Los partidos y grupos de interés de la izquierda en general han sido y continúan siendo expertos en hacer detonar en nuestra naturaleza aquellas bases morales que respaldan las reglas políticas que les convienen.
Publicado el 13.04.2015
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Uno de los famosos mitos que relata Homero en el canto XII de la Odisea es el de Ulises y las sirenas. Advertido por la diosa Circe de lo peligroso que era el canto de las sirenas de la isla de Artemisa que iba a atravesar en su viaje de regreso a Ítaca, ordenó que sus hombres se taparan los oídos con cera, y él, que no podía con la curiosidad de escucharlas, se hizo amarrar al mástil con orden de que si por el hechizo musical pedía que lo liberasen, debían apretar aún más fuerte sus ataduras.

Este mito se ha utilizado en la arena política para ejemplificar el rol de los límites constitucionales al poder de los gobernantes. Si hay que tener un gobierno ¿existe alguna manera de mantenerlo limitado de modo que no invada los derechos de cada persona o tenemos que reconciliarnos con la idea de un Leviathan sin controles?

En el universo de la elección colectiva, más allá de la unanimidad, está siempre presente la posibilidad de que unas personas se aprovechen de otras por medio de la política y la legislación. Se supone que los derechos y garantías pondrán coto a tales usurpaciones, pero es extraño que haya tan poca percepción sobre la incompatibilidad de incentivos que enfrentan quienes nos gobiernan a la hora de ejercer una restricción que sea real y no ilusoria. El interés de los funcionarios va directamente en contra de los límites constitucionales. La dialéctica política propone encantadores contratos sociales conforme a los cuales entregamos a nuestros gobernantes la capacidad de quebrantar nuestra libertad, nuestra propiedad y nuestros derechos, y confiamos en que no se convertirá en un abuso. Es decir, vemos a nuestros gobernantes como a Ulises, que pidió ser atado al mástil de su embarcación para atravesar sano y salvo la azarosa circunstancia de tener simultáneamente los incentivos pero no ceder ante ellos. Pero la comparación no es válida porque Ulises, el capitán, no se ató a sí mismo: de haberlo hecho se habría desatado a toda prisa para ir tras las sirenas, que eran aladas y sensuales. No. Ulises no se ató por él mismo sino que fue atado por sus marineros.

Ésta es la clave liberal: algo que contenga a los funcionarios del estado desde fuera de sí mismo, para que no pueda caer en la tentación de usar su poder contra sus súbditos. La pregunta es: en nuestro mundo, con nuestros Estados, ¿quién cumple ese papel fundamental? El tema ha sido abordado en particular por el húngaro Anthony de Jasay para quien la respuesta es nadie. Según este autor los deseos liberales, por tanto, debieran orientarse hacia un conjunto de convenciones de respeto a la vida, la propiedad y los contratos voluntarios, unas reglas que no son ni impuestas, ni patrocinadas por la autoridad y que darían lugar a una “anarquía ordenada” como la que intuyó David Hume. Si no logramos concretar esos buenos deseos, tendremos el mundo que tenemos, en el que la elección colectiva, representada en los gobernantes, puede prevalecer sobre las elecciones individuales y anularlas, pero nunca al revés porque las personas no tenemos el poder de invadir la zona colectiva y recortarla.

Pero, ¿estamos sólo frente a la presencia de intereses de parte de individuos y gobernantes como indica de Jasay o existirían restricciones a la acción política que apuntarían a la razón por la que el estado democrático no tiene límites o éstos son muy débiles en el sentido clásico liberal?

Quienes responden esta pregunta indican que la conocida dicotomía entre reglas convencionales –aquellas que son la base fundante de un país- y reglas políticas –las que surgen en el devenir cotidiano de los poderes de gobierno- pareciera desconocer la importancia de un tercer grupo, las reglas morales. Existe abundante evidencia respecto que el cerebro distingue entre reglas convencionales relativas al tiempo y espacio -que pueden ser dejadas de lado en ciertas circunstancias– y reglas morales que se consideran categóricas y por ello no están sujetas a ser ignoradas por la autoridad. La evidencia que la naturaleza humana parece brindarnos apunta a que la “anarquía ordenada” está estructurada no sólo por reglas convencionales que prohíben los agravios contra la vida y la propiedad, molestias y otras incivilidades, sino también por normas morales. Ciertamente éstas incluyen varias prohibiciones sobre dañar a otros y algunos tipos de engaños. Y aunque hay disputa al respecto, también incluirían algunos estándares de distribución equitativa y proporcional.

