Los liberales somos pocos, mientras que los enemigos de la libertad parece que fueran legión. ¿Es la libertad un ideal democrático?
Publicado el 24.12.2015
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La puertecita de la jaula había quedado abierta. El pajarito se plantó, con un ligero estremecimiento, en la entrada y desde allí miró el vasto mundo primero con un ojo y después con el otro. Por su cuerpecito pasó el estremecimiento del deseo de los espacios vastos para los cuales estaban hechas sus alas, pero después pensó: “Si salgo, podrían cerrar la jaula y yo quedaría preso fuera”. El animalito volvió a entrar y poco después vio, con satisfacción, cerrarse la puertecita que sellaba su libertad”.

Italo Svevo, Fabulas.

La fábula de Svevo es una radiografía del Chile actual. Nos cierran la jaula y la mayoría de nuestros conciudadanos pareciera experimentar el mismo alivio liberticida del pajarillo. A los liberales nos cuesta entenderlo. Nos perturba. Porque lo que nos hace liberales es justamente lo contrario, sentir la libertad como nuestro ideal, como algo excelente, un bien que debe ser deseado, respetado, cuidado, incrementado y, llegado el caso, defendido. Pero los liberales somos pocos, mientras que los enemigos de la libertad parece que fueran legión. ¿Es la libertad un ideal democrático? En las líneas que siguen intento responder a esa pregunta.

Partamos por el principio. En un período relativamente reciente de la historia de la Tierra -que los paleontólogos denominan Oligoceno- y que concluyó hace varios millones de años, surgieron unos simpáticos mamíferos, los primates o simios. Por una extraña mutación, estos animales iniciaron un proceso de cerebración progresiva, caracterizado por un crecimiento notable del neocórtex (cerebro nuevo o superior), en comparación del arquicórtex (cerebro antiguo o inferior) y por un incremento de los elementos neuronales y consecuencialmente del volumen de la masa encefálica. En ciertas especies de simios este incremento llegará a constituir una verdadera hipertrofia. A partir de entonces, habrá hecho su aparición en la escena terrestre esa “obra maestra”, “quintaescencia del polvo”, “adorno del mundo”… el hombre.

Obviamente, esta deformación produjo consecuencias inusitadas en los procesos psíquicos de aquel primate y, por ende, en su comportamiento. La criatura comienza a desligarse de la conducta previamente programada, del “piloto automático” que gobierna a las demás bestias (de eso que suele llamarse “el instinto”): sus acciones se vuelven voluntarias. Con ese déficit de determinación comienza la libertad y, como ha quedado dicho, la humanidad misma.

Ya lo decía Ortega «…el hombre es un animal que perdió el sistema de sus instintos o, lo que es igual, que conserva de ellos sólo residuos y muñones incapaces de imponerle un plan de comportamiento. Al encontrarse existiendo se encuentra ante un pavoroso vacío».

El hombre es, pues, una aberración, una disonancia de la naturaleza, un ser antinatural. El único animal que al despertarse por la mañana debe decidir qué hacer. Más grave aún, el único animal que debe decidir, día a día, qué ser. La vida se transforma en tarea y problema abierto… “una tarea de extenuante cumplimiento”, en palabras de Schopenhauer. Y es que de la mano de la libertad venía su hermana, la angustia, y otros peligros todavía mayores.

Angustia, desorden, destrucción, los vicios redhibitorios de la libertad. Y es que la libertad del hombre es radical. Lo cual significa primeramente que la libertad está ligada de manera indisoluble a la condición humana y enseguida, que esa libertad es tan grande que al ejercerla su titular puede escoger el mal. El mal es el precio de la libertad, dijo una vez Kant. Aunque tal vez resulte un poco anticuado en una época como la nuestra, situada “más allá del bien y del mal”, utilizar tal concepto. Digamos mejor que el hombre es libre incluso para definir su moral o prescindir de ella, que viene a ser lo mismo. Dicho de la manera todavía más sencilla: el hombre es también libre para dañar. Uno puede levantarse en la mañana deseando ser asesino en masa y concretarlo después del desayuno. Acaso la libertad, entendida como desobediencia a algo por encima de la propia conciencia sea, precisamente, la fuente de todos los males, como lo insinúa el famoso relato bíblico sobre la caída.

Se puede discrepar, pero resulta sintomático que los hombres hayan inventado presurosamente sustitutos feroces para los instintos (jerarquías, tabúes, rutinas, moral, Derecho). Ya en los núcleos humanos más primitivos comenzó a reprimirse severamente la libertad (ante todo la libertad sexual). Esta coacción no sólo evitó a los individuos transitar la peligrosa senda de la desesperación, sino que garantizó la pervivencia de la especie y el florecimiento y esplendor de las civilizaciones.

