Lo que viene no es una Constitución en el sentido ya dicho de una limitación del poder, sino una gran carta-poder que amplía el poder intrusivo de la oligarquía político-burocrática en la vida de las personas.
Publicado el 21.01.2015
Comparte:

Vengo repitiendo hace tiempo que la Constitución liberal necesita apenas de un artículo. ¿Qué diría ese artículo único? Pues una fórmula muy breve: “Toda persona es libre de perseguir sus propios fines con sus propios medios. No se le impondrá fines, ni le serán confiscados sus medios”. Dicho lo cual debería rematar aquí esta columna e invitarlo amablemente a seguir leyendo las demás.

Pero me temo que si así hiciera, usted se sentiría, primero, algo desconcertado y, luego, también decepcionado de tan lacónica comunicación. De modo que diré algunas pocas cosas más. Insistiendo, sí, en que ha quedado dicho, desde el principio, lo esencial.

He titulado este ensayo “una constitución liberal”, lo que me causa cierta incomodidad puesto que es un evidente pleonasmo, una redundancia imperdonable puesto que la Constitución o es liberal o no es Constitución. Dicho lo mismo de otra forma: la Constitución o limita el poder o no es Constitución.

El liberalismo nace y existe para limitar el poder. En tal sentido el liberalismo puede ser llamado también constitucionalismo. El liberalismo nace, no para limitar todo tipo de poder, sino el poder político. El poder del o los gobernantes de la Polis. Poder es la facultad de mandar sobre la voluntad de los ciudadanos y de amenazar (con) y ejercer (la) violencia para reforzar esos mandatos. La única diferencia con el asaltante de caminos que agita amenazante su maza en el aire y nos manda entregar la bolsa son simplemente los límites, las reglas para la dictación de los mandatos y para el ejercicio de la violencia. De eso se ocupa la Constitución.

Si el liberalismo busca limitar el poder es que acepta el poder como un dato. Creamos un poder público para morigerar la violencia privada. Y aquí buscamos un equilibrio. No conviene de ningún modo a nuestras libertades que la violencia institucionalizada anule por completo la violencia privada, ni viceversa. Por eso no soy ni anarquista ni totalitario.

No conviene de ningún modo a nuestras libertades que la violencia institucionalizada anule la violencia privada porque el último reducto de la libertad es el individuo y su capacidad de autotutela. Si se piensa bien, toda la legitimidad del orden político social reposa en última instancia de la capacidad del individuo de aguantar la violencia estatal sin rebelarse. Es, podría decirse, un asunto de paciencia. La autotutela es anterior a cualquier legitimación. Deriva del sentimiento de apego a lo que el individuo considera suyo e inviolable. La autotutela no necesita pedir permiso ni reconocerse en una regla de legitimidad para actuar. Aparece lisa y llanamente cuando al individuo se le agota la paciencia. Igual que el animal acorralado no pide permiso a su agresor para repelerlo. El hombre puede volver a ser lobo. De lo que se sigue que el contrato social reposa en la paciencia de los individuos. Sí, el contrato social, que tantos miopes no consiguen ver. El contrato social lo firmamos todos los días. Aceptamos a diario el contrato social al abstenernos de decapitar al rey. Pero resulta muy útil para limitar el poder que los políticos sepan que, llegado el caso, podemos decapitar al rey.

Por eso, lo repito por tercera vez: no conviene de ningún modo a nuestras libertades que la violencia institucionalizada, que la violencia pública anule por completo a la violencia privada, ni viceversa. El viceversa es el estado de naturaleza hobbesiano.