Si esto es así, los sujetos a la autoridad podrían aceptar la legitimidad de reglas políticas que contravengan las reglas convencionales pero resistirían que se ignoren las normas morales. Por ello, si las reglas que son fundamentales de acuerdo a los liberales son meramente convencionales entonces los ciudadanos las considerarán revisables por la autoridad. No es que no puedan constreñirse los intereses de las personas que están en el gobierno: es la debilidad de las reglas convencionales la verdadera responsable. Por supuesto si los compromisos normativos de los liberales clásicos fueran ampliamente concebidos como reglas morales, entonces habría mucha mayor resistencia a reglas de gobierno que los ignoraran. El problema es que lo opuesto parece estar más cerca de la verdad: para muchos ciudadanos su entendimiento de las normas morales relacionadas con la justicia avalan reglas políticas que ignoran las convencionales sobre la propiedad.

En otras palabras, el estado de bienestar reina imbatible no porque el gobierno y sus aliados han engañado al resto de la sociedad sino porque a los ojos de muchos individuos se adecúa a las normas de justicia distributiva -aunque no conmutativa- que evolucionaron originalmente con los grupos humanos pequeños. No se trata tanto de que el gobierno pueda hacer lo que quiera sino que los puntos de vista morales de la mayoría apoyan su expansión de maneras que los liberales clásicos piensan que es equivocado y peligroso.

De lo anterior no debemos concluir –aunque a algunos les encantaría- que los estatistas y sus seguidores están del lado moral mientras que los liberales clásicos contra ella. El quid del problema es cómo invocar y aplicar normas morales inherentes a la naturaleza humana a un ambiente complejo, a los órdenes sociales y económicos impersonales extendidos que han aparecido a la par del estado moderno. Esto nos conduce una vez más a Hayek, quien recalcara a menudo que los liberales clásicos tienen la difícil tarea de tratar de mostrar cómo las condiciones de la Gran Sociedad cambian el paisaje moral. Los principios morales que conforman nuestra naturaleza humana son intuitivos e innatos en grupos chicos en los que es fácil, o relativamente fácil, detectar a quien engaña o se abusa, o conocer las habilidades de cada quien. Pero cuando las sociedades dejan de ser pequeñas, aparece el desafío de que estos principios morales se traspasen a los grupos más grandes en los que no se puede detectar a quien engaña fácilmente. Es mucho más difícil detectar si el diputado número nueve en una lista plurinominal tiene las habilidades que se requieren para representar a mi distrito o si sólo se trata de la recompensa a un buen recaudador de campaña. Por ello mejor basarse en un sistema uninominal si se pretende evitar ser engañado.

Las bases morales de la política

La obra del escocés David Hume sobre moralidad fue la quintaescencia de la Ilustración escocesa: la exploración del área moral, previamente dominada por la religión, utilizando métodos y actitudes de las nuevas ciencias naturales; el conocimiento que deriva, en última instancia, de la experiencia sensible. Su primera gran obra, “Tratado sobre la Naturaleza Humana” tenía el siguiente subtítulo: Un Intento de Introducir el Método de Razonamiento Experimental en las Cuestiones Morales. Hume creía que la “ciencia moral” debía comenzar inquiriendo cuidadosamente sobre cómo somos los humanos en realidad. Al examinar la naturaleza humana –en la historia, en los asuntos políticos y con sus colegas filósofos– observó que los sentimientos (intuición) son la fuerza que conduce nuestras vidas morales, mientras que el razonamiento es sesgado e impotente, que encaja como siervo de nuestras pasiones. También observó una variedad de virtudes y rechazó los intentos de algunos de sus contemporáneos de reducir toda la moral a una sola virtud como la bondad.

