Quizás sea por la fuerza de la repetición sin cuento, ya que no por el poder de sus razones, pero lo cierto es que el señuelo de la igualdad de resultados ha atraído no solo a toda la izquierda, sino también a gran parte de la derecha, que debería hacérselo mirar.
Publicado el 29.09.2017
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Los liberales no somos envidiosos, así que el que unos tengan más y otros menos no nos importa. Lo único que nos preocupa es la pobreza, la carencia de medios para salir adelante. Como Thomas Sowell recordara “la riqueza es lo único que puede curar la pobreza”. Pero la riqueza hay que crearla, y el único camino para ello es la libertad. Dado que ésta no se deja controlar ni dirigir, sus resultados siempre serán dispares y llevarán a una sociedad diversa y desigual; cambiante e impredecible. Justamente lo que un socialista teme con toda su alma. Y de ahí el tema de este artículo.

A falta de otros baremos éticos, el de la igualdad de resultados es el centro, el vértice del discurso ético de la izquierda, la fundamentación para sus propuestas y políticas, y la base de su crítica social. Quizás sea por la fuerza de la repetición sin cuento, ya que no por el poder de sus razones, pero lo cierto es que el señuelo de la igualdad de resultados ha atraído no solo a toda la izquierda, sino también a gran parte de la derecha, que debería hacérselo mirar.

Muchos consideran a la desigualdad como intrínseca y obviamente inmoral. En cientos de estudios se ha comprobado que cuando se les pide a las personas -incluyendo niños- que distribuyan recursos tales como el dinero, se tiene un fuerte sesgo a darle a cada uno la misma cantidad de dinero. Los psicólogos que estudian estos temas reclaman haber descubierto un llamado “deseo universal hacia una mayor equidad de pago” y fundamentalmente “motivos igualitarios” en nuestras interacciones con los otros. Este consenso es captado también por otras áreas de estudio; tal el caso del primatólogo Frans de Waal quien sugiere “Robin Hood entendió el problema. El deseo más profundo de la humanidad es esparcir la riqueza”. Con lo que coincidimos, sólo que no pareciera que la mejor manera de hacerlo es sacándole a unos para darles a los otros. Lo curioso es que también el mismo autor divulgó la idea, acompañada de amplia evidencia, respecto de la existencia del autoengaño en animales y seres humanos como mecanismo para mejor engañar a los demás y vivir a costa de los otros.

Pero sucede que a poco que se investiga el tema de la desigualdad no se encuentra ninguna evidencia respecto que la gente esté, de hecho, preocupada por la desigualdad económica en sí misma. Más bien parece ser una insistencia del discurso de la izquierda.

En cambio, las personas sí están ocupadas por otros problemas que están conectados con la desigualdad económica tales como la pobreza, la erosión de los valores democráticos y -lo más interesante para nuestro caso- la injusticia, todas cuestiones íntimamente relacionadas con el ideario liberal.  Más aún, uno de los valores tradicionales del liberalismo es la igualdad; pero no de los resultados, sino ante la ley. La plena e igual libertad de todos, máxima expresión del ideal liberal, no puede acabar en la terrorífica igualdad que pretende la izquierda; nuestras diferencias personales, nuestra caprichosa y cambiante voluntad de aprovechar las oportunidades con que nos tropezamos, o que creamos nosotros mismos, la misma suerte, son incompatibles en una sociedad libre con unos resultados parejos. La única igualdad posible es aquella con que nos tratan las leyes y como veremos, intuitivamente las personas parecen coincidir con estas ideas.

¿Cuál desigualdad?

El conocido estudio de Michael Norton y Dan Ariely del 2011 publicado en el Journal “Perspectivas sobre la Ciencia Psicológica” en el que más de 5.500 estadounidenses debían estimar la distribución real de la riqueza en su país y expresar la distribución ideal, descubrió que no estaban al tanto de cuán supuestamente desigual era su sociedad: el grupo estimó que el 40% más pobre retenía el 9% de la riqueza y el 20% más rico el 59%.

