¿Qué se puede analizar hasta ahora desde la óptica de un liberal?
Publicado el 08.02.2017
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Poco más de dos semanas lleva Trump en el poder. ¿Qué se puede analizar hasta ahora desde la óptica de un liberal? Empezando por el lenguaje, es autoritario, improvisado por momentos y muy lejos de lo que se espera de un representante ilustrado. Pero se sabe que Trump no es un académico ni un principista. Es un empresario devenido en político o mejor, es político y además empresario. ¿Podría haber triunfado en las últimas elecciones sin ese lenguaje –esas armas- en un mundo donde los progresistas creen que los que no piensan como ellos son tontos o deben ser atacados? La izquierda se ha quedado sin ideas, incluso de las malas, y sólo recurre al relato, del que hasta hace poco era su dueño absoluto, para hacerse presente: descalificaciones -que en el caso de Trump pasaron de ilegítimo a impropio, inmoral, fascista y racista- y protestas violentas son sus únicas herramientas. Y están reaccionando con un grado de vehemencia rayano en la histeria contra todo aquel que se oponga a lo que ellos creen son verdades indiscutibles en ese relato dominante.

Esto acaba de suceder el pasado miércoles 1 de febrero en la Universidad de Berkeley en California, cuando se debió cancelar la presentación de un conferencista de derecha luego que una turba de manifestantes de izquierda oculta tras máscaras tomara el campus provocando incendios, rompiendo ventanas y atacando a los asistentes para impedir su disertación. El orador, Milo Yiannopoulius, escritor de 32 años del Breitbar News Network, es un gay que discurre contra feministas, otros líderes gays y contra el movimiento racista Black Lives Matter. Este tipo de discurso políticamente incorrecto simplemente no es tolerado por la izquierda ni los progresistas quienes, en lugar de aceptar un debate de ideas, se dedican a vandalizar sitios públicos impidiendo el ejercicio del derecho de libertad de expresión asegurado por la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos. Ante semejante amenaza que podría traducirse en costumbre, el poder Ejecutivo insinuó la posibilidad de retirar los fondos federales a dicha universidad, tras lo que inmediatamente Trump fue acusado de intolerante. Toda una paradoja considerando, primero, que los intolerantes fueron los que no permitieron que Yiannopoulius hablara, pero además que apoyaron a Obama cuando instauró la misma práctica sólo que para los contrarios.

Sin dudas el acto más importante del 45° presidente de los Estados Unidos ha sido la nominación del ministro de la Suprema Corte que reemplazará la vacancia producida por el fallecimiento de Scalia el 13 de febrero de 2016. Nadie puede sustituir a Antonin Scalia pero el presidente Trump ha hecho un intento excelente de nominar al Juez de Apelaciones Neil Gorsuch como el noveno miembro de la Corte. El juez Gorsuch es una voz líder en el Décimo Circuito de Apelaciones donde fue nombrado en el 2006 por George W. Bush. Es bien conocido en los círculos legales por su aguda prosa, sus argumentos a favor de la libertad religiosa y su escepticismo hacia las doctrinas judiciales que otorgan demasiado poder a la administración. Pero no importará que sea un excelente candidato. Este noveno juez es clave. La Suprema Corte de los Estados Unidos es una pieza esencial en el sistema de pesos y contrapesos que mantiene los derechos de los individuos a salvo. Scalia, con su pluma sagaz y controversial en la defensa de la libertad de las personas y, por lo mismo, de los límites al poder del gobierno federal, se pronunció ilustrada y convincentemente a favor de los poderes no delegados de los estados y de la privacidad de las personas frente a los avances del gobierno central. Entre sus opiniones memorables quedan para la posteridad muchos fallos, fijando su posición que “No nos sentamos aquí para hacer la ley, para decidir quién debe ganar. Decidimos quien gana bajo la ley que la gente ha adoptado. Y muy a menudo, si se es un buen juez, no nos agrada realmente el resultado al que se está llegando”. Esta es la posición que seguirá Gorsuch.

