Nació en pobreza, no concluyó su escolaridad, condujo autobuses por espacio de siete años y luego se cegó con la simpatía que le demostraba Chávez. Fue uno de los impulsores de la campaña de liberación del ex militar cuando éste permanecía preso. Y Maduro haría carrera a la sombra de Chávez. Como Stalin y Jrushchow a la sombra de Lenin. La brutalidad es un estimulante común de los déspotas. Y la brutal represión que hoy se ejerce contra los venezolanos da testimonio suficiente de su pensamiento “básico”.
Publicado el 20.05.2017
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“El Paraíso Terrenal… yo tengo muy asentado en mi ánimo que donde dije, en Tierra de Gracia, allá es donde se halla”. Con estas palabras el Gran Almirante don Cristóbal Colón dio noticia en 1498 a los Reyes Católicos de España acerca del descubrimiento del delta del Orinoco y el golfo de Paria en el transcurso de su tercer periplo por el Caribe, ocasión en que por primera vez tocó las costas del continente sudamericano propiamente tal. Tres siglos después y con no menor entusiasmo, el naturalista Alexander v. Humboldt dedicaría parte importante de las descripciones y observaciones correspondientes a la primera etapa de su excursión por tierras sudamericanas a los paradisíacos parajes que conoció apenas tocara las costas continentales, aquellas de la hoy República Bolivariana de Venezuela.

En 1528 el rey Carlos I de España extendió la llamada Capitulación de Madrid, que permitía arrendar temporalmente parte de la Provincia de Venezuela a las casas bancarias y de inversiones alemanas Fugger y Welser, lo que dio paso a la creación del “klein Venedig”, la pequeña Venecia, nombre surgido de la observación por parte de los alemanes de los conglomerados de palafitos que habitaban los aborígenes cerca de la desembocadura del Orinoco.

Esta encantadora nueva Venecia parecería indigna de los sufrimientos que ha debido sobrellevar a lo largo de su historia, bastante similar, con los debidos matices, a casi todas las nuevas naciones que surgieron del abandono definitivo de América por los españoles.

Venezuela vive hoy uno de esos capítulos político-históricos que hacen dudar de la cordura humana. La persistente y fanática negación de los derechos civiles y ¡humanos! por parte del Presidente Nicolás Maduro, sus mañas para apernarse al poder, sus desvaríos ideológicos, su falta de pensamiento propio, su inconsecuencia frente a los propios partidarios del “chavismo” y, claro, su sangrienta represión de las manifestaciones opositoras son algunos de los hechos que constituyen síntomas suficientes para aseverar que la República Bolivariana está sumida en una crisis de alcance impredecible. Dichos síntomas tienen en vilo a millones de latinoamericanos, europeos, norteamericanos y neo-marxistas, tanto ortodoxos como gramscianos del orbe, todos pendientes de si la ruleta venezolana desfondará de una vez la banca madurista, o si el país podrá finalmente avanzar hacia una democratización profunda y verdadera. Cabe decir que la disyuntiva está bajo el microscopio de los políticos del orbe, tanto de los totalitaristas como de aquellos que creen en los valores esenciales de una forma de organización política que propende a generar la convivencia nacional e internacional en paz y con progreso.

Venezuela es un país potencialmente riquísimo: posee las mayores reservas mundiales de petróleo, una ganadería desarrollada en las grandes planicies o sabanas, sorprendente en sus alcances, especialmente por su producción de ganado de pastoreo, algo amenazado a nivel mundial. Sus reservas del “commoditie” son inmensas y hasta hace unos años su población multirracial trabajaba en pos del progreso individual y social.

Hoy, duele Venezuela -para dar espacio a un lugar común pero siempre sugerente. Las manifestaciones callejeras de los opositores democráticos contra un Presidente que usurpó el poder al morir Hugo Chávez crecen día a día. Su encumbramiento tras la muerte de su maestro Chávez mereció dudas de comienzo, pues en el marco de la Constitución chavista de 1999, el legítimo sucesor del mandatario “bolivariano” debió ser el entonces presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello. Las sombrías raíces del madurismo, por si existe algo semejante, arraigan directamente en la ideología de Hugo Chávez, el verdadero instaurador de un indigesto cóctel de fascismo, populismo y marxismo “revisionista”, hoy apodado chavismo.