Es importante aclarar de qué se habla cuando se pregunta en encuestas y estudios sobre desigualdad o cuando se presentan datos -como en el caso de Piketty-. Cuando se quiere impactar más se alude a desigualdad de riqueza, es decir, mayoritariamente desigualdad en el control de los activos productivos o capacidad de seguir produciendo, creando riqueza y progresando. De hecho, los estudios de Piketty no consideran la riqueza en forma de casas u otros bienes durables que son la principal riqueza de la mayoría de la población moderna. La riqueza conformada por el control de activos productivos está hoy entrelazada con la capacidad de tener ideas, Jeff Bezos o Bill Gates como ejemplos, y se pierde si se comete una estimación equivocada. Una adecuada decisión de Bill Gates le hizo facilitar a Steve Jobs U$450 millones cuando a fines de los ´90 Apple estaba en serias dificultades. Los beneficiados fueron Gates y Jobs, pero especialmente el mundo entero como lo demuestra la aceptación de los productos de Apple. Más importante aún, este tipo de desigualdad existe también en los países comunistas, sólo que mucho más concentrada que en los libres, ya que se encuentra en manos de unos pocos políticos que tienen el control de esos activos productivos. Pero como esta riqueza se gana y no se redistribuye, los países comunistas son cada vez más pobres pues sus políticos no son los más creativos.

Mientras más apocalíptica se quiere hacer aparecer la realidad, más hincapié se hace en la desigualdad de riqueza. Y la lucha por su instalación es cada vez más descarnada porque sirve para tener poder y por ello no es casual que los políticos, especialmente los de izquierda, quieran controlarla mediante la redistribución o su posesión, como ocurre en el Socialismo.

Otras formas de medir la desigualdad usando la distribución de algún parámetro monetario es utilizar los ingresos, la más intuitiva por ser la que se usa más comúnmente, o utilizar el consumo, que probablemente sea la que mejor mide el bienestar de la población, aunque sea la que menos se use. Si salimos de los aspectos monetarios, la mejor manera de medir la diferencia en el éxito sea la desigualdad de la descendencia generada, que curiosamente antes coincidía con la monetaria y hoy se invirtió. Alternativamente la desigualdad en años vividos es una excelente manera de salirse de la camisa monetaria y refleja mejor la realidad de las personas. Y claramente ha mejorado de manera espectacular desde la revolución industrial.

En el caso de la desigualdad de ingresos tiene muchas consideraciones técnicas y es una lástima que se use con liviandad para posturas políticas grandilocuentes. Se olvida incluir las transferencias por todo concepto que mejoran la medición. Y además debería analizarse por subgrupos, porque los jóvenes, con un nivel de educación más homogénea hoy, son más iguales que la población mayor. Ello augura una mejora paulatina a futuro. Cuando comparamos países, además de los problemas de equivalencia en los datos, aquellos con pirámides poblacionales más jóvenes serán más desiguales que la de países maduros. El ingreso que imputamos al 1% más rico se confunde, pues es un ingreso devengado y no percibido. No representa lo que pueden gastar, sino lo que pueden decidir mientras lo mantengan invertido y generen productos competitivos. La alternativa es que esas decisiones se tomen con mucho menos responsabilidad por los aparatos políticos. El fracaso de esa opción ha sido reiterado, pero se sigue intentando como lo muestra el patético caso venezolano.

Pero a los liberales, preocupados por el bienestar de las personas y la mejora de la calidad de vida de los más humildes, si hay alguna medida que nos debiera importar es la desigualdad de consumo. Es la que mide lo que nos permite vivir año a año: comida, bebida, casas, bienes durables, prestaciones de salud, educación, etc. que son justamente los que han mejorado la calidad de vida especialmente para los más pobres. Al estudiarla se constata que todos los avances en mortalidad infantil, educación, nutrición, vivienda, agua potable, representan mejoras innegables. Los niños desnutridos y que fallecían a corta edad, los jóvenes que no se educaban, los adultos que morían antes de tiempo, las familias sin condiciones sanitarias mínimas eran todos parte de los grupos más postergados. Si los promedios mundiales en estas áreas mejoraron tremendamente es porque ellos mejoraron. En los aspectos más básicos y humanos el mundo es hoy mucho más igual gracias al progreso económico. Pero incluso en esta categoría de medición, que es la que más se aproxima a medir la realidad para analizar el mejoramiento o empeoramiento del bienestar, hay distorsiones que deben ser consideradas. Un rico podrá utilizar a partir del 3 de noviembre un Iphone X que vale cerca de usd1.000, pero hay 4.770 millones de usuarios de teléfonos celulares en el mundo, de los que valen mucho menos. Desde dónde se habla por teléfono no es el punto; el tema es poder comunicarse.

