La política chilena requiere de “caras nuevas”, pero no copias de líderes españoles con ideologías añejas y probadamente fracasadas.
Publicado el 29.10.2016
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Sorpresa total en Valparaíso dio el candidato del Movimiento Autonomista, Jorge Sharp, al imponerse con el 53,8% de los votos. Sharp es un abogado de 31 años, magallánico de nacimiento y ha seguido la ruta de otros dirigentes estudiantiles que entraron en la arena política.

El nuevo alcalde porteño ha manifestado abiertamente en las redes sociales su admiración por Lenin, además, es partidario de entregar mar para Bolivia y asegura que la idea del movimiento que integra es seguir aportando a la construcción de un Chile socialista. Es aliado de Gabriel Boric, amigo de Giorgio Jackson, y juntos planean formar un gran frente de izquierda unida.

El discurso de Sharp el mismo día de salir elegido alcalde, me recordó a Pablo Iglesias, líder de Podemos (partido político español de corte chavista), profundo admirador de Lenin, de Gramsci, de Salvador Allende y de Hugo Chávez. Fue un discurso moral emocional articulado en forma maniquea, es decir, como una lucha entre opuestos absolutos: los explotados y los poderosos, los ciudadanos honestos y los ciudadanos deshonestos, los de abajo y los de arriba, con el propósito de apelar y alimentar los instintos más bajos del ser humano: el resentimiento y la frustración. Este es un método muy conocido que el español Pablo Iglesias domina perfectamente ya que tuvo un gran maestro en el arte de dividir y crear inquina: Hugo Chávez. Este método comunicacional, que atonta y siembra la inquina, es la esencia misma del chavismo.

Sharp no es único en haber ido a la escuela de Podemos y, por su intermedio, del chavismo. Todos los ex dirigentes estudiantiles chilenos se están inspirando en Podemos. El coordinador nacional de Revolución Democrática, Sebastián Depolo, viajó en junio de este año a Madrid para ser parte de la comitiva internacional que vigiló las votaciones en apoyo a Podemos y en una entrevista expresó que: “Unidos Podemos muestra que es posible revitalizar la idea de una coalición de izquierda amplia y convocante que se haga cargo de las demandas de la ciudadanía que pide cambios”. Ya antes, en febrero de 2016, Gabriel Boric se había reunido con Pablo Iglesias en Madrid y a su regreso a Chile dijo en un tuit: “Durante la semana escribiré un pequeño texto con reflexiones sobre el proceso español, Podemos y nuestros desafíos comunes. Con la esperanza intacta!”.

Así, los lazos se fueron estrechando y a dos días de las elecciones parlamentarias españolas (junio, 2016), Boric y Jackson enviarían un vídeo, desde el Congreso de Chile, deseándole éxito a Podemos: “Esperamos que sean gobierno, y que de aquí en adelante puedan impulsar un proceso de transformaciones en España con la gente común, que es lo que ustedes han levantado”.

La diputada comunista, Camila Vallejo, también envió su apoyo a través de Twitter un día antes de la elección: Desde Chile, un abrazo lleno de esperanza en el éxito de la izquierda española. Gran ejemplo de unidad #UnidosPodemos. Este, fue uno de los mensajes que Pablo Iglesias respondió ese día: “Gracias por tus palabras, Camila Vallejo. Estamos muy cerca. Un abrazo de vuelta”.

“Pocos descubrimientos son tan irritantes como aquellos que revelan el origen de las ideas”, dijo Lord Acton. Y así es. El partido español Podemos no sólo se ha inspirado y aprendido del chavismo, sino que ha sido financiado con su dinero (es decir, el dinero robado al pueblo venezolano). Sus líderes afirman que “Venezuela es una de las democracias más saludables del mundo” y que Salvador Allende es un ejemplo a seguir.  Pablo Iglesias se cree de una clase superior. Un Lenin con algo de Gramsci, un intelectual brillante que posee aquella verdad que las masas nunca llegarán a comprender. Caricaturiza la democracia realmente existente. De Chávez, Iglesias y sus más cercanos colaboradores aprendieron que el camino democrático es el mejor para terminar con la democracia que tanto desprecian, a pesar de decir que luchan por ella. Quieren el poder y prometen cualquier cosa con el fin de alcanzarlo, y de esa manera llegó al poder el nuevo alcalde porteño, Jorge Sharp, con la misma entelequia comunicacional de consignas y mensajes de pocas ideas que se repiten hasta la saciedad. Pablo Iglesias logró penetrar en millones de cabezas desorientadas e insatisfechas dispuestas a escuchar al líder que les prometía abolir la corrupción, el duopolio, la casta y soluciones a todos sus problemas.

Hoy, después de las municipales, sabemos que Sharp ganó con 45.966 votos. Sus votantes no le piden argumentos, no quieren saber que la educación gratuita no es gratuita sino que se paga con dineros de toda la gente y que no irán a cubrir necesidades más urgentes, que más gasto público implica una gestión más burocrática e ineficiente de los servicios estatales, que más regulaciones supone más poder para el Estado sobre los ciudadanos, que los derechos hay que pagarlos. Simplemente votaron por él mediante un acto de fe: quieren creer, quieren soñar. Son votantes hambrientos de nuevos referentes, de “caras nuevas”, de un nuevo líder que les prometa que es posible “cambiar la historia” ahora y ya, simplemente porque así lo desean.

Las revoluciones empiezan con las mejores intenciones, a fin de, como dicen los “podemitas” chilenos y españoles: acabar con los poderosos, salvar a los explotados, terminar con las injusticias, las desigualdades y, como dice Giorgio Jackson, “cambiar la historia”, pero en la inmensa mayoría de los casos, los resultados han sido diametralmente opuestos a estas pretensiones. La democracia es reemplazada por regímenes infinitamente peores, con democracias defectuosas y, en el peor de los casos, dictaduras.

La política chilena requiere de “caras nuevas”, pero no copias de líderes españoles con ideologías añejas y probadamente fracasadas.