Venezuela, como tantos países “en vías de desarrollo”, ha sufrido de permanente inestabilidad política, del ir y venir entre el orden dictatorial, las inclemencias del caudillismo y con algunos períodos de encomiable democracia y estabilidad económica. Chávez, oficial de las fuerzas armadas de Venezuela, pretendió un golpe militar que fue abortado y que le costó un tiempo tras las rejas, aunque pronto surgió para él un impetuoso apoyo que permitió su liberación. En 1999 ganó las elecciones presidenciales y se estableció como la gran esperanza para el llamado mundo progre. Innegable su carisma, pero Hitler también llegó al poder por vía de elecciones democráticas libres y no le faltó el carisma de Satanás.

El problema de fondo del caso Maduro es que el verdadero auspiciador de su brutalidad fue Chávez, quien pocos meses antes de su muerte dejó establecido que Nicolás Maduro debía ser su reemplazante.

¿Y quién es Maduro? Un self-made man es mucho decir. Nació en pobreza, no concluyó su escolaridad, condujo autobuses por espacio de siete años y luego se cegó con la simpatía que le demostraba Chávez. Fue uno de los impulsores de la campaña de liberación del ex militar cuando éste permanecía preso. Y Maduro haría carrera a la sombra de Chávez. Como Stalin y Jrushchow a la sombra de Lenin. La brutalidad es un estimulante común de los déspotas. Y la brutal represión que hoy se ejerce contra los venezolanos da testimonio suficiente de su pensamiento “básico”, a pesar de todas las argucias chavistas para evitar la “intromisión” de los medios de comunicación mundiales, que día a día van desmenuzando lo que ocurre y se hacen eco de los luctuosos sucesos acaecidos en Venezuela.

No pretenderé aquí reiterar los datos más recientes, pues todavía hacen primeras planas y apuntan a una creciente viscosidad de la situación. Los ataques maduristas contra la Asamblea Nacional, la prensa y la empresa privada, la pauperización de una ciudadanía sufriente, las frustradas esperanzas de los presos políticos y las disquisiciones de los organismos internacionales nos llegan cada mañana con el desayuno.

La momentánea conclusión respecto de la oscilante situación es que el virtual dictador venezolano suele dar cinco pasos adelante para luego y titubeando, dar sólo uno para atrás. ¿Asombrarnos cada mañana? No, la desgracia ajena en nuestras pantallas pronto es reprimida por nuestro racionalismo para hacer del olvido alivio. Son pocos los chilenos que recuerdan a cabalidad lo acontecido en Chile en los albores de los 1970. O en Argentina bajo Perón y su arrogante pseudo fascismo. No hablaré de Cuba, pues da urticaria. Regímenes de “democracia popular” acuñan su sello personal y acaban convirtiéndose en monarquías absolutas y heredables. En Venezuela se pone una vez más en escena el peligroso rito de instauración del personalismo totalitario, fatalidad que de tiempo en tiempo afecta a países diversos, quienes en consecuencia derivan hacia las antípodas del régimen democrático representativo, que si bien inestable en sí, siempre es perfeccionable. Y en esto último reside su gran ventaja, aunque también su debilidad. Las democracias occidentales no han incorporado en su mayoría un principio fundamental: “No abrirás las puertas a los enemigos de la democracia”, a menudo ocultos tras el babero de reivindicaciones juveniles o las barbas ideológicas de carácter prehistórico.

Lo más descabellado del drama venezolano parece ser que en la actual constitución de la República Bolivariana, primero redactada por una asamblea constituyente y después aprobada en el referéndum constitucional de 1999, afirma que la República Bolivariana de Venezuela se constituye como un estado social y democrático de derecho y de justicia, que sostiene como valores un estado socialista, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia y la responsabilidad social, además de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político.

