Desde hace algún tiempo han surgido grupos radicales diestros en el uso de las nuevas tecnologías de la información, los que capitalizando –y quizá promoviendo– la crisis que han experimentado algunas instituciones en nuestro país, procuran el poder político. Su consigna parece ser la de promover el cambio por el cambio, pues se desconocen sus propuestas.
Publicado el 25.03.2017
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Vivimos una época en la que percibimos un permanente cambio en nuestras vidas. Quizá compartirá Ud. conmigo la impresión de que, en muchos aspectos, el entorno que afecta nuestro diario vivir es hoy significativamente distinto de lo que era hace tan solo cinco años atrás. A su vez, si hace cinco años hubiésemos evaluado la percepción de cambio respecto de los cinco anteriores, su impacto probablemente nos parecería menor hoy. Es decir, estaríamos en presencia de una aceleración de la tasa de cambio.

Lo peculiar del cambio ciertamente no es su existencia, pues es una condición inherente a la naturaleza y a nuestras vidas; le debemos nuestra misma existencia como especie. Lo que inquieta es su aceleración, la mayor incertidumbre que conlleva y el proceso de adaptación al que obliga. A lo anterior cabría agregar el sentimiento  de muchos de que los conocimientos, experiencias y destrezas –especialmente las más específicas– experimentan también una acelerada depreciación.

Parte relevante de este fenómeno probablemente se explica por el explosivo desarrollo tecnológico del que hemos sido testigos. Hoy, y no desde hace mucho, estamos interconectados en tiempo real; podemos compartir y tener amplio acceso a conocimiento e información a través de internet como nunca antes lo habríamos soñado. La interconexión permite que capacidades antes aisladas –ahora conectadas– se potencien y crezcan exponencialmente. Nos hemos beneficiado y nos beneficiaremos con sorprendentes productos y servicios que la tecnología nos ha permitido y a los que nos permitirá acceder. Como contrapartida a esta reciente nueva realidad, es inevitable la ocurrencia de cambios económicos y sociales cuya profundidad y alcances son aún  difíciles de prever. Desde luego, muchos productos, servicios y actividades se tornarán obsoletos y desaparecerán. Aparecerán nuevos, los que presumiblemente requerirán nuevas destrezas. La interconexión entre los habitantes del planeta y la caída brutal en los costos de transacción vinculados a las transacciones económicas probablemente intensificará severa y globalmente la competencia. Asimismo, se crearán nuevos códigos de operación en los mercados políticos, así como en las más diversas instituciones. En suma, se esperaría que en un futuro relativamente cercano la fisonomía del mundo que hoy conocemos cambie de forma material. En tal contexto, las empresas e instituciones que no se adapten debidamente tarde o temprano desaparecerán o terminarán inertes como fósiles.

Dicho todo lo anterior, ¿qué aproximación a esta nueva realidad deben tener las políticas públicas? ¿Que hemos hecho al respecto?

Convengamos que ante un escenario caracterizado por una mayor tasa de cambio, un principio clave a considerar es que más flexibilidad es preferida a menos, por la evidente razón que tal condición permite más y mejores opciones de adaptación. ¿Ha intentado Ud. nadar con las manos atadas? En el ámbito de las políticas públicas, lo anterior también es válido. Más  espacios de libertad y flexibilidad son deseables. Por lo mismo –y como uno de sus principios rectores–, nuestra institucionalidad debiese exigir en el diseño de las políticas públicas establecer un peso de la prueba significativamente más severo que el actual (respecto del intervencionismo burocrático y la coerción), lo que iría en beneficio de la libertad individual.

En línea y de forma complementaria con lo anterior, el ya abultado aparato estatal también debiera ser objeto de una saludable dieta y poda de funciones que ejecuta hoy, pero que le son impropias. El estado de obesidad que hoy exhibe lo torna torpe, ineficaz y  peligroso. Por otra parte, tal condición alienta a su colonización por parte de parásitos.

¿Hemos actuado de forma coherente con estos requerimientos?

Basta solo hacer referencia a las improvisadas y desprolijas “reformas” implementadas en el ámbito  tributario, en el de la educación y en la legislación laboral para concluir que el camino recorrido es exactamente opuesto al requerido. Ciertamente, más Estado, regulación y burocracia en los ámbitos señalados no conversan con los requerimientos de flexibilidad que demanda la economía y sociedad del futuro.

