Una idea comúnmente aceptada sobre la igualdad de oportunidades postula que si todos los miembros de un determinado grupo parten de una misma condición inicial, entonces el resultado en términos de las diferencias de quienes llegan en distintas posiciones a una meta al cabo de un tiempo se explicaría y justificaría moralmente por el mérito del desempeño de los participantes o competidores. Tal interpretación del concepto es, sin embargo, más espinuda de lo que pareciera.
Publicado el 01.07.2017
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¿Se ha preguntado Ud. sobre el verdadero significado de la igualdad de oportunidades? La pregunta parece pertinente, ya que no son pocos quienes consideran atractivo sostener como objetivo de política pública propender a tal condición, en particular porque en ocasiones se invoca a interpretaciones de ella como una alternativa a ciertas ideologías totalitarias. Paradojalmente, sin embargo, hay una  visión popular que podría resultar ser contradictoria con los principios que inspiran a una sociedad libre.

En efecto, una idea comúnmente aceptada sobre la igualdad de oportunidades postula que si todos los miembros de un determinado grupo parten de una misma condición inicial, entonces el resultado en términos de las diferencias de quienes llegan en distintas posiciones a una meta al cabo de un tiempo se explicaría y justificaría moralmente por el mérito del desempeño de los  participantes o competidores.

Tal interpretación del concepto es, sin embargo, más espinuda de lo que pareciera. Cabría partir por reconocer que las condiciones iniciales, en rigor, nunca podrán ser las mismas, porque si bien somos todos semejantes, también somos  distintos. Piense por ejemplo, en las diferencias que Ud. siente que tiene respecto de sus hermanos aun a pesar de tener los mismos padres. Pero entonces ¿es acaso justo o injusto que seamos genéticamente diferentes? En la medida que nuestra constitución genética esté fuera de nuestro control, la pregunta pareciera tan absurda como considerar injusto que llueva mañana. Siendo este el caso ¿cabría en consecuencia alguna recriminación por tales diferencias? Por otra parte, y además de la natural – y bienvenida – diversidad, resulta pertinente también considerar las consecuencias posteriores al referido juego, pues así expuesto parece incompleto. En nuestro ejemplo hemos dado por hecho que el ejercicio termina cuando los distintos miembros del grupo que participan llegan a la meta. El mundo allí terminaría. Pero el caso de la vida real es distinto. Consideremos ahora en el juego a los descendientes. Debido a que algunos de los participantes en el juego inicial serán más exitosos que otros, tendrán distintas capacidades para apoyar a sus familias, en particular a sus hijos. En consecuencia, además de las diferencias genéticas que ya hemos mencionado se agrega aquella vinculada a posición patrimonial familiar. Tales diferencias permitirían por ejemplo el acceso a distintos tipos y calidades de educación. Nuevamente, ¿es esta situación injusta? ¿Alguien le ha causado daño o vulnerado algún derecho a otro? ¿Cabría entonces algún reproche moral?  Alternativamente, ¿tienen o no los padres el derecho a apoyar la educación de sus hijos con el producto de su propio esfuerzo? ¿Le parece familiar esta situación en nuestro país?

¿O cree Ud., como algunos, que todos debemos estudiar lo mismo,  y de la forma que decida un grupo determinado?

Pero eso no es todo, la interpretación enunciada de la igualdad de oportunidades podría ser empujada por algunos incluso más lejos. Podría por ejemplo, en el límite, invocarse para justificar un impuesto de 100% a la herencia. El fundamento sería que se respetaría en vida la libre disposición del producto del trabajo y el esfuerzo de cada sujeto (¿incluida la educación de los hijos?), pero que el patrimonio a su muerte no sería heredable, todo ello invocando procurar iguales puntos de partida para las futuras generaciones.

¿Puede Ud. imaginar un mundo donde se penaliza de forma tan absurda la transferencia entre generaciones? El mensaje de la política pública no podría ser más inconsecuente. ¡Sea menos productivo! ¡Cómaselo todo en vida! ¡Intente elaborar figuras que permitan transferir a su familia,  porque luego de su muerte lo saquearán! ¿Se imagina qué pasaría con el ahorro y la inversión y el crecimiento económico? Sin pretender ser apocalíptico, sería como de hecho indicó Milton Friedman, una forma de destruir la sociedad. ¿Ha pensado Ud. que de una forma u otra el patrimonio de la humanidad está en un permanente proceso de cambio de titularidad de sus dueños como consecuencia de la naturaleza finita de nuestras vidas? Si tal patrimonio no sólo no se ha depredado, sino por el contrario, ha crecido de forma tan espectacular los últimos tres siglos, es porque las personas y las familias perciben un valor muy real y material en las transferencias intergeneracionales. Desalentarlo tendría muy probablemente desastrosas consecuencias.

La promoción de interpretaciones como la ya señalada de la igualdad de oportunidades conlleva riesgos no menores.

Una interpretación alternativa, pero ciertamente más  consistente con los principios que sustenta una sociedad libre es aquella que plantea E. Butler y que señala que las personas no deben ser objeto de barreras arbitrarias para buscar sus metas en el desarrollo de sus vidas. En definitiva, ella implicaría que para nadie debe haber obstáculos arbitrarios y que no se obliga a alguien hacer algo que no desea.