La actual situación venezolana exhibe una gravedad que amenaza con arrastrar al país a un punto sin retorno. Hasta ahora han sido pocas las voces que se han escuchado con fuerza en el mundo. Casi todos hacen como si no pasara nada.  La OEA, la ONU, naciones democráticas supuestamente garantes de la libertad -como Estados Unidos- e incluso altas instancias de la Iglesia Católica, como el CELAM, no parecen querer ir más allá de una intervención simbólica, aunque paso a paso se observa una mayor disposición a tomar cartas en el asunto. Sólo muy recientemente ha puesto Washington alguna atención en Caracas, lo que se espera amplíe el rango de las protestas, cuya represión será explicada como “herramientas del imperialismo”. El flaco favor que con sus acciones acotadas hizo a la comunidad latinoamericana el ex Secretario General de la OEA, José Miguel Insulza, de reconocida trayectoria socialista, al someterse al dictat de poner paños fríos a lo explosivo, ha sido medianamente contrarrestado por el actual, Luis Almagro, quien sí ha formulado llamados y ha alentado la acción de los gobiernos del continente para frenar a Maduro. Pero, éste no es un hombre que se amilana ante “llamados” y “sanciones”. Sencillamente dio otro paso adelante y desvinculó a Venezuela de la OEA. Al menos formalmente. Pronto volvió a titubear.

Para tomar nota de otra arista de la situación venezolana debemos resaltar el hecho de que la “república bolivariana” no ha podido hacer frente a la histórica media de 18 mil asesinatos anuales en el país, la segunda tasa más elevada del planeta, factor no despreciable en relación a la sangrienta represión madurista que ya ha costado la vida a unos cuarenta opositores. “País caliente” se dice. Claro, aún más caliente cuando se despliegan sobre los techos aledaños a las calles por donde se desplazan los manifestantes a francotiradores que se afanan en incrementar la mortal tasa, o cuando las fuerzas de seguridad y los “colectivos bolivarianos” golpean a matar a mujeres y adolescentes. ¡Matar es sencillo, llevar la vida a buen destino, difícil, compañero Maduro!

Hubo en el pasado un caso notable que justificó la llamada “injerencia humanitaria” para impulsar a las naciones a una intervención: Somalia. Venezuela no está lejos de una “crisis humanitaria” de alto voltaje y tan sólo el hecho de que con el dinero del petróleo se estén comprando voluntades y silencios fuera de Venezuela y que el régimen sea “progre” explica la actitud cómplice de parte de naciones latinoamericanas de orientación filo-marxista. ¿Qué dirían los medios de comunicación y los líderes políticos y religiosos del mundo si esto pasara bajo un dictador de derecha? En esto, como en tantas otras cosas, ser de izquierdas -moderadas o radicales- da una especie de vamos a la arbitrariedad y el matonaje.  Más grave aún es que en Venezuela hay millones de personas que viven sin seguridad, sin alimentos y sin garantías constitucionales, dependiendo de la arbitrariedad de una dictadura todavía embrionaria que lenta y “prudentemente” va revelando su objetivo totalitario. “Venezuela muy pronto puede ser peor que Siria”. Así estiman observadores y analistas europeos. ¿Cuánto tardará la ciudadanía venezolana en exhortar directamente a los países vecinos?

Ahora, veamos cómo las ideas del chavismo ya no sólo sirven de ejemplo para lugares como Nicaragua, Ecuador o Bolivia, sino que se están exportando a Europa. Y no es broma: los movimientos inspirados en el chavismo ya se han posicionado como la tercera fuerza electoral en España y Francia nada de poca cosa.

La espuria solución de Maduro a su drama individual y al colectivo es la cada vez más popular receta mágica para los dolores del socialismo latinoamericano: Asamblea Constituyente… para “refundarlo todo”. ¿Le suena conocido? Es que la receta simple, pero grandilocuente, de convocar a las masas a un proceso refundacional ya no reconoce fronteras. En el plano más inmediato, Maduro ha amenazado con repartir medio millón de fusiles a las milicias bolivarianas o “colectivos”, con objeto de sacar adelante su “revolución”.

