Sin ideas, el líder no pasará de ser un simple charlatán con capacidad de esparcir el mal, dependiendo del espacio que le permitan los que lo contemplan.
Publicado el 03.11.2016
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Las ideas tienen consecuencias y la realidad que nos rodea deriva, en gran medida, de su inmenso poder. Por eso dar la batalla en la defensa de unas u otras influye de forma decisiva en la sociedad. El problema es que para que las ideas calen es necesario tiempo y persistencia, como la gota que orada la piedra. Fue esa persistencia y determinación por las ideas liberales la que al cabo de muchos años -15 o 20– fructificó en el gobierno de Ronald Reagan, por ejemplo, que tantos beneficios le dio al pueblo estadounidense y por los que sigue siendo amado aún hoy.

Por el contrario, hay países que caen en la trampa de malas ideas. Malas ideas engendran malas políticas y éstas resultan en pobres resultados económicos. Lamentablemente, estos pobres resultados, en lugar de dar paso a buenas ideas, llevan a los pueblos a refugiarse en ideas cada vez peores, con resultados cada vez más nocivos. Este proceso conduce, tarde o temprano, a crisis económicas profundas, gobiernos despóticos y gobernantes megalómanos. Peor aún, a veces estas malas ideas se instalan para quedarse por generaciones enteras, como fue el caso del comunismo en la antigua Unión Soviética, y son millones los seres humanos que ven pasar sus vidas sometidos a las consecuencias nefastas de malas ideas que encontraron una grieta donde colarse en la sociedad y personajes inescrupulosos -cuando no maniacos– dispuestos a implementarlas a cualquier precio.

Ahora, en tanto no se discutan y defiendan ideas, tampoco habrá líderes que sepan llevar adelante las buenas empresas. La relación de dependencia entre el ocaso de las ideas y la carencia de líderes parece evidente ya que un líder sólo puede brotar cuando quien pretenda abrogarse esa condición esté en posesión vivencial de ideas y esté dispuesto a llevarlas a términoSin ideas, el líder no pasará de ser un simple charlatán con capacidad de esparcir el mal, dependiendo del espacio que le permitan los que lo contemplan. Por eso, en términos generales los actuales líderes no apelan a la razón presentando soluciones a los problemas de las personas que despierten sus emociones pero avaladas por el sentido común, sino que solamente tratan de despertar los instintos más primitivos en quienes los escuchan. Por otro lado, una sociedad cansada, con horizonte reducido, es presa fácil a la hora de instigar su emotividad sin contenido.

Que así sean las cosas no evita que esa carencia pase su correspondiente factura de empobrecimiento social; empobrecimiento de una sociedad que ni siente ni se compromete, sino que desenvuelve su vida vegetativa en una serie de formalismos -las elecciones entre ellos– que le ayudan a convencerse de que realmente vive. Un vivir, sin tullir ni bullir. Así se explica la decadencia de la Argentina o de Venezuela, otrora de los países más ricos del continente, sino del mundo.

Sí, la mediocridad de hoy es la de las ideas. Porque las ideas enraizadas no son objeto de renuncia ni, en su esencia, pueden ser objeto de transacción. Sin embargo hoy vivimos el triunfo del principio por algunos atribuido a Groucho Marx: “Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”. Es cierto que cuesta detenerse en las ideas, en los conceptos, en las abstracciones, pero se necesita. Es un signo de madurez personal e institucional.

No fue casual que Chile viviera en los últimos 30 años el periodo de mayor crecimiento y bienestar de su historia y que permitiera a millones salir de la pobreza, aumentar la esperanza de vida en forma espectacular, eliminar la desnutrición infantil primaria, incrementar la esperanza de vida al nacer y todo ello para los más pobres. Los ricos nunca estuvieron desnutridos. Respondió a la fuerza de un grupo de personas con la convicción necesaria para marcar el rumbo de su tiempo con las ideas que pensaban eran las mejores para su país y no dispuesta a dejarse llevar por agendas ajenas a sus convencimientos.

Tiempo atrás, sin embargo, la centroderecha en Chile abandonó el campo de las ideas quizás pensando que así podía llegar al poder. Se trató, pareciera, de la vieja lucha entre el objetivo de alcanzar como sea el poder, con las ideas como factor muy secundario o irrelevante, frente a tratar de ser gobierno para aplicar ideas y principios que se creen beneficiosos para la sociedad. Quizás ayudó a la confusión el hecho que todos los partidos estaban encantados con la idea de gastar más dinero del erario. La explicación es sencilla: con más dinero se tiene más poder, aunque solo sea para nombrar cargos a dedo.

