Me permito resumir a continuación cuáles serían las bases y fundamentos del programa de mi gobierno si fuese elegido como presidente de la República. Debo recordarle al señor lector de que como bien sé que no tendría ninguna oportunidad de lograr tal posición, puede tener la tranquilidad de que diré la verdad y solo la verdad sobre lo que siento sería útil para nuestro país.
Publicado el 18.12.2016
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Se ha dado inicio a una nueva carrera por la presidencia de la república y pareciera que para este trompo siempre hay un sinnúmero de lienzas. Ya se observan todo tipo de movimientos tácticos y estratégicos por parte de los distintos interesados y sus partidarios. El tema es motivo de la mayor atención e interés en los medios de comunicación social: no cabe duda de que sus estridencias invadirán nuestra existencia por un largo año. Comenzará luego la subasta de geniales medidas,  que mágica y gratuitamente prometerán hacernos a todos más felices. Sabemos lo difícil que resulta que un candidato que diga lo obvio (“si quiere progresar, debe trabajar y esforzarse más”)  logre el control del trompo.

En más de una ocasión me he preguntado cuánta lógica tiene todo este ambiente que raya en lo circense, y que muchos sospechamos que tiene más de algo de huero o falso. Con el ánimo de tranquilizar a los lectores que pudieran comenzar a sentirse nerviosos, declaro desde ya mi convicción sobre el valor de la democracia en cuanto a ser el mejor sistema político conocido hasta ahora, pues permite una forma de convivencia pacífica y la alternancia en el poder.

Sin embargo, ¿cuán pacíficas son de verdad hoy nuestras vidas? ¿Cuán real es la alternancia en el poder?

De partida, en mi opinión, nuestra convivencia no puede ser hoy considerada pacífica. Deliberadamente –y aún a riesgo de parecer repetitivo– debo insistir en que me parece inaceptable que vivamos sometidos a la dictadura de la delincuencia. La insuficiencia de la acción de instituciones públicas que han sido mandatadas expresamente a garantizar la paz ciudadana es pública y notoria. Y por favor nótese que esta se supone que es la razón más esencial de ser de un Estado y su primera y prioritaria política pública. Tampoco me parece que la relación entre ciudadanos pueda juzgarse hoy como satisfactoria. La abrupta expansión de la oferta de veneno ideológico al que se nos ha expuesto, especialmente estos últimos tiempos, no favorece en nada el anhelo de una convivencia pacífica e idealmente armónica. Chile está fracturado; quizá una de las pocas cosas comunes que todavía nos unen sea el fútbol cuando se enfrenta a otro país. Sin desmerecer para nada el atractivo de ese deporte, a veces he pensado que tal veneración, en el contexto actual, quizá esconda alguna aguda ausencia o carencia.

En cuanto a la alternancia en el poder, he llegado a la conclusión que la palabra clave es “poder”. Postulo que la frenética carrera por la obtención del control del gran trompo de la que somos testigos se explicaría en buena medida por la percepción del poder que está en disputa para ser ejercido. De hecho, tal enorme concentración de poder en ocasiones me evoca una figura maléfica, algo así como Sauron, de El Señor de los Anillos.

Desde luego, valoro intensamente el hecho de que la competencia permita la alternancia. Esta tiene el enorme mérito de permitir de forma institucionalizada la remoción de quienes no han cumplido el mandato de administrar apropiada y juiciosamente el aparato público. Lo que definitivamente no me cuadra es la razón de la misma existencia de todo ese poder en disputa. Abusando nuevamente –e intencionalmente– de la paciencia del lector, me pregunto, insistentemente: ¿Cómo es posible que un gobierno electo, apoyado por una mayoría transitoria, hoy minoría, pueda arrancar a la mayoría de los padres y apoderados su derecho a escoger libremente el sostenedor que provea la educación de sus hijos? Nuestra permanencia en el planeta es efímera y quienes somos padres bien sabemos la capital importancia y valor que tiene para nosotros el poder entregar la mejor formación y educación posible a nuestros hijos. Pero al controlador de turno del trompo poco le importa nuestra opinión y derecho natural a buscar el desarrollo de nuestra vida y la de nuestros hijos.

No puedo dejar de recordar a Miguel Kast, quien reflexionaba sobre el poder avasallador del Estado y la lucha por lograr su control, mientras que, a modo de contrapunto, hacía referencia a la notable labor desempeñada por Bomberos en nuestro país. Decía que esta es una institución con pura vocación de servicio público y que nunca se ha sabido de una disputa por su liderazgo. Creo que Miguel tenía mucha razón: si se saca el dulce, se van las hormigas.

¿Y sabe Ud. quién paga la fiesta del gran trompo y todas sus secuelas? ¡Seguro que ya lo sospecha! Efectivamente Ud. y yo, porque el mayor poder de los mercados políticos tiene como necesaria contrapartida menos libertad a los ciudadanos comunes.

Dicho todo lo anterior, pero también con el propósito de ser constructivo, me permito resumir a continuación cuáles serían las bases y fundamentos del programa de mi gobierno si fuese elegido como presidente de la República. Debo recordarle al señor lector de que como bien sé que no tendría ninguna oportunidad de lograr tal posición, puede tener la tranquilidad de que diré la verdad y solo la verdad sobre lo que siento sería útil para nuestro país. Tal programa, ya adivinará Ud., también contempla una saludable aplicación de escofina al trompo, para darle así el sentido,  esbeltez y agilidad que una sociedad libre demanda. Aquí va mi manifiesto.

Primero: Fortalecer (¿o reestablecer?) el estado de derecho. Devolver a los habitantes del país el derecho a desarrollar pacíficamente sus vidas combatiendo “eficazmente” la delincuencia.

Segundo: Reforma del Estado. Concentrar las funciones del Estado estrictamente en los ámbitos que le son propias, conforme al principio de subsidiariedad. Se elimina la inamovilidad de todo funcionario público. Se elimina la ley que establece la elección de intendentes. Se procura, en cuanto sea pertinente y eficiente, descentralizar más funciones del ámbito central en el municipal.

Tercero: Derogar la reforma educacional y consagrar la libertad de elección de los padres respecto de la calidad y proveedor de la educación de los hijos. Se subsidiará (cuando corresponda) la demanda en contraposición al financiamiento directo de  la oferta. Hacerse debido cargo de las deficiencias del sistema municipal. Reestablecer la posibilidad de lucrar y  extender tal “opción” a la educación superior.

Cuarto: Derogar la reforma tributaria y la reforma laboral por ser abiertamente inconsistentes con el crecimiento que el país requiere en beneficio de todos sus habitantes.

Como el lector puede apreciar, nada de promesas de pitos ni de las 100 pildoritas marqueteras de la felicidad. Se acabó la parranda, y ahora se requiere con urgencia reordenar la casa. Invocando las palabras de Sir Winston Spencer Churchill, solo puedo ofrecer sangre, sudor y lágrimas.