en el tiempo pero sistemática. En una sola ciudad del sur de Suecia, Malmö, se han quemado decenas de autos desde el comienzo del verano sueco. Uno de los principales matutinos del país, Svenska Dagbladet, describía la situación de la siguiente manera este 9 de agosto:

“Durante el verano se ha disparado el número de incendios de autos en Malmö. Cuando la oscuridad cae hacia la tarde empiezan los autos a arder. Todos los días, habitualmente entre la una y las cinco de la madrugada. Entonces deben intervenir la policía y los bomberos. Entre el 1 de junio y el 9 de agosto de este año han ardido 64 autos en Malmö según la información que nos proporciona el Servicio de Emergencia del sur de Suecia”. Dos días más tarde, el 11 de agosto, se leía lo siguiente en el mismo diario: “La ola de incendios de autos continúa. Durante las últimas 24 horas han ardido 13 autos en distintos barrios de Malmö”.

No se trata de nada nuevo y la policía de la ciudad confía en que no se llegue a superar la cifra récord de 628 vehículos quemados alcanzada en 2009. Pero no es solo en Malmö que arden los autos y se vandalizan los locales públicos. En muchos otros lugares pasa lo mismo, si bien con menor intensidad. Al respecto hay que recordar que según un informe de 2014 de la policía sueca existen unos 55 barrios altamente segregados que de hecho están fuera de su control y donde cualquier intervención policial, pero también de bomberos o ambulancias, requiere de refuerzos policiales.

Todo esto puede resultar extraordinariamente sorprendente para quien no conozca el lado oscuro del paraíso sueco. Lo que vemos explotar bajo la forma iracunda del motín urbano e incendios de autos es el aspecto más destructivo del famoso Estado de Bienestar de ese país combinado con el proteccionismo laboral de sus poderosos sindicatos y asociaciones profesionales. Vamos por partes.

Desde los años 70 Suecia ha recibido importantes olas de inmigración de refugiados y sus familiares provenientes de países no europeos –en particular del Oriente Medio y el Cuerno de África–, pero también de la antigua Yugoslavia. Ello coincidió con el cierre hermético del país a la inmigración laboral, demandada por los sindicatos socialdemócratas a fin de eliminar toda competencia que pudiese debilitar su control sobre el mercado de trabajo.

Esta perspectiva sindical proteccionista y excluyente fue también lo que determinó la forma de acoger a los refugiados. Bajo la retórica de una “política salarial solidaria”, se imposibilitó al inmigrante competir en el mercado laboral de la única manera en que hubiese podido hacerlo, es decir, cobrando menos para poder lucir atractivo a pesar de las desventajas ligadas a las dificultades idiomáticas, la educación no homologable, la ausencia de contactos, el desconocimiento de las reglas culturales imperantes, una cierta discriminación, etc.

En una economía con muy baja creación de puestos de trabajo debido a los altos costos laborales derivados tanto de los altos impuestos como de las regulaciones salariales colectivas, esto se ha traducido en la marginación productiva de una parte muy significativa de los nuevos inmigrantes. Un informe sueco de 2013 mostraba claramente la dramática situación laboral de dos de los grupos más importantes de inmigrantes no europeos: el nivel de ocupación entre los inmigrantes provenientes de Irak en edad laboral no alcanzaba ni el 40%, mientras que entre los somalíes era de apenas un 25%, lo que debe ser comparado con una tasa entorno al 80% para la población nativa. El mismo informe mostraba que el desempleo entre las personas no nacidas en Suecia supera en un 150% al de los nacidos en Suecia, lo que debe compararse con mercados de trabajo menos regulados y proteccionistas como el de los Estados Unidos, donde simplemente no hay diferencias entre las tasas de paro de ambos grupos.

Más aun, según las cifras de un informe de 2015 de la OCDE (Indicators of Immigrant Integration 2015), en 2012-13 la tasa de ocupación de los inmigrantes (nacidos fuera del país) era mayor que la de los nativos en Estados Unidos, mientras que en Suecia era inferior en 13,6 puntos porcentuales. Y lo más sorprendente es que, de acuerdo a este informe, la desventaja del inmigrante en el mercado laboral sueco no varía con el nivel educativo de los mismos, cosa que acostumbra a ocurrir, y muy notoriamente, en otros mercados de trabajo. Es decir, debido a su estructura altamente regulada por sindicatos y corporaciones profesionales la exclusión golpea de manera pareja desde el inmigrante más calificado al menos calificado. Es, como se sabe, un país muy igualitario.

A este efecto excluyente de las regulaciones laborales proteccionistas hay que sumar los efectos destructivos del accionar del Estado de Bienestar. Su función ha sido crear una maraña de subsidios a fin de compensar la falta de trabajo. Así, a muchos inmigrantes se les ha ofrecido una forma de integración pasiva, donde se los convierte en eternos clientes de un aparato social que los mantiene en lo que de hecho es una exclusión subsidiada, que inexorablemente va destruyendo el potencial y la dignidad del individuo.

Bajo esas condiciones, y con esos padres degradados y reducidos a la indignidad, han nacido y crecido muchos de los jóvenes que hoy desencadenan la violencia en los suburbios segregados. No están incendiando el paraíso sueco, ya que nunca lo han vivido. Son las víctimas del egoísmo sindical-corporativo y de ese verdadero “opio de los pueblos” que es la política asistencialista de esos así llamados Estados de Bienestar que desde el punto de vista de sus víctimas más deberían llamarse “Estados de Malestar”. Han crecido en barrios donde prácticamente solo viven inmigrantes, que comparten la exclusión más profunda, y donde la falta de trabajo constituye la norma. Han crecido en la cultura de la exclusión y sus perspectivas de salir del gueto no son halagüeñas. Sobre estos “hijos no queridos de Suecia” escribí un libro hace ya más de veinte años, Sveriges oälskade barn, en el que decía que estábamos sembrando vientos de exclusión y que un día cosecharíamos tempestades de frustración. Y en eso está la Suecia de hoy. El paraíso habrá que buscarlo en otra parte.

 

Mauricio Rojas, Senior Fellow de la Fundación para el Progreso (FPP).