Igualdad confundida con justicia

Pero aun considerando que las personas desconocen estos tecnicismos y no comprenden el alcance de la riqueza es interesante ver cómo responden sobre su ideal de distribución. Siempre preguntados por la riqueza (y no por la desigualdad en el consumo), en el mismo estudio mencionado arriba de Norton y Ariely, la asignación estuvo lejos de ser equitativa. La muestra estimó que en una sociedad perfecta los individuos en el 20% más rico deberían tener tres veces más dinero que los individuos en el 20% más pobre. Una aprobación similar de desigualdad aparece en estudios hechos en 16 países, y se sostiene para hombres y mujeres, personas de la derecha y de la izquierda del espectro político, y adolescentes. Tal como lo describe el Dr. Norton, “las personas exhiben un deseo por la desigualdad”. Otros estudios indican un grado aún mayor de aceptación de la desigualdad, incluyendo un estudio que encontró que las personas prefieren que el 20% más rico tenga 50 veces más riqueza que el 20% más pobre.

¿Cómo se reconciliarían estos resultados con los estudios de laboratorio que publican haber descubierto un fuerte sesgo hacia la igualdad según proclama la izquierda? Pareciera que la respuesta radica en que en estos estudios la igualdad es confundida con la justicia. La identidad de los recipientes de los bienes distribuidos es intencionalmente escondida, por lo que los participantes ignoran condiciones tales como la necesidad o el mérito de los participantes. Con este punto de partida necesariamente se llega a una distribución equitativa de los bienes a repartir, porque no existen razones para asignar una mayor proporción a nadie.

En otros análisis, cuando los psicólogos han sido cuidadosos de separar las preocupaciones respecto de la igualdad de las que guardan relación con la justicia, los grupos en estudio -adultos y niños- rechazan la distribución equitativamente injusta en favor de distribuciones que son justas pero desiguales. Por ejemplo, en una investigación del 2012 publicada por el Journal de Psicología Experimental General, de Alex Shaw y Kristina Olson, niños de 6 a 8 años insistieron en dividir las recompensas de manera igual entre dos infantes que habían limpiado una habitación. Sin embargo, cuando se mencionó que uno de ellos había realizado más trabajo que el otro, los niños demandaron que quien había trabajado más duro recibiera mayor recompensa.

O consideremos una situación de dos individuos idénticos en todos los aspectos relevantes en la que uno recibe $10 y el otro nada. Esto es lisa y llanamente desigual, pero, ¿es justo? Puede serlo, si la asignación es fortuita. Los adultos consideran justo usar procedimientos imparciales tales como tirar una moneda al aire o el juego de loterías para distribuir diferentes tipos de recursos, y los niños comparten visiones similares. En un estudio en el que se les daba a los niños una especie de ruleta para asignar cuál de ellos se llevaba la recompensa extra, estaban de acuerdo en crear desigualdad aceptando el resultado del azar. Una persona que recibía tres recompensas y otra que recibía dos (o 10 y 0 a tales efectos) era una situación perfectamente aceptable y justa, aunque claramente no igual.

Tampoco le preocupa a la gente que personas como Alexis Sánchez, Messi, Madonna o Angelina Jolie ganen millones de dólares por partido de fútbol o película. Les basta con verlos jugar o actuar. La diferencia con sus ingresos de la inmensa mayoría es abismante pero nadie plantea que esto sea injusto o reclame por tal desigualdad.

El filósofo de la Universidad de Princeton Harry Frankfurt en su libro “On Inequality” destaca que pocas personas se preocupan de las desigualdades entre los muy ricos y los súper ricos, aun cuando las desigualdades pueden ser mayores tanto en términos absolutos como proporcionales, que las desigualdades entre los pobres y los de clase media. Esto sugiere que no es la desigualdad en sí misma lo que realmente nos molesta.

Cierto es que hay quienes encontrarán este punto obvio. Cuando muchos académicos, políticos y activistas se quejan acerca de la desigualdad, en realidad están observando las consecuencias negativas de ella, o la injusticia de donde se produjo tal desigualdad. No tendrían problema con las desigualdades de riqueza mientras no acarrearan consecuencias negativas ni fueran producto de un proceso injusto y, contrario sensu, rechazarían sociedades igualitarias que violaran la justicia.

