Presentar el liberalismo como el paradigma del individualismo exacerbado, donde más aún los individuos se consideran puramente egoístas es, sin embargo, una caricatura.
Publicado el 02.04.2015
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En el último tiempo el sistema económico vigente en el país ha recibido fuertes embates desde distintos flancos. El pensamiento comunitario o comunitarista parece ofrecer una batería de argumentos bastante fuertes contra el liberalismo económico. Desde esta perspectiva se argumenta que una sociedad liberal menosprecia el contexto social e incluso moral de la acción humana. En definitiva, y para expresar el problema en términos sencillos, se considera que el liberalismo es parasítico en normas sociales pre-existentes. No sólo eso, el liberalismo tendería incluso a menoscabar valores sociales importantes para una comunidad, como la cooperación o el altruismo.

Presentar el liberalismo como el paradigma del individualismo exacerbado, donde más aún los individuos se consideran puramente egoístas es, sin embargo, una caricatura. Una caricatura que, por cierto, muchos economistas liberales neófitos tienden a sostener. Apoyar esta visión con referencias parciales a Adam Smith es absolutamente erróneo, como lo demuestra una lectura a los trabajos claves del filósofo moral y economista escocés.

En una sociedad moderna existen distintos tipos de relaciones sociales. Ellas pueden ser de tipo personales, en familias o comunidades, o de tipo impersonales, a través de los mercados que, en este sentido, deben ser considerados como mecanismos de descubrimiento y difusión de información en la economía. La pregunta relevante es, entonces, cómo se puede lograr el máximo (o, si se quiere, mejor) aprovechamiento de estas relaciones. O expresado en otros términos, el punto es cómo se construye el capital social en una comunidad que busca alcanzar mayores niveles de progreso.

Uno podría plantear que el Estado debe ser el que promueva o impulse el capital social en la comunidad. Una versión más débil de este argumento buscaría promover la deliberación política, que estaría asociada a una potencial sabiduría de las multitudes, a través de distintos mecanismos institucionales.

El rol del Estado en la generación del capital social es, sin embargo, discutible. Ello está asociado, por una parte, a los peligros de las democracias mayoritarias, donde las mayorías pueden capturar el Estado e imponer lo que consideran como el interés general. Las posibilidades de abuso, principalmente en términos de la imposición de determinados valores son evidentes aquí. A su vez, es importante recordar que la llamada teoría de la elección social nos indica con gran claridad que la deliberación política es un método mucho más eficaz para resolver desacuerdos respecto de las formas o maneras de enfrentar problemas sociales que para zanjar diferencias en valores fundamentales entre los miembros de una sociedad. En este punto debemos volver a considerar el tipo de problema que estamos abordando aquí.

Por otra parte, una aproximación de este tipo desconoce la posibilidad de experimentación que ofrece una sociedad liberal. Una visión liberal permite el descubrimiento de nuevas formas de cooperación y de nuevas normas sociales. ¿Permite la deliberación democrática algo similar? Para volver al punto mencionado en el párrafo anterior: si suponemos que existe una sub-provisión de capital social en una sociedad liberal (un gran “if”, como dirían los autores angloparlantes), ¿puede la deliberación resolver este problema?, y si así fuera, ¿cómo?

Más aún, ¿es razonable pensar que una sociedad liberal sólo generará una pérdida de capital social? En el siglo XVIII se avanzó la tesis del doux commerce, del comercio como generador de virtudes. El interactuar en los mercados genera de esta forma un comportamiento pro-social. En esta línea se podría argumentar, como en alguna ocasión lo ha hecho Tyler Cowen, que la implementación de una visión económica liberal genera más bien “externalidades positivas” en términos de normas sociales.

Hasta ahora no hemos hecho referencia al argumento económico básico a favor de una sociedad liberal, en términos de la eficiencia en la asignación de recursos. Si bien este tema puede parecer menor en relación a las cuestiones que estamos considerando, es importante tener presente que lograr mejoras reales en la calidad de vida de la población, en todas las dimensiones de su desarrollo humano, es un problema fundamental. Investigaciones recientes en historia económica han argumentado que la revolución industrial, y el consiguiente despegue de los niveles de desarrollo económico y social de la humanidad, estuvo asociada a una creciente valoración de las actividades innovadoras y comerciales. Este proceso de descubrimiento y aprendizaje nos muestra cómo en distintas sociedades se ha logrado compatibilizar el funcionamiento del mercado con distintas normas sociales fundamentalmente cooperativas; ello ha requerido, entre otras cosas, un ambiente político abierto y tolerante. Una mirada romántica de la historia no nos puede llevar a olvidar lo que está en juego en este punto.

FOTO: AGENCIA UNO