¿Qué debiera ofrecer una carrera de pregrado como mínimo para que, independiente de dónde desarrolle sus habilidades profesionales el alumno, ésta sea funcional a sus distintas posibilidades?
Publicado el 11.01.2017
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El 43% de los profesionales no trabaja en lo que estudió, según una encuesta elaborada por Trabajando.com. Las razones: el 9% respondió que es porque se decepcionó de su carrera; el 22% lo atribuye a que descubrió otras cosas que le apasionan más que lo que estudió, y un 26% respondió que necesita un mayor ingreso económico que el provisto por su  profesión.  Según otro estudio, de la Universidad de Santiago, Chile pierde US$780 millones anuales –  67% provenientes de las familias y el 33% aportado por el Estado-,  ya que los alumnos no terminan las carreras.

¿Qué dice esta información? Primero, que las carreras de pregrado no son determinantes respecto a lo que las personas harán en su futuro laboral. Pero nos da a pensar otro punto. ¿Qué debiera ofrecer una carrera de pregrado como mínimo para que, independiente de dónde desarrolle sus habilidades profesionales el alumno, ésta sea funcional a las distintas posibilidades que le depara su futuro?

Nuestro modelo educativo evalúa sobre la base de preguntas de alternativas, mientras se sabe que las experiencias de otros países que poseen pruebas estandarizadas que abordan otras dimensiones –  como la escritura –  resultan con mejores resultados. En Chile sólo se estandariza por respuestas de alternativas, lo sabemos bien quienes hacemos clases en la universidad. No todos los alumnos saben qué es un ensayo y son menos aún quienes saben redactar uno. El pensamiento crítico, la redacción y el uso de figuras literarias, la argumentación y el análisis crítico de las fuentes, no son habilidades que los alumnos han desarrollado en el colegio, salvo excepciones. Por lo mismo, cabe sugerir por qué no debiera ser ese el rasgo común a la formación básica universitaria: saber leer (comprensión lectora) y escribir. Algo tan obvio, ¿no?

Este problema que vemos en los colegios sigue en la universidad. El estudio de “materias”, pruebas que verifican si alguien memorizó un contenido o lo que el profesor enseña, siguen en la misma dirección. Es recurrente por tanto que la práctica escolar de “hacer un trabajo”, esto es, redactar un texto descriptivo sobre un asunto dado, se replique en la universidad. Por lo mismo, resulta tan difícil proponerle a un alumno que desarrolle una idea, proponga una tesis, y argumente su posición, tal como lo hacen los mismos libros que él está leyendo. Es cosa de ver las redes sociales para constatar los efectos de esta carencia a nivel nacional.

Una cuestión del modelo institucional guarda relación con que haya que entender, por una parte, con la titulación y el ejercicio profesional (ejercicio que puede darse incluso sin títulos) y, por otra, con el espíritu del grado académico que otorga la universidad. En los mejores sistemas académicos del mundo, el estadounidense y el británico, no es extraño que alguien se gradúe en letras o historia del arte, para luego estudiar un MBA o irse a una escuela de derecho. Valga como anécdota la de un conocido que decidió estudiar teología en la Universidad de Oxford, para luego ingresar en contabilidad. Lo primero era lo que le apasionaba, lo segundo lo que según él le daría la tranquilidad económica que quería para su futuro. Un día llegó a un puesto de cierta importancia en la compañía en que trabajaba; me comentaba que en la cultura inglesa, el haber estudiado teología demostraba que era capaz de hacer cualquier cosa que se propusiera, lo que es muy valorado en el mundo de los negocios. Otro ejemplo, el del anterior presidente del Bank of London. Todos los años invitaba a almorzar al mejor egresado de filosofía de la universidad de Oxford. Si la entrevista no resultaba, hacía lo mismo con el primer egresado de matemáticas. Y sólo si éste tampoco funcionaba recurría a la escuela de negocios para invitar al mejor egresado a ingresar al banco.

Y el punto es que la profesión es una cosa distinta al estudio universitario. En Chile, las universidades ofrecen carreras técnicas al mismo tiempo que dan grados académicos, quedando ambos indiferenciados, a la par que existen otras instituciones técnicas que sólo dan títulos. No es raro entonces que en nuestro país se desprecie culturalmente el estudio de ciencias básicas, las letras, la historia o la filosofía, e incluso las matemáticas y se valorice el título universitario per se, sobre el técnico profesional. Lo que desde luego impacta en la calidad de los alumnos que entran a estudiar  carreras tradicionales, en desmedro de las  ciencias y las humanidades.

No cabe duda que si queremos pensar en la universidad del futuro, las universidades deberán asumir los cambios que se vienen. Pero si tal como se señaló en el Foro Económico Mundial de Davos del 2016, el 65% de los niños de hoy trabajarán en empleos que aún no existen, entonces es fundamental pensar las bases de la universidad desde el cambio pero orientado hacia lo que ha sido perenne a la inteligencia humana desde ya hace unos buenos siglos de cultura occidental. A mi juicio, esto se da en el desarrollo de las habilidades argumentativas y del pensamiento, las que encontramos en el estudio de la filosofía, las letras y la historia, frente a las que las ciencias no están excluidas, sino que son complementarias. ¿Por qué no imaginarnos un curso de cálculo o introducción a la economía donde el alumno se exponga a pensar las bases del análisis diferencial o los supuestos del coeficiente de GINI y su examen consista en escribir un ensayo? Es más probable que un ciudadano así formado a la hora de discutir temáticas como la equidad y la distribución de la riqueza, no tenga solo una cifra sino un argumento fundado que defender.