Embobarnos, he allí, ni más ni menos, la idea-fuerza del “proceso constituyente” ahora abierto. Por ello es que el ministro Nicolás Eyzaguirre, “coordinador administrativo” de todo este barullo, nos ofrece algo aún más asombroso que el embauque de Honzigera y Panarizo: la hoja en blanco para que la llenemos con lo que queramos por medio de “cabildos ciudadanos” en los que se expresará genuinamente la voluntad popular.
Publicado el 29.10.2015
Comparte:

Chile se aboca a un proceso de cambio constitucional mediante el cual la Presidenta Michelle Bachelet espera recuperar el control de la agenda política, desplazando el foco de atención de su poco afortunada gestión y los problemas reales en que se debate el país a una especie de “soñar no cuesta nada” constitucional, donde todos los deseos y todas las reivindicaciones podrán canalizarse hacia un futuro en el que una nueva Carta Magna supuestamente creará la tierra de Jauja.

Tal vez el lector no conozca el relato del siglo XVI de Lope de Rueda sobre esa tierra maravillosa donde “hay un río de miel y otro de leche, y entre río y río hay una fuente de mantequilla y requesones, y caen en el río de la miel, que no parece sino que están diciendo: «cómeme, cómeme»”. Allí hay también “unos árboles que son de tocino” y sus “hojas son de pan fino, y los frutos de estos árboles son de buñuelos, y caen en el río de la miel, y ellos mismos están diciendo: «máscame, máscame».” Y mucho más hay en esa tierra, donde no sólo no se trabaja sino que “azotan a los hombres que se empeñan en trabajar”. Bueno, este cuento sobre una tierra maravillosa tiene como propósito permitirles a dos ladronzuelos, Honzigera y Panarizo, embobar al pobre Mendrugo mientras le comen la comida que éste le llevaba a su mujer.

Embobarnos, he allí, ni más ni menos, la idea-fuerza del “proceso constituyente” ahora abierto. Por ello es que el ministro Nicolás Eyzaguirre, “coordinador administrativo” de todo este barullo, nos ofrece algo aún más asombroso que el embauque de Honzigera y Panarizo: la hoja en blanco para que la llenemos con lo que queramos por medio de “cabildos ciudadanos” en los que se expresará genuinamente la voluntad popular. Así nos lo dice el ministro: “Lo que queremos es que por lo menos el sentido, la intuición de cuál es el país que queremos construir, venga desde la gente (…). En los cabildos vamos a invitar a la gente que imagine la Constitución que quiere. En ese sentido, es a partir de una hoja en blanco” (La Tercera, 25/10). Es decir, ni siquiera nos contarán un cuento sino que dejaran que nos lo contemos nosotros mismos. Nos pondrán en el diván de los cabildos y nos dirán con Freud: “díganme lo primero que se les ocurra”.

Lo lamentable es que, por lo que se sabe, podría haber piso para que una jugada semejante funcionase ya que nuestros ilusos Mendrugos parecen ser muchos. Según una reciente encuesta de Plaza Pública más del 60% de los chilenos cree que una nueva Constitución: “Permitirá superar los problemas que hoy tiene el país en temas como educación, seguridad y salud”, “hará de Chile un país más justo y con menos desigualdades”, “permitirá que Chile sea un país desarrollado” y “mejorará la confianza en las instituciones”. Nadie sabe cómo ocurrirá todo esto y sobre ello el gobierno no ha dicho ni pío, pero es que en pedir no hay engaño y soñar no cuesta nada. Esa es la varita mágica de nuestros Honzigeras y Panarizos gobernantes: echar a volar la fantasía e invitarnos, como en la Balada para un loco, a subirnos a la “ilusión súper-sport”.

El método propuesto es, por lo demás, pura demagogia antidemocrática. Bien se sabe que en esos cabildos no se expresará la voluntad “del pueblo” sino la de los activistas más movilizados. Cualquiera que haya estudiado el asambleísmo sabe que es lo menos democrático que pueda existir y da rienda suelta a los demagogos y a las minorías ideologizadas. En suma, este supuesto método democrático de “ir al pueblo” es una farsa antidemocrática con consecuencias peligrosas ya que su resultado puede ser el secuestro de la supuesta voluntad popular por las minorías vocingleras y radicalizadas. La mayoría acostumbra a quedarse en casa y ser silenciosa, pero no por ello deja de ser la mayoría y sus voluntades existen y deben ser consideradas, ya que la Constitución deber ser de todos y para todos.

Ahora bien, todo este circo político tiene un objetivo muy claro. Finalmente, tal como lo dice Eyzaguirre, “la Presidenta va a tomar todo eso y va a presentar una nueva Constitución que la va a discutir el próximo Congreso”. Esa es la dramaturgia típica del populismo: el pueblo se “expresa” y luego viene el líder, que haciendo suyo el supuesto sentir ciudadano le da forma concreta y formula su propuesta “a nombre del pueblo”. En suma, puro chavismo, ni más ni menos.

En otras palabras, el asambleísmo de la hoja en blanco propuesto por el gobierno no es más que una forma abierta de populismo constitucional que debe ser rechazada tajantemente ya que de otra manera se estaría fomentando un uso antidemocrático y manipulativo de los procesos políticos que inevitablemente desemboca en la personalización del poder y el ataque, a nombre del pueblo en simbiosis directa con el líder, a las instituciones de la democracia representativa.

Por tanto, si los sectores políticos serios de nuestro país se prestan a esta farsa le darían legitimidad a una forma de abuso de la democracia que bajo el manto de la “participación ciudadana” termina en aquello que Polibio, el gran historiador romano del siglo II a.C., llamó oclocrasia (“gobierno de la muchedumbre” agitada por los demagogos) para distinguirla de la democracia o gobierno serio y responsable del pueblo. Polibio, como todos los pensadores clásicos, sabía que la oclocracia o asambleísmo demagógico era el método seguro para dividir la sociedad, imponer los intereses particulares a los generales y crear la base para que futuros líderes carismáticos usasen y abusasen del poder. Y así sigue siendo hasta el día de hoy, tal como bien lo muestra la historia reciente del populismo asambleísta latinoamericano con Venezuela como su ejemplo más paradigmático y tristemente aleccionador.

Esto no implica rechazar la idea de una nueva Constitución sino negarse a participar en un circo populista y defender la democracia contra aquellos que quieren manipularla.

 

Mauricio Rojas, Senior Fellow de la Fundación para el Progreso (FPP)