Pero en estos momentos nos encontramos en una situación distinta. La coalición gobernante pretende un escenario casi pre-democrático donde lo que está en juego es la propia organización del estado y la delimitación del campo entre un concepto integrador que permita jugar a la centroderecha (socialcristianos, conservadores y liberales) y a la centro izquierda socialdemócrata, frente a la alternativa soñada por Bachelet de limitar el campo de juego a la socialdemocracia (su concepto de derecha civilizada) y a la izquierda comunista, condenando a liberales y conservadores al fuego eterno.

Atrás quedó la defensa de un estado que garantiza la igualdad de todos ante la ley. Atrás quedó la defensa de la libertad de enseñanza. Atrás quedó la defensa a ultranza de los principios de la civilización occidental (romana, griega y judeocristiana) en aras del relativismo y ateísmo a ultranza. Atrás quedó la defensa de las ideas y principios de la economía de mercado en aras de un renovado intervencionismo económico. Atrás quedaron, en fin, los consensos del bienestar de Chile de las últimas tres décadas, el Pacto de la Moncloa vernáculo.

Pero esto no le ha gustado al pueblo chileno. En las elecciones del domingo 23 de octubre pasado le ha dicho que no a este modelo neo popular y comunista perdiendo el gobierno en las diez comunas más pobladas del país, eligiendo más alcaldes opositores y consiguiendo la oposición más votos para alcaldes que todos los conseguidos por la coalición gobernante.

Una lectura posible es que los chilenos se preguntaron a la hora de votar qué sociedad querían, qué país querían. ¿Quiero que no exista libertad de educar a mis hijos, de emprender mi propio negocio, de contratar, de producir? ¿Quiero que se otorguen subsidios a tal o cual, quiero regulaciones asimétricas, impuestos cruzados, quiero más impuestos? Otra posibilidad es que hayan mirado a países como la Argentina o Venezuela, o a un ejemplo más moderado pero mediocre como Brasil y, en un acto intuitivo sin tanta reflexión sobre las ideas que sostienen a uno u otro ejemplo los chilenos hayan dicho que no quieren ser como Venezuela o Argentina.

Quizás el pueblo chileno sólo votó intuitivamente por lo que no quiere ser y no haya madurado todavía – ¿debería hacerlo alguna vez o es responsabilidad de quienes la conducen en sus distintos ámbitos? – las ideas que yacen detrás de una sociedad libre, de una sociedad en la que prima la idea de que usted, yo y todos somos iguales; la  idea de igualdad, pero de una igualdad de dignidad, igualdad ante la ley, igualdad para tener una meta, como dicen los ingleses. Este tipo de igualdad fue una idea nueva del siglo XVIII, una idea de Voltaire, de Smith, de la filósofa Mary Wollstonecraft, fue la gran idea de los intelectuales en Europa en los 1700 sobre la que se montaron todas las sociedad exitosas desde entonces a la fecha, sin excepción. Porque resulta que cuando se trata a la gente con dignidad se transforma en seres inmensamente creativo y se despiertan todas las fuerzas dormidas de esa sociedad.

La gran idea que representó el liberalismo, o vivir en una sociedad de libres e iguales no sólo fue exitosa para eliminar la pobreza, sino que resulta una idea profundamente moral y esa es la clave. Bajo el feudalismo las personas estaban obligadas a hacer las cosas por medio de la violencia. Bajo el socialismo, las personas están obligadas a hacer las cosas por medio de la violencia. En el medio, en el siglo XIX y principios del XX aparece el liberalismo, sistema en el que la gente no es forzada, sino que es persuadida, es inducida mediante una retribución a hacer las cosas, se hablan unos a otros y cooperan. Las personas a menudo piensan sobre el capitalismo como competencia. Pero eso no es lo que es el capitalismo. Por supuesto hay competencia, y esa es una buena idea porque nos protege de los monopolios, pero sobre todo el liberalismo es una forma de vida que permite vivir dignamente a las personas.

Esto es lo que no han aquilatado los líderes de la centroderecha chilena y que deberían sopesar para poder defender con fuerza y orgullo las ideas que yacen detrás del inmenso progreso de Chile. Sí, fue un progreso que puede medirse en números y en calidad de vida. Pero por sobre todas las cosas fue, y es un progreso moral que  respeta la esencia de lo que es ser humano, ser todos igualmente dignos unos hacia otros y que evita el trato con la violencia que necesariamente requieren las históricas alternativas de raigambres totalitarias a las que la humanidad se ha visto invariablemente sometida cuando ha ensayado escenarios distintos.

Ojalá en el año que queda surjan líderes convencidos de las bondades de vivir en una sociedad libre y sean capaces de defender las ideas sobre las que se sustenta, no solo por su eficiencia ya casi indiscutida,  sino y principalmente  porque es la única opción verdaderamente moral para todo chileno que considere a sus pares como igualmente dignos en su condición humana.