La República Bovariana se aproxima a su desquiciamiento histórico. Pero éste no puede ser bien comprendido sin hablar de los esfuerzos realizados a favor o en contra de Maduro.  Luisa Marvelia Ortega Díaz (59), amén de ser chavista a ultranza, se ha posicionado como uno de los rostros más conocidos del gobierno de Maduro hecho que se debe principalmente por ser la Fiscal General de la República, que envió tras rejas a Leopoldo López, líder de la oposición, pero que sorprendentemente rechazó la finta madurista de eliminar la Asamblea Nacional y “entregar” el poder a los tribunales, dominados por el madurismo. En Venezuela hay una soterrada lucha entre los poderes del estado. Tras la exigencia del parlamento de defenestrar de sus cargos a un número de integrantes del tribunal constitucional, el gobierno socialista acusó a la mayoría parlamentaria de oposición de intentar un “golpe de estado”. Maduro: “Enfrentamos un desquiciado ataque de la oligarquía y del imperialismo”. Soberbia mezcla de socialismo a la antigua y populismo desfachatado. Claro que al hablar de “populismo” se entra en un terreno fangoso. Pues en determinada situación puede hablarse de populismo neto, y en otra de demagogia pura. Ahora bien, tampoco faltan ingredientes puramente fascistas –no hitleristas- contando entonces con una gran variedad de recursos y métodos. Por otra parte, sobran razones para considerar que este neofascismo y el nacionalismo a ultranza siempre han cultivado lazos con la izquierda política, constituyéndose en una variante chovinista del socialismo de estado, v. gr. bolivarianismo, peronismo, chavismo, con sus programas económicos colectivistas, su proteccionismo, sus nacionalizaciones y su narrativa política. Dato de antología al respecto: está documentado que V. I. Ulianov, alias Lenin, se inspiró en los principios fascistas que esgrimían algunos feroces partidarios de la Rusia zarista en lo referente a la estructura de su estado totalitario. Todo es un solo pastiche en esta aldea global, síntoma de los grandes cambios paradigmáticos que vivimos sin mucho darnos cuenta.

El patético y regresivo estilo de conducción del actual mandatario de Venezuela destaca tan poderosamente en el mapamundi como el de su “colega” Kim, en Corea del Norte, tan inmaduro que el Presidente estadounidense Donald Trump, aparte de ofrecerle un acercamiento personal, lo tildó de jovencito inexperto (tiene 27 mal llevados años). Hay también implicancias e inserción de la corriente política venezolana en el vasto abanico global, constituyendo sin duda uno más de los “hot spots” mundiales actuales, junto con la violencia que nuevamente amenaza a Colombia y a la América central, los siniestros atentados del extremismo musulmán, las vergonzosas corrupciones y malversaciones en todo el orbe, la incapacidad de los políticos de mirar más allá de sus calculadoras y toda la pandemia de desaciertos que parecen regir el mundo global, factores todos que obligan a recordar la Europa de los años 30 del siglo recién pasado.   Muchos hablan hoy de la carencia de líderes genuinos. Porque, dígame usted, ¿cuántos estadistas se perfilan en su conciencia cotidiana? Bastan los dedos de una mano, si es que no sobran.

Los torpes carraspeos egocéntricos de personajes no nacidos para gobernar suelen atribuirse al subdesarrollo político, económico y social de sus países, lo que indefectiblemente conduciría al voluntarismo dictatorial. Esta suerte de individuos desconoce por completo la realidad más profunda de la democracia, tal como surgió en Occidente. Y Nicolás Maduro no ha madurado como para darse cuenta de que no puede moverse como un elefante aprisionado en una cristalería (por demás, bien defendido por su eterno chaleco antibalas), sino que debe alcanzar un desarrollo personal que le permita comprender los acontecimientos y las transformaciones reales que ocurren a nivel global.

Históricamente, cuando no hay nada o muy poco que repartir, las naciones se ven tentadas por los infaltables flautistas de Hamelin, desconociendo que hay que invertir y hacer producir ese poco para sumarse al coro de los países dignos y libres. Otra señal característica es que se niega toda probidad y derecho de ejercer la política a quienes han logrado fortuna, síntoma característico del ideario marxista gramsciano y castrista (fenómenos cuyo paralelismo valdría explorar).

El problema con el escenario venezolano es que cuando sus principales actores optaron por “bajar” el libreto de Hugo Chávez, la utopía bolivariana cayó hecha añicos, pues bien sabemos que cuando la realidad supera a la fantasía se acaba la izquierda, como bien sabemos en Chile y debería aprender Maduro. Hablar abiertamente de V. I. Ulianov (Lenin) no parece ya decoroso, pero sus tácticas decimonónicas siguen aquerenciadas en nuestra América latina. El arte de la deconstrucción sistemática del sistema democrático representativo y de la economía de mercado es un sino de las izquierdas, tanto de las duras como de las solapadas.