Y por ello la batalla por su confirmación ya empezó con toda fuerza. Los demócratas invocan el supuesto mito de la banca robada a Obama cuando los republicanos se negaron a confirmar el año pasado a su nominado, Merrick Garland. Sin embargo el puesto no corresponde al presidente si no es con la concurrencia del Senado. Y se debe retroceder 80 años para encontrar un caso donde un presidente nominó un miembro a la Corte en su último año de mandato. De hecho, el criterio de no confirmar un nominado a la Suprema durante el año final de una presidencia fue fijado precisamente por los demócratas. Y por nadie menos que el actual líder minoritario del Senado, Chuck Schumer. Este estándar de los demócratas se remonta incluso más atrás, a los días de Joe Biden como presidente del Comité Judicial del Senado quien se opusiera en junio de 1992 durante el año final de George H.W. Bush a una nominación hasta la elección de noviembre de ese año.

En todo caso, la discusión actual para impedir la aprobación de Gorsuch es utilizar el procedimiento del filibusterismo, técnica de obstruccionismo parlamentario por la que se pretende bloquear la aprobación de una ley gracias a discursos de larga duración en sistemas como el americano donde no existe límite de tiempo para hablar en el Senado. De ejercer este mecanismo, algunos republicanos ya han adelantado la intención de hacer uso de lo que se denomina la “nuclear option”. Se refiere a una movida del partido mayoritario del Senado –los republicanos actualmente– para cambiar las reglas poniendo un límite de tiempo a la discusión previa a la votación. En el actual contexto significaría votar por simple mayoría para poder terminar el debate para dar paso a la votación del candidato propuesto, cuya regla constitucional es simple mayoría. Antes de haber sido ejercida esta opción ya están criticando a Trump, pero el antecedente en su uso corresponde justamente…¡a los demócratas! quienes en el 2013 la usaron para lograr que la mayoría de las nominaciones ejecutivas y judiciales fueran aprobadas sin someterlas a debate.

Una medida que ha creado gran controversia fue la orden ejecutiva que el presidente Trump emitió el 27 de enero pasado suspendiendo por 120 días la entrada de refugiados, de emigrados de Siria por tiempo indeterminado y de cualquier individuo proveniente de Irán, Iraq, Libia, Somalía, Sudán y Yemen por 90 días. Esta facultad presidencial proviene de una ley de 1952, de Nacionalidad e Inmigración y fue utilizada por Jimmy Carter en 1979 prohibiendo el ingreso de iraníes y usada por los últimos seis presidentes. Incluso la orden de Trump está basada en una de Obama firmada en diciembre de 2015 en la que se restringió el permiso de ingreso a las personas de esos mismos siete países musulmanes, los que desde luego con la excepción de Irán están plagados de yihadistas. Antes de eso y en el 2011 Obama actuó de manera más severa aún prohibiendo el ingreso de cualquier iraní por seis meses, sin que nadie protestara en las calles por ello. Es decir que su uso no es una novedad. Lo que no exime a la Casa Blanca de Trump de las fallas en las que incurrió al no prepararse adecuadamente para dictar la orden. Demasiados errores novatos en temas que restringen la libertad de las personas, pilar de la constitución americana.

Es difícil opinar en el tema de fondo. Quizás la mejor prueba sea que los musulmanes mayoritariamente, con las mismas preocupaciones de seguridad que los americanos, están a favor de una intervención estadounidense para terminar con el islamismo extremo. Los videos subidos a Youtube de ISIS decapitando hombres y mujeres, occidentales y pecadoras musulmanas por igual son emotivamente devastadores e incomprensibles para nadie que no crea que salva al mundo matando al grito de “allahu akbar”.

En todo caso que el sistema estadounidense tiene sus propios frenos, independiente de la voluntad del presidente, queda demostrado con el fallo del juez federal James Robart de Seattle que detuvo temporalmente la implementación de esta orden ejecutiva.

Pero lo que no puede discutirse es que sí tuvo razón Trump al despedir a la Sra. Sally Yates, Fiscal General de la Nación. Quiso pasar por una mártir progresista en lugar de cumplir su tarea conforme los parámetros del departamento de Justicia del que era empleada. En una carta del lunes 30 de enero a los funcionarios de ese departamento, Yates explicó que ella y su departamento se negarían a defender en tribunales la orden ejecutiva en cuestión ante cualquier demanda, lo que equivale a dejar al poder ejecutivo sin defensa en todo el país. Si se hubiera tratado de una orden ilegal o manifiestamente injusta se hubiera entendido. Pero la Sra. Yates tuvo que reconocer que la Oficina de Asuntos Legales –encargada de vetar tales órdenes presidenciales– había declarado la orden de Trump como “legal y adecuadamente redactada”. Por ello, Yates debió conceder que la mera legalidad no era suficiente para defenderla y que su obligación era también defender lo correcto. Es decir que sus diferencias eran sobre su propia moral y preferencias políticas, y no sobre la ley. El presidente no tuvo otra opción que despedirla. Hizo bien en defender la integridad del Poder Ejecutivo ya que si cada oficial puede ignorar las órdenes de la máxima autoridad basado en desacuerdos de políticas, la responsabilidad democrática que termina en el presidente deviene imposible de exigir.

