El futuro de los Estados Unidos no se ve nada halagüeño, pero tampoco lo hace el nuestro. Una vuelta de esa gran potencia a su vieja política de autoaislamiento y proteccionismo sería una tragedia para todos.
Publicado el 22.04.2016
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La política estadounidense está cambiando profunda e inquietantemente. Nunca un candidato abiertamente socialdemócrata había logrado éxitos comparables a los de Bernie Sanders. Tampoco alguien con una retórica tan brutalmente populista como la de Donald Trump había desafiado con éxito las estructuras políticas establecidas ni tenido una opción real de ser presidente de Estados Unidos. Su aplastante victoria en las primarias de Nueva York confirma el empuje arrollador de su campaña y la eficacia de sus métodos. Ello indica la existencia de un amplio descontento en la sociedad estadounidense que se está canalizando a través de lideratos, opciones y métodos políticos que hasta hace poco eran marginales.

El efecto más grave de este movimiento de protesta de los enragés o indignados estadounidenses es un resquebrajamiento de aquella cultura cívica que es la base misma del sistema democrático. Este fenómeno es claramente visible en la campaña de Trump, tal como lo analiza Nathan Pippenger en un artículo reciente de la revista Democracy (11.4.2016) titulado Trump y la fragilidad de la cultura democrática. Más importantes que las reglas explícitas de la constitución y las leyes son las reglas implícitas de carácter cultural que condicionan y ponen límites al uso de la legalidad formal y de lo que es permitido en política. En este sentido, ninguna constitución puede resistir la brutalización de la convivencia cívica y la pérdida de la cultura de respeto mutuo que la sostiene.

Lo más preocupante en este sentido es que el deterioro de la cultura cívica e incluso del respeto a la legalidad es un fenómeno que se extiende mucho más allá de las filas de los adherentes a Trump. Dos encuestas recientes, la primera realizada por la Quinnipiac University y la segunda por el Public Religion Research Institut en colaboración con la revista The Atlantic, muestran un inquietante panorama al respecto. Entre las preguntas formuladas hay varias que tratan de la necesidad de un líder fuerte que no busque consensos y que esté dispuesto a “quebrar las reglas” y hacer “cualquier cosa” para solucionar los problemas estadounidenses (“to do anything to solve America’s problems”).

Las respuestas obtenidas son inquietantes. Casi la mitad de los encuestados estuvo de acuerdo con la necesidad de un líder dispuesto a transgredir las reglas y entre los que apoyan a Trump se llega a casi dos terceras partes. Además, la mayoría opinó que se necesitaba un líder dispuesto a hacer cualquier cosa para enfrentar los problemas de Estados Unidos. Entre los republicanos dos tercios estuvieron de acuerdo y entre los partidarios de Trump lo hizo el 83 por ciento. La mayoría opinó también que se requería un líder que no busque consensos y al que “no le importe lo que otros dicen”. Por último, una mayoría de los encuestados de todas las preferencias, a excepción de los de Hillary Clinton, declararon que el país necesitaba “un cambio radical”. En fin, se trata de los ingredientes clásicos para el surgimiento de un caudillismo que puede usar los mecanismos democráticos contra la libertad y la legalidad.

Ahora bien, lo más significativo de todo esto es que los éxitos de Sanders y Trump no son hechos fortuitos ni pasajeros, sino que reflejan grandes transformaciones que han minado los fundamentos tradicionales de la sociedad norteamericana y de su gran idea-fuerza: la de una sociedad abierta de oportunidades, donde el éxito o fracaso individual dependen, en lo esencial, del esfuerzo y mérito de cada uno.

Dos obras de dos reputados cientistas sociales norteamericanos nos ayudan a comprender mejor este cambio decisivo: Coming Apart (“Separándonos”) de Charles Murray (2012) y Our Kids (“Nuestros hijos”) de Robert Putnam (2015). Los subtítulos de ambos libros nos indican con claridad cuál es el eje de la transformación que hoy remece la política estadounidense: The State of White America (“La situación de la América blanca”) y The American Dream in Crisis (“El sueño americano en crisis”).