Thomas Hobbes vislumbró estas cosas en su conocido Leviatán. Pero quien sin duda mejor las ha expuesto es Dostoiewski en Los hermanos Karamazov a través de la parábola del Gran Inquisidor. Este reprocha a Cristo su intempestiva aparición:

«…Tú les prometías el pan del cielo. ¿Y acaso, a los ojos de la débil raza humana, eternamente ingrata y depravada, es comparable ese pan al de la tierra? ¿Te conformarás Tú sólo con los grandes, con los fuertes, a quienes los otros, los que son débiles pero que te aman, no servirán sino como materia de explotación? Nosotros amamos también a esos seres débiles. Aunque depravados y rebeldes, al fin se volverán dóciles. Se asombrarán y nos creerán dioses por haber consentido en tomar el peso de su libertad y en reinar sobre ellos, que tan grande será el miedo que tendrán a ser libres […] Nada hay más seductor, para el hombre, que el libre albedrío, pero tampoco nada más doloroso. Y en lugar de principios sólidos que habrían tranquilizado para siempre la conciencia humana, Tú elegiste nociones vagas, extrañas, enigmáticas, todo aquello que sobrepasa a la fuerza de los hombres y con ello obraste como si no los amases. ¡Tú que habías venido a dar tu vida por ellos! Aumentaste la libertad humana en vez de confiscarla, e impusiste para siempre al ser moral los horrores de esa libertad. Quisiste ser libremente amado, seguido voluntariamente por los hombres. Quisiste que en lugar de obedecer la dura ley antigua, el hombre escogiese entre el bien y el mal, no teniendo por guía más que tu imagen. Pero ¿cómo no comprendiste que él rechazaría al fin, y hasta pondría en duda tu imagen y tu verdad, sintiéndose abrumado por el horrible peso de la libertad de elegir? El hombre exclamará al fin que la verdad no está en ti, pues en ese caso no les habrías dejado en una incertidumbre tan angustiosa, con tantas inquietudes y problemas insolubles. Tú preparaste la ruina de tu reino; no acuses, pues, a nadie de esa ruina…»

El inquisidor, viejo conocedor del alma humana, sabe muy bien que para la mayoría de los hombres la libertad lejos de constituir estado ideal, es una carga agobiante, la peor de las cruces.

Una versión más reciente del drama de libertad la hallamos en el libro La vida líquida, de Zygmunt Bauman, que pretende ser un diagnóstico del Zeitgeist postmoderno. Plantea que la vida de los individuos ya no puede mantener un rumbo fijo durante mucho tiempo porque las condiciones en que debe desenvolverse cambian vertiginosamente (sociedad moderna líquida).

La vida líquida conlleva una devaluación de la experiencia como guía para enfrentar los cambios y la consiguiente dificultad para proyectar la acción humana hacia el futuro. El nuevo sitio del hombre es el presente, el aquí y el ahora. La eternidad queda marginada, pero se la reemplaza mediante una elongación del presente en la que el consumo cumple una función clave: si se imprime suficiente velocidad a la vida temporal podemos alcanzar volúmenes de satisfacción que hacen irrelevante la mortalidad. Se puede experimentar todo en esta vida. Esto requiere una habilidad para desprenderse rápidamente de lo caduco.

La aptitud para el consumo es la medida de todas las cosas, cuando la pierden, quedan condenadas a desaparecer de escena. Cinética que arrastra también al propio hombre. Nadie puede eludir ser un objeto de consumo. La vida se ha convertido en un “juego de sillas que se juega en serio”, donde la capacidad de armar y sostener una identidad flexible ofrece el premio de ser rescatado, temporalmente, de la exclusión. Vencen los alciónidas, quienes pueden permitirse cultivar la liviandad y el desapego, los que han aprendido a desprenderse sin dolor de lo caduco. Pierden, en cambio, “los que no pueden revolotear en las flores para buscar la más fragante” ni reemplazar rápidamente las pérdidas, en definitiva los que carecen de libertad, víctimas de la nueva movilidad planetaria.

Movido entre el deseo de consumo y el temor a ser desechado, el individuo vive en una constante y perturbadora vigilancia e insatisfacción de sí mismo. Se presta nula atención a lo común, lo cual es fuente de mayores insatisfacciones, que desembocan en mayor egocentrismo y más desafección respecto de lo comunitario.

El texto me parece un buen diagnóstico del malestar social en occidente: un retorno del sentimiento de la fragilidad de la condición humana que había estado temporalmente anestesiado por promesas de estabilidad y bienestar socialmente garantizados que no se cumplieron. No comparto, sin embargo, el tono intensamente negativo que el autor imprime a la descripción del fenómeno, ni tampoco el optimismo que deja entrever al final sobre la posibilidad de revertirlo. Las consecuencias de “parar el mundo”, de detener la vorágine de la producción y del consumo, de ser posible, lejos de liberar a sus supuestas “víctimas” únicamente les traería miseria y muerte sin cuento. Ha sido justamente ese torbellino el que ha elevado a millones en el plazo de pocas generaciones desde la miseria a niveles de confort nunca vistos en la historia. El peligro de quedar atrás o de caer es cierto. Pero acaso haya llegado la hora de asumirlo y vivir peligrosamente. De transformarnos todos en alciónidas y cantar con la Carmen de Bizet:

«…qué hermosa es la vida errante/ el universo por país, tu voluntad por ley, / y sobre todo ¡la embriaguez/ de la libertad! ¡La libertad!»

 

Claudio Palavecino, profesor de la Universidad de Chile.

 

FOTO: HANS SCOTT/AGENCIAUNO