Contrariamente a lo que se dice solo hay dos formas o tipos de gobierno, el de uno y el de pocos. No hay modo de que todos gobiernen a todos, ni siquiera de que la mayoría gobierne a todos. Gobierne en el sentido de ejercer directamente el poder sobre todos. O nos gobierna uno, o nos gobiernan unos pocos magistrados. La democracia no es una forma de gobierno, la democracia no es más que el juego de la silla musical de las oligarquías. Un modo en que las oligarquías se alternan en el poder sin derramar sangre. Recuerdo esto porque hoy la democracia aparece hipertrofiada como última fuente de legitimidad para todo. El último tribunal de apelación para resolver cualquier disputa sobre cómo se debe ejercer el poder sobre los ciudadanos. Y sobre todo porque la democracia aparece rodeada por un halo de bondad, como si nada debiéramos temer de un gobierno democrático. Pero un gobierno democrático es una oligarquía que simplemente fue elegida de un modo determinado. Su título, su carta de triunfo, es “miren, obtuve más votos”, “gané la elección”. La democracia, cuando funciona bien, nos protege de la perpetuación de las oligarquías en el poder. Nos evita la desagradable tarea de guillotinarlos como hicieron los viejos liberales franceses con sus reyes y aristócratas.

La Constitución debe protegernos también de la oligarquía democrática ¿Cómo? Petrificando un determinado orden de cosas que se considera bueno, sustrayéndolo incluso de las decisiones mayoritarias. Si no ¿para qué Constitución? Mejor las leyes. Si queremos un orden configurado por simples mayorías, no necesitamos Constitución. Bastan las leyes.

Ahora, para que la Constitución tenga eficacia debe reflejar los consensos fundamentales de la sociedad. No lo que piensa, cree o desea como bueno la mayoría, sino lo que piensa, creen o desean como bueno todos los ciudadanos. Y, obviamente, ese consenso es sobre muy poco, sobre un mínimo. La Constitución debe establecer un mínimo irreductible. Y los liberales pensamos que ese mínimo irreductible es el individuo humano como núcleo de autodeterminación. La Constitución debe hacerse cargo de que no es solo un individuo aislado, un cíclope en su caverna, sino muchos individuos habitantes de la Polis y que entonces debe haber unas reglas básicas de convivencia que limiten la libertad con el único fin de que la libertad de uno no anule la libertad de los demás y viceversa. Respeto a la vida, respeto a la propiedad, libre circulación de bienes y personas, respeto de la palabra empeñada y poco más. O nada más que eso.

Lo problemático del tiempo presente es que ese consenso se está desplazando rápidamente hacia el colectivismo. Y hacia su representación simbólica que es el Estado. Más poder para el Estado que en definitiva es más poder para una oligarquía que cada vez va siendo más una oligarquía de burócratas. El político no es ya más un abogado acomodado que deja su oficina temporalmente para destinar unos años sabáticos a la cosa pública. No. Ahora la política es un oficio. Se está formando una casta de sujetos que entraron a la política apenas se emanciparon de sus padres y que muy probablemente se jubilarán de políticos. A esos no les interesan ciudadanos autónomos, sino ciudadano interdictos de administrar su vida y, sobre todo, de administrar su hacienda. En esa dirección se está desplazando el consenso. Hay un consenso liberticida. Lo que viene no es una Constitución en el sentido ya dicho de una limitación del poder, sino una gran carta-poder que no quita poder sino que amplía el poder, el poder intrusivo de la oligarquía político-burocrática en la vida de las personas. Esto debiera alarmar a un liberal.

Y cuando varía el consenso es poco lo que se puede hacer desde la política entendido como el juego político normal, desde las reglas del juego en uso. Los liberales que creen tal cosa posible se suman al consenso, comienzan a defender cosas a las que se supone deberían oponerse y oponerse a cosas que supuestamente deberían defender. Y de ese modo no hacen más que fortalecer el discurso hegemónico liberticida. Ni siquiera la excusa de una impostación cínica, la explicación de que “es por mientras”, de que es una estrategia para alcanzar el poder y luego allí retornar a las ideas liberales conjura la contribución que hacen a la causa liberticida.

Es cierto, como dice mi amigo Héctor Ñaupari, que los liberales debemos dejar de ser ideólogos sin partido. Debemos ser liberales con voluntad política. Pero, como él mismo advierte agudamente, para ello debemos librarnos de nuestros complejos y no disimular nuestra verdadera identidad y nuestro discurso. Liberales sin complejos, liberales de verdad.

 

Claudio Palavecino, abogado y profesor de la Universidad de Chile.

 

FOTO:MARIO DAVILA/AGENCIAUNO