Pareciera que la envidia fuera un mal menor o que tuviera formidables atenuantes, de los que no gozaría el egoísmo. ¿Cómo es posible que un sentimiento considerado históricamente como aquel que indujo el pecado de Caín haya logrado tal upgrade en estos tiempos?
Publicado el 01.11.2016
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Tanto a la palabra egoísmo como a la palabra envidia es usual que se les atribuya una connotación negativa. Lo curioso, sin embargo, es que una persona considerada egoísta pareciera, en estos últimos tiempos, ser merecedora de una sanción social significativamente más severa que una considerada envidiosa. Pareciera que la envidia fuera un mal menor o que tuviera formidables atenuantes, de los que no gozaría el egoísmo. ¿Cómo es posible que un sentimiento considerado históricamente como aquel que indujo el pecado de Caín haya logrado tal upgrade en estos tiempos?

Todos los seres humanos hemos experimentado más de alguna vez el sentimiento de envidia; desear estar en la situación –más aventajada– del otro. Si tras tal deseo subyace una aspiración, admiración o una suerte de referencia deseable de alcanzar, en mi opinión esa envidia puede ser considerada sana. Es lo que llamamos “envidia sana”.

Pero debo confesar que mis remordimientos nada tienen que ver con esta versión, sino con otra, con aquella que se satisface no del esfuerzo personal de uno para alcanzar la posición del otro,  sino de aquella que se satisface con el desmejoramiento absoluto y relativo del otro respecto de uno. En términos de la jerga política moderna, “bajar de los patines al otro”.

Con vergüenza reconozco haber, en ocasiones, sido seducido por tal tipo de deseo. Por ejemplo, me aqueja en ocasiones al escuchar gente que tiene talento para expresarse en la forma, pero lo hace transmitiendo un mensaje, a mi juicio, demagógico en el fondo. He sentido envidia de ese talento y desearía que no lo tuviese, o lo perdiese, por el mal uso que hace de él.

Ciertamente no me enorgullezco de ello, y siento remordimientos de su mera existencia. Solo puedo decir en mi favor que sí creo haberlo contenido y que no tengo recuerdo de haber inducido acción alguna en desmedro del prójimo.

No creo ser el único ser humano expuesto a este tipo de situaciones. Convendremos en todo caso que el control y manejo de este tipo de sentimientos es un tema de responsabilidad personal e individual del cual todos debemos hacernos con el debido cargo.

El tema, sin embargo, pareciera tornarse bastante más espinudo cuando como sociedad corremos el riesgo de que tal sentimiento pueda ser instrumentalizado en el ámbito del diseño, aplicación y difusión de políticas públicas. En el contexto de la fuerte carga ideológica que se percibe en el debate actual en nuestro país, resulta francamente preocupante haber constatado situaciones en las que altas autoridades promovieran, por ejemplo, la ya aludida tesis de los patines.

¿No estaremos, involuntariamente, fomentando y legitimando por esas vías el sentimiento de la envidia en su versión más negativa?

El egoísmo, por su parte, pareciera haberse encumbrado a los primeros lugares del ranking de maldad. El mantener un incesante ataque a la idea del lucro y procurar su satanización parece ser uno de los objetivos estrella que persiguen grupos ideologizados que promueven una sociedad colectivista.

El hecho de que una persona procure su bien y su interés personal no me parece que necesite de justificación. ¡Es evidente! Es una obligación moral y natural.  Si no fuese así, en el extremo,  probablemente Ud. y yo no estaríamos vivos. Carecer de interés personal es carecer de propósitos. ¿Para evitar el egoísmo debiéramos entonces transformarnos en piedras inertes?

Pero además, al procurar el interés propio, la persona en cuestión también puede incorporar –y pienso que, de hecho, en la enorme mayoría de los casos sí lo hace– el interés y bienestar de otros, especialmente el de los más cercanos. Al menos es mi caso.

Ahora bien, es indiscutible que una persona que forma parte de un grupo familiar o un grupo humano –y cuyo comportamiento es sistemáticamente disonante respecto del  resto–, por procurar exclusivamente el bienestar de su persona y ser poco generoso para cooperar espontáneamente con el resto, puede resultar poco simpática, y es probable que se lo evite. Pero si ella cumple celosamente con sus compromisos adquiridos y no transgrede los derechos del prójimo, ¿qué superior autoridad moral nos autoriza a satanizarlo por procurar su legítimo interés?

Tan relevante, pero quizá más terrenal que lo anterior –y a pesar de la nostálgica idealización que algunos puedan sentir de nuestro pasado cazador recolector– como que ya no vivimos –ni ya podemos vivir– a la usanza de las tribus nómades de hace más de 10.000 años. Procurar obtener el debido provecho de la división del trabajo y la especialización no es hoy una elección, ni menos un capricho. Es un imperativo moral, pues no hay forma alternativa conocida para sostener siete mil millones de almas.

¿Ha meditado Ud. alguna vez respecto a cómo es posible que se pueda coordinar, de forma descentralizada, un enorme número de personas, de distintas naciones, la  mayoría de ellas desconocidas entre sí, para que Ud. pueda, por ejemplo, comprar un simple lápiz de grafito en una librería? Las personas que participan no se conocen personalmente entre sí, pero sí cooperan voluntariamente  y prestan un servicio demostradamente valorado. De lo contrario, la librería no vendería lápices grafito, ni Ud. gastaría el producto de su trabajo para voluntariamente adquirirlo. ¿Qué misteriosa fuerza será la que las induce a  tantas y tan diversas personas a colaborar tan efectivamente y aportando tanto valor?*

De todo lo anterior personalmente concluyo que, respecto de los dos sentimientos mencionados, la envidia es aquel que requiere de un especial control y atención. Como ya fuera sugerido, este constituye un permanente desafío personal del cual cada uno debemos hacernos cargo y asumir los remordimientos que nos pudiese corresponder. Lo que sí creo inadmisible es que, aún inadvertidamente, a nivel de decisiones y políticas públicas lo promovamos.

Al egoísmo, por su parte, en el contexto de la estricta honra de deberes y derechos, no le puedo encontrar efecto que no pueda ser asumido y resuelto a nivel de las relaciones individuales entre las partes afectadas. A nivel de la sociedad en su conjunto, tampoco percibo cómo es que sin la operación del interés personal (el que suele incluir el bienestar de otros) podríamos disponer de la calidad de vida que hoy disfrutamos. Definitivamente respecto del egoísmo no siento remordimientos.

 

*Para el lector que quiera disfrutar de un ameno y breve relato de la idea anterior, le recomiendo entusiastamente la lectura del artículo “Yo el Lápiz” de Leonard Read.