Una última medida para analizar, la mala. Su fallida negociación con México, símbolo de su autopromocionado proteccionismo. Trump ha errado en entender a su oponente y se equivoca si cree que el NAFTA se puede disolver sin causarle un gran daño a los Estados Unidos, país al que ha jurado proteger. México es el tercer socio comercial del país del norte y unos seis millones de puestos de trabajo dependen  del comercio con el vecino, además de un 13% de las exportaciones agrícolas.

Los críticos han argumentado que las multinacionales estadounidenses están abandonando su país mudando su tecnología y trabajos al exterior a través de su participación en cadenas de suministro globales. En realidad lo opuesto es verdad: a través de un aumento de la competitividad de las empresas mejorada por el rol clave de Estados Unidos en dichas cadenas, la productividad y los estándares de vida estadounidense son mayores hoy de lo que serían de otra manera. Seguramente Trump tiene esto claro. Probablemente se trate de otra bravuconada política para darle el gusto a quienes con su voto en el margen permitieron su triunfo. Si la economía mejora, gracias a la reforma tributaria y otras disposiciones pro inversión y producción, la idea del comercio como juego suma cero con el vecino pronto será olvidada y Trump siempre podrá argumentar que el sistema no lo dejó actuar. No hay que olvidar que, a diferencia de China donde rige una dictadura comunista, en los Estados Unidos existen barreras institucionales, formales e informales, que el presidente no podrá sortear a su antojo. Entre otras, las sentencias de la Suprema Corte que él habrá contribuido a fortalecer con su nombramiento.

George Orwell y su famosa novela “1984” vuelve a estar agotado en las librerías. Sus lectores quieren resolver el acertijo “Trump” entre sus páginas. Quizás porque saben, como dice Orwell, que “quien controla el presente, controla el pasado. Y quien controla el pasado, controla el futuro”. Hasta hace poco no cabía dudas que el presente estaba controlado por el progresismo internacional, movimiento heterogéneo que se alimentaba de un relato furibundamente anticapitalista –el capital occidental como encarnación de todos los males. Sin embargo, la respuesta a la existencia de esta sociedad orwelliana no hay que buscarla en el actual presidente sino mirando hacia atrás, en su antecesor y quienes lo rodearon. Fue él quien institucionalizó las órdenes ejecutivas para saltarse el Congreso, bombardeó más países en menor tiempo después de la II Guerra Mundial, deportó más ilegales en los últimos 30 años, quien ocupó vacantes sin la confirmación de la Cámara Alta aprovechando recesos cortos, nombramientos que fueron rechazados por voto unánime de la Corte. Los demócratas, la mayoría de los medios más prestigiosos, intelectuales y celebridades hollywodenses, en lugar de someterse a la autocrítica y entender las razones de su propio fracaso (Brexit incluido), se limitan a repudiar a Trump y vociferar barbaridades a lo Madonna, incitando a hacer explotar la Casa Blanca con Trump adentro. ¡Qué sería de alguien de derecha si hubiera dicho lo mismo de Obama! Parecen aristócratas dieciochescos detestando la idea que sus presuntos inferiores intervengan en asuntos importantes olvidando que al vivir en democracia no les queda más remedio que averiguar qué pasa por las mentes de quienes ya consideraban resignados a su suerte. Si hay alguna chance que esta tendencia hacia el poder omnipresente de algunos ilustrados que se instalan en el gobierno cambie, es que Estados Unidos vuelva a limitar, como lo concibieron los Padres Fundadores, los poderes del estado y consideren que las personas son anteriores al Estado. Al restituir la visión de Scalia con el nombramiento propuesto para la Corte, va en la dirección correcta. Dependerá de muchas otras disposiciones que adopte para que quizás se produzca la paradoja que quienes lean “1984” buscando en ella la encarnación de Trump, encuentren que sea él -en cambio- quien impida que el camino hacia el Gran Hermano iniciado por otro no se haga realidad.

Eleonora Urrutia, abogada y MBA y PhD (c) en Economía