Y ya que de historia hablamos, hablemos de los “hard facts”: Nicolás Maduro fue juramentado como presidente de la República Bolivariana en reemplazo de Chávez tras fallecer éste. Fue ratificado por la Asamblea Nacional, no obstante que según el artículo 233 de la Constitución chavista aquello era inconstitucional. Teniendo a su favor toda la maquinaria chavista, logró reelegirse en 2013. El 9 de septiembre del mismo año fue presentada ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) la impugnación de las elecciones debido a un supuesto y engañoso recuento de los votos. Transcurrió apenas un día para que Maduro hiciera efectiva la salida de Venezuela de dicho mecanismo. ¿Cuál fue el trasfondo de esta situación? Las elecciones presidenciales de Venezuela se desarrollaron el 14 de abril del 2013. En ellas se emitieron 14 988 563 votos válidos, distribuidos de la siguiente manera: Nicolás Maduro Moros obtuvo 7 587 532 (el 50,61 %) y Henrique Capriles Radonski, 7 363 264 (el 49,1 %). La conflictividad política de 2013 por los resultados de la elección presidencial desencadenó las manifestaciones venezolanas de 2014, a las que se sumó un deterioro marcado de la economía, un aumento sostenido de los índices de criminalidad a nivel nacional y denuncias de corrupción en organismos públicos.

Ahora bien, Maduro hace preguntarse por la verdadera ideología de Chávez, tildado por uno de sus discípulos como “el mayor humanista de la historia”. ¿Comunismo caudillista, con una careta mesiánica? Latinoamérica estuvo por décadas presa de la ideología que emanaba y sigue emanando de la trágica Cuba, altar de las ilusiones y del supuesto paraíso que construirían Fidel y el Ché Guevara, y que a ojos vista llegó a parecerse más al Gúlag que al Edén de las libertades. Chávez nunca fue un niño de pecho. Era un utopista rendido al caudillismo y al tropicalismo político. Chávez fue un populo-fascista-marxista-chovinista. Podríamos aventurar que Maduro es una creación leninista de Chávez: ¡El poder a como sea! Las actuales resquebrajaduras al interior del chavismo, observadas con detenimiento por los analistas de la escena internacional, parecen nacer del intento madurista de salir adelante con un populo-marxismo-castrista. Pero le falta el brillo, la capacidad de convencer, la labia característica de Hugo Chávez. Además, sueña con extender el socialismo bolivariano a todo el continente hispanoamericano; ya hay países donde va sentando sus raíces. Con todo, Maduro sólo se parece cada día más a Kim, quien preside un país tras haber heredado en cargo de su padre.

Los populismos latinoamericanos vienen de larga data. El número de caudillos y de dictadores son virtualmente incontables en la historia de las naciones sudamericanas. Chile se ha salvado hasta hoy de contraer semejante mal. Pero nunca se ha analizado lo bastante cuál es la plataforma que sostiene a estos regímenes. El “peronismo” socavó el bienestar y la riqueza de la Argentina. El alma de los “descamisados” siguió su curso, proyectándose como el fatal sino de la vecina república. Tal vez Castro y su hermano hayan obedecido a una categoría diferente, pues accedieron al poder tras vencer en una guerra de guerrillas. Muchos de los otros llegaron forzados por intereses comerciales extranjeros y un gran número de ellos fueron elegidos democráticamente para acto seguido renegar de la democracia bien entendida. Pero junto al chavismo destaca otro engendro populista: el “kirchnerismo”. Hace unas semanas se viralizó en Internet la afirmación de una buena ama de casa bonaerense: “Cristina [viuda del “peronista” Kirchner y fundador del “kichnerismo”] robaba, pero teníamos para comer, hoy tenemos que laburar”. La increíble frase que encierra el largo drama argentino explica muchas cosas, muchas actitudes y una tremenda inmadurez cívica. ¿Perdurarán esas voces?

 

Martín Bruggendieck es filósofo de la cultura, escritor y traductor.