Hume estaba en lo cierto. Cuando murió en 1776 él y otros sentimentalistas habían establecido sólidos cimientos para la ciencia moral. Lo que pasó después es historia conocida. A medida que las sociedades occidentales se volvieron más educadas, industrializadas, ricas y democráticas, la mente de los intelectuales cambió. Se volvieron más analíticos. El utilitarismo y la deontología resultaron mucho más atractivos que el enfoque sentimentalista de Hume y su naturaleza humana. Sin embargo, la historia de la ciencia le ha dado la razón a Hume –así como han demostrado la equivocación de la teoría racionalista de la moralidad que pretendía considerar la mente de los niños como tabula rasa– y hoy sabemos que hay más que el daño y la justicia en el campo de la ética.

En la actualidad la Teoría de las Bases Morales -propuesta por los psicólogos Jonathan Haidt y Joseph Craig, construyendo sobre el trabajo del antropólogo Richard Shweder, y popularizada en el libro The Righteous Mind– es la que está siendo aplicada en el campo político para explicar los valores morales que se encuentran en la mayoría de las sociedades y que prosperaron como una respuesta a desafíos adaptativos que nuestros antepasados debieron enfrentar. Según esta teoría seis de estos desafíos se distinguen en la mayoría de las culturas: el cuidado de los niños vulnerables, la formación de alianzas con no parientes para cosechar los beneficios de la reciprocidad, la libertad para obtener los beneficios de la especialidad, la formación de coaliciones para competir con otras coaliciones, la negociación de jerarquías de estatus y la mantención propia y de los parientes libres de parásitos y patógenos que se dispersan rápidamente cuando las personas viven en cerca proximidad. Si nuestros ancestros enfrentaron estos desafíos por cientos de miles de años, entonces la selección natural debería favorecer aquellos cuyas respuestas disparadas ante el evento los ayudaban a mantener las cosas en orden, rápida e intuitivamente. En consecuencia, pareciera que la mayoría de las culturas se han desarrollado privilegiando seis virtudes morales y castigando sus opuestos: cuidado y daño (valorar y proteger a otros); justicia y engaño (dar a cada uno proporcionalmente lo suyo de acuerdo a reglas compartidas); libertad y opresión (desarrollo de las propias habilidades y aborrecimiento de la tiranía); lealtad y traición (defender al grupo, familia, nación); autoridad y subversión (obedecer la tradición y legitimar la autoridad); santidad y degradación (aversión por cosas, comidas o acciones repugnantes).

Aunque el desarrollo inicial de la Teoría de las Bases Morales se focalizó en las diferencias culturales, el trabajo posterior se ha centrado principalmente en la ideología política y por ello es pertinente traerla a colación. Los partidos políticos y los grupos de interés luchan para hacer que sus intereses sean disparadores actuales de nuestros módulos morales y para obtener nuestro voto, dinero o tiempo, deben activar al menos una de nuestras bases morales.

Las seis bases morales en los discursos de la derecha y de la izquierda.

  1. El cuidado y el daño. Nos hace sensibles a los signos de sufrimiento y necesidad; nos hace rechazar la crueldad y cuidar de los que sufren. La matriz moral de los partidos de izquierda suele apoyarse principalmente sobre la virtud del cuidado, aun cuando se trate de apelar al imaginario con víctimas inocentes sin relación con uno. De ahí que tiendan a aludir al cuidado de los animales en el Ártico, de los pobres de África, etc. Sin embargo es un error creer que los partidos más conservadores o liberales no puedan apelar a la misma virtud sólo que deben hacerlo con un contenido diferente: no debe apuntar a animales o personas en otros países sino a aquellos que se han sacrificado por el grupo; el discurso en este caso no es universal, es más local y va unido a la lealtad.

 

  1. La Justicia y el Engaño. Nos hace sensible a los signos de que otra persona probablemente sea un buen (o mal) socio para la colaboración y el altruismo recíproco. Implica también el castigo a los embaucadores. En la actualidad la izquierda apela a nuestro sentido de la justicia mediante la evocación a la igualdad: los grupos ricos y poderosos son acusados de ganar mediante la explotación de los más pobres porque no pagan su cuota justa de la carga impositiva. Desde la derecha se ve a los activistas del estado de bienestar robando el dinero de los grupos más trabajadores y dándosela a los más vagos (en el caso de subsidios) o a los inmigrantes ilegales (en el caso de la salud y educación universal gratuita). Vale decir, el sentido de justicia para la izquierda es distributiva y para la derecha, conmutativa.