Los autores sostienen posiciones altamente divergentes en lo ideológico, así como en cuanto al análisis de las causas de lo acontecido y las formas de remediarlo. Sin embargo, sus descripciones son, en lo fundamental, coincidentes. Para ambos se trata de una nación que se divide de forma cada vez más profunda, pero no siguiendo las separaciones tradicionales relacionadas con la etnicidad, la “raza” o el género, que de hecho están disminuyendo, sino diferencias socioeconómicas o “de clase”. Como dice Murray, estaríamos presenciando “el surgimiento de clases diferentes a todo lo que el país había conocido antes, tanto en cuanto a su tipo como al grado de separación entre las mismas”.

Este fenómeno, que se da dentro de todos los grupos étnico-raciales, adquiere una intensidad particular en la población blanca tradicional (es decir, excluyendo a los “latinos”), afectando especialmente a su amplia clase media compuesta en gran medida de trabajadores industriales bien remunerados. Lo que estaríamos presenciando sería, según Putnam, “el colapso de la clase trabajadora” y, simultáneamente, “el nacimiento de una nueva clase alta”.

Esto es para Putnam la causa de una creciente “brecha de oportunidades”, que transforma el sueño americano en un frustrante espejismo para muchos. Con ello, entra en crisis la tradicional aceptación o incluso enaltecimiento de las diferencias de ingreso y riqueza. Mientras predominó la percepción de que Estados Unidos era una sociedad que brindaba a todos una igualdad básica de oportunidades para triunfar, esas diferencias fueron vistas no sólo como legítimas sino incluso saludables.

Eso ya no es mayoritariamente así, si bien la gran mayoría de los estadounidenses querría que así fuese. Putnam muestra con abundantes estadísticas que el sueño americano sigue siendo fuerte como un deseo, pero ya no es reconocido como un componente real de la sociedad norteamericana. Por ello es que surge con fuerza la denuncia de los “superricos” y también las demandas redistributivas de corte socialdemócrata, es decir, que tienden a igualar más los resultados que el punto de partida.

Los datos disponibles sobre la distribución del ingreso le dan un amplio respaldo a esta nueva percepción de la sociedad norteamericana. Después de un largo período de notables aumentos simultáneos del bienestar general de la población y la igualdad en la distribución de los frutos del progreso, la tendencia se invierte a partir de la década de 1970. Primero de manera menos evidente pero luego aceleradamente, para concluir con un espectacular aumento de las fortunas de la élite de la élite económica: el famoso 1% más rico o, más aún, el 0,1% que desde los años 70 ha triplicado su porción del ingreso nacional.

Lo que hace este hecho escandaloso para muchos norteamericanos es que coincide con salarios estancados o incluso decrecientes para muchos. Esto es evidente desde finales de los años 90, pero se intensifica a partir de la crisis de 2007-2008.

Esta es la realidad que le da fuerza al ataque de Sanders contra los “superricos” y a la agitación de Trump contra el “establishment” y la supuesta alianza de “Washington” (la élite política) con “Wall Street” (la élite económica). Tanto Trump como Sanders denuncian así la “traición de las élites”, que le ha abierto el país a lo que describen como una dañina competencia de los productos importados y también, en el caso de Trump, a una inmigración ilegal masiva. Esta traición de las élites sería la responsable del empobrecimiento relativo del trabajador medio y, en especial, de los trabajadores industriales desplazados hacia ocupaciones inseguras y de menor rentabilidad.

De esa clase trabajadora predominantemente blanca, desplazada y amenazada, proviene el votante medio de Trump. Se trata, por lo general, de hombres blancos de edad media, con niveles relativamente bajos de educación y una rabia difícilmente contenible. En el caso de Sanders, su público típico se compone de gente relativamente joven de ese mismo tipo de estrato social.

En suma, el futuro de los Estados Unidos no se ve nada halagüeño, pero tampoco lo hace el nuestro. Una vuelta de esa gran potencia a su vieja política de autoaislamiento y proteccionismo sería una tragedia para todos. Pero aún más lo sería si su cultura política se brutaliza y se impone una especie de chavismo estadounidense que con el apoyo de una mayoría arrasa los pilares liberales de la democracia y destruye la cultura cívica.

 

Mauricio Rojas, Senior Fellow de la Fundación para el Progreso (FPP)