Sin embargo, otros odian la desigualdad económica como tal, insistiendo en que hay algo intrínsecamente malo con un mundo en el que algunos tienen mucho más que otros. Para algunos éste es un punto de vista principista y racional. Pero pareciera que muchos de estos obsesivos igualitarios se encuentran entrampados en una especie de falsa conciencia. Fallan en distinguir las preocupaciones sobre desigualdad de las provenientes de la injusticia. Los seres humanos, sugieren las investigaciones, no nacen naturalmente socialistas, pero sí se preocupan de la justicia. Esta idea por lo demás pareciera ser lógica. Acompaña a la naturaleza del hombre, que es tan distinta en su apariencia, cualidades, habilidades; no hay dos seres humanos iguales y no hay forma de igualarlos por mayores intentos que se hagan, como se dijo anteriormente.

Prestar más distinción a esta diferencia podría ayudar a afilar la discusión política y hacerla más fructífera. Nos permitiría focalizarnos en ciertas cuestiones críticas tales como cuáles son los factores (necesidades, trabajo duro, habilidades) que permiten una desigualdad distribución y cuáles no, o cuáles recursos públicos deberían ser distribuidos en base al mérito o a la necesidad.

La extrema desigualdad económica perturba profundamente a muchas personas. Pero la fuente de este atropello no es que las personas vean a la desigualdad como inherentemente mala; es que la consideran el resultado de la injusticia. Y si bien no existe consenso acerca de cómo debería ser un mundo perfecto, de lo que sí hay evidencia es de que sería uno desigual.

Desigualdad versus pobreza

Pero a pesar de la contundencia de lo antes dicho, se ha impuesto el discurso de la izquierda respecto de que el verdadero problema es la desigualdad y no la pobreza. Donde el desempeño económico de todos es mediocre, no tienen nada que objetar. Donde algunos consiguen enriquecerse en medio de sociedades en las que todos o casi todos logran prosperar, se producen los más feroces y descalificadores ataques. En su papel de catones del siglo XXI achacan a la derecha una total falta de compasión con los humildes, reflejada en el capitalismo, las fallas del mercado o el recorte de los míticos gastos sociales. Nunca van a explicar por qué, cuando estaban vigentes las viejas ideas estatistas y entre ellas el abultado gasto social aumentaba el número de los desposeídos. Tampoco se molestan en aclarar esa pregunta ordinaria y burguesa acerca de dónde saldrán los excedentes para sufragar el gasto social ni quien lo va a pagar. Acaso más importante, los defensores de las virtudes de la redistribución del ingreso y del aumento del gasto social probablemente no se han percatado que el objetivo que debiera perseguir toda sociedad sana es tener la menor cantidad de ambos como consecuencia de que las personas sean capaces de ganar dignamente su propio sustento sin tener que recurrir a la solidaridad colectiva o la compasión de ciertos grupos piadosos.

La izquierda ha perdido su poder real, pero se ha apoderado de un lenguaje pseudoreligioso, posmoderno, que renuncia al examen de la realidad. Ya no tiene en cuenta los hechos sino sólo las motivaciones. Tener es malo. Luchar por sobresalir es condenable. La desigualdad existe porque otros no comparten su sabiduría y virtud. Siempre se puede culpar a alguien por ella, generalmente a los ricos y a las empresas. Oponerse a estas verdades evidentes o, en general, a la visión y las políticas que apoyan, no indica un punto de vista diferente sino una incapacidad moral o intelectual. Habitualmente las dos. El mundo así definido se sitúa en márgenes muy estrechos. Cuando algo no encaja en su visión del mundo, se culpa a otros de ser la causa. Y dado que la suya es la visión prominente en los medios, la política y las universidades, no tienen razones para poner a prueba su forma de pensar. Han sido tremendamente exitosos apelando en su discurso a los valores morales como la solidaridad y la justicia, que nos han permitido evolucionar exitosamente, llenándolos del contenido que les conviene. Ésta sea quizás la tarea más importante que los liberales debamos encarar: la transmisión de nuestras ideas apelando a los valores que las sustentan, como hace la izquierda, sólo que con distinto contenido. Las bases morales son las mismas y están en todas las personas.

Ahora que Chile está en las puertas de un cambio de gobierno que permitiría retomar la senda del progreso, es bueno recordar la famosa frase de Deng Xiao Ping cuando, siendo comunista y de modo verdaderamente revolucionario, modificó el rumbo de China en lo económico adoptando las reglas de mercado y de apertura propias del capitalismo: “Enriquecerse es glorioso”. Verdadero mantra de la desigualdad que, paradójicamente, produjo la mayor y más veloz disminución de la pobreza que ha conocido la historia provocando en consecuencia un crecimiento de la igualdad en términos de bienestar y progreso para cientos de millones de chinos.