 

  1. La libertad y la Opresión. Hace que las personas noten y rechacen cualquier signo de dominación. Dispara una urgencia de unirse para derrocar a matones y tiranos. Esta base apoya el igualitarismo y antiautoritarismo de la izquierda tanto como el reclamo antigubernamental por mayor libertad individual de la derecha y los libertarios.

 

  1. La Lealtad y la Traición. Nos hace sensibles a signos que otra persona es o no un jugador de equipo. Nos hace confiar y premiar a dichas personas y desear dañar, enviar al ostracismo o aún matar a quien traiciona al grupo o a nosotros. En el caso de la izquierda el discurso apunta hacia el universalismo y lejos del nacionalismo, y por ello rescatan temas transnacionales, incluyendo el apoyo a los innumerables organismos internacionales. En la derecha el discurso apunta al nacionalismo y los símbolos que lo representan. Es más fácil para la derecha apelar a esta virtud porque va unida al sentimiento del grupo más chico.

 

  1. La Autoridad y la Subversión. Nos hace sensibles a signos de rango o estatus, y a si otras personas se están comportando o no correctamente, dada su posición. No se trata sólo de poder apoyado en la fuerza. Se trata de tener la responsabilidad de mantener el orden y la justicia. Existió un rol importantísimo de la autoridad en el éxito de la expansión de nuestra especie por el planeta. Al igual que en el caso anterior, es más fácil para la derecha política que para la izquierda apelar esta virtud sobre el discurso de contravenir tradiciones, mantener respeto y castigar conductas irrespetuosas hacia la autoridad y actuar con obediencia hacia ciertas jerarquías.

 

  1. La santidad y la degradación. Hace posible investir a objetos (banderas, cruces), lugares (la Meca, el campo de una batalla), personas (santos y héroes) y principios (libertad, igualdad, fraternidad) con valores extremos e irracionales –tanto positiva como negativamente– que resultan importantes para mantener al grupo junto y sano.

Los dos extremos del espectro político descansan en cada base moral de manera diferente, o en diferentes grados. Pareciera que la izquierda descansaría primariamente en las bases de Cuidado y Justicia mientras que la derecha podría utilizar las seis.

Los partidos y grupos de interés de la izquierda en general han sido y continúan siendo expertos en hacer detonar en nuestra naturaleza aquellas bases morales que respaldan las reglas políticas que les convienen. Apelan a nuestros sentimientos de cuidado del otro y de justicia distributiva y, apoyados en un experto uso del lenguaje emotivo, vienen avanzando en la construcción de instituciones poderosas que arrasan con los derechos más básicos del hombre en pos de la consecución de sus propios intereses y sin que la mayoría de las personas siquiera tomen conciencia de ello. Aun cuando en distintos tópicos la evidencia resulta abrumadora en su contra son miles de millones de dólares y vidas que se pierden de la productividad mundial tanto porque se encarecen los costos de la producción de insumos básicos como porque se financian multitudes de opinólogos en organismos internacionales de siglas interminables que dedican su tiempo a ver cómo construir una base de poder transnacional que permita abatir las fronteras de defensa de los hombres.

Si los liberales verdaderamente quieren atar a Ulises para impedir que se deje seducir por el canto de las sirenas, debieran quizás considerar estas bases morales de cada ser humano y apelar a ellas en sus discursos gatillando el disparador correcto, la emoción que avala las instituciones convencionales y políticas que impidan que el capitán se desate. Los límites al poder de los gobernantes pueden ser erigidos invocando los sustentos morales que todos tenemos, porque finalmente nada es más inmanente al ser humano que la defensa de su libertad, de su vida y de su propiedad. El objetivo último es tener un gobierno que permita los márgenes de libertad necesaria para alcanzar el verdadero progreso y con ello la dignidad humana. Quienes lo han logrado son los que han dado los grandes saltos de progreso en los últimos 300 años de la humanidad.