Lamentablemente, el relato tiene aún capítulos pendientes. La reforma constitucional y la reforma previsional están en los titulares de la cartelera. Si extrapolamos la experiencia reciente, nada bueno sería esperable de ello; ni en la forma, ni menos en el fondo.

Parece claro que a nuestros actuales autoridades no solo parece no inquietarles el cómo enfrentaremos los desafíos ya señalados, sino que incluso actúan de forma opuesta a la requerida. Y cuando sintamos los efectos adversos por no haber hecho debida y oportunamente la tarea, no nos sorprendamos que algunos, con su acostumbrada lozanía, digan que el problema se origina en las condiciones externas desfavorables.

Ud. quizá pensará que los plazos se acortan y que pronto todo eso será historia. Pregúntese: ¿Qué nos depara entonces el futuro? ¿Qué oportunidad tendremos de enmendar? ¿Podría haber algo similar o más adverso incubándose? Si así fuese, ¿cómo se enfrenta tal escenario?

Efectivamente, hay riesgos –latentes y relevantes– que pueden ser de suma materialidad en un mediano plazo. Desde hace algún tiempo han surgido grupos radicales diestros en el uso de las nuevas tecnologías de la información, los que capitalizando –y quizá promoviendo– la crisis que han experimentado algunas instituciones en nuestro país, procuran el poder político. Su consigna parece ser la de promover el cambio por el cambio, pues se desconocen sus propuestas. Aunque con algunas ideas afines a las de la coalición hoy en el poder –especialmente las más extremas–,  explicablemente se han distanciado de ella, presumiblemente para no correr el riesgo de ser contaminados con una imagen de incompetencia. Son muy  activos y crecientemente influyentes en algunos sectores, especialmente en los jóvenes; hacen un eficiente uso de la las nuevas tecnologías, utilizando la interconectividad y las redes sociales para la consecución de sus fines políticos y electorales; se apalancan en el idealismo y la ingenuidad de jóvenes; se declaran disconformes con casi todo; y su consigna consiste en que hay que refundar las bases de la sociedad para hacerla, según la visión que conciben, más justa. Pero como ya se señaló, no ofrecen ninguna alternativa concreta, salvo el salto al vacío. En suma –y en ausencia de más explicaciones–, podríamos resumir su credo en: “¡Viva el cambio! Y después. . . ¡na’, poh!

Tales grupos han logrado una representatividad política que aún podría juzgarse como limitada, pero su proyección resulta preocupante de mantenerse las tendencias actuales. Y, no nos equivoquemos, los líderes de estos grupos tienen plena conciencia del nuevo contexto que se avecina; lo que pretenden es capitalizarlo en su favor utilizando las herramientas que la tecnología ofrece. Huelga extenderse aquí sobre las consecuencias que la eventual conquista del poder por parte de estos grupos tendría en el desarrollo futuro del país y el ejercicio de la libertad por sus habitantes.

Los tiempos que se avecinan se anuncian difíciles. Como ya hemos sugerido, el contexto mundial se torna crecientemente desafiante y exigente. Por otra parte, el punto de partida interno es objetivamente adverso. Hemos retrocedido peligrosamente estos últimos años. En el futuro acecha el riesgo que representan los grupos radicales con aspiraciones refundacionales. Pareciera que estuvieran todos los ingredientes de una tormenta perfecta.

Con motivo de las próximas elecciones surge una oportunidad que urge capitalizar apropiadamente. Lejos de una simple administración, se requiere enmendar errores de fondo; se requiere fortalecer con convicción nuestra institucionalidad sobre la base de los principios que se funda una sociedad libre. Una visión cuyo acento se limite principalmente a la administración eficiente de lo existente quizá permita un veranito de San Juan. La sola expectativa de que una nueva administración minimice errores quizá lo permita. Pero sería efímero, y no se haría cargo de los verdaderos y formidables desafíos que enfrenta nuestro país. Lo que es más preocupante aún, podría ayudar a pavimentarle el camino a los radicales y a los acólitos de aquel cambio entrópico  que nada constructivo ofrece.