Nuevamente me encontré en sueños con mi amigo Intuito Grillo, pero en esta ocasión fue en una gran pesadilla, en la que actué solo de espectador, porque creo que no notó mi presencia.
Publicado el 13.05.2017
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Era de noche. Estaba frío y oscuro. Algunas fogatas dispersas producían una confusa luminosidad. Olía a leña húmeda quemada. Intuito estaba muy concentrado. Observaba con atención a un  sujeto maniatado y con el rostro cubierto que, pese a su evidente incomodidad, se mantenía firme en sus pies. Parecía inculpado ante una suerte de tribunal popular, el que era aleonado por una turba de desafiante y  perturbadora apariencia. Algunos de los manifestantes actuaban como poseídos. “Quémenlo a fuego lento”, exclamaba uno que parecía un verdugo transportado desde los tiempos más oscuros  de la edad media. “No pierdan leña;  mátenlo ya”, gritaba una mujer de enorme boca. Otro observaba sin perder detalle de lo que ocurría. Parecía dar instrucciones hacia atrás.

El espectáculo parecía dantesco. Una mirada atenta permitía advertir más finamente la peculiar composición de la escena. Por una parte, se identificaba a quienes parecían ser los jueces inquisidores, los que cuidando de agradar y no contradecir a la turba conducían el juicio con ridícula pompa. Por otra parte, se observaban unos pocos –pero bien organizados– agitadores convenientemente dispuestos que, de forma directa o encubierta, azuzaban a los presentes. Finalmente, estaba el resto, quienes constituían la verdadera mayoría. Entre ellos, algunos pocos, bajo el asedio amenazante de los agitadores, también gritaban pidiendo la ejecución del acusado.

De pronto, quien parecía dirigir a los inquisidores dijo con tono grave: “Solicito a la asamblea guardar silencio. Este proceso llega a su fin. Como todos bien saben, se acusó al inculpado de actuar de forma contraria a los intereses de una sociedad colectivista   solidaria y no prestar los servicios de forma satisfactoria al pueblo. Este tribunal declara al acusado culpable del delito señalado”. Después, y con aires de fingida benevolencia –pero sin advertir la presencia de Intuito en la escena–, ofreció la palabra a los presentes. Indicó: “Si hubiese una opinión distinta en la asamblea, ella deberá expresarse de inmediato. De lo contrario, se dictará sentencia sin ulterior recurso para el afectado”.

Ante el asombro de todos los presentes, Intuito Grillo, que con paso decidido se había dirigido hacia quien había hablado, se detuvo entre aquel y la turba, y –de forma pausada, pero desafiante– dijo:

“No, no me dirijo a aquellos de ustedes, sumos sacerdotes y agitadores, que intentan, nuevamente, imponer su ideología, condenando ahora a este inculpado. A ustedes solo les digo: ¿Con qué sustento moral conducen este juicio? ¿Qué hombre que se dice respetuoso condenaría de esta forma a quien fue concebido precisamente para procurar mayores espacios de libertad y bienestar para todos nosotros? ¿Qué hombre que se dice juicioso y prudente lo haría además, empujándonos al vacío e improvisando opciones en la marcha? ¿Qué hombre verdaderamente justo y noble haría un atentado de esta naturaleza sin siquiera contar con una real aprobación ciudadana y aprovechándose de las circunstancias?”.

“¡Blasfemo!”, gritó uno de los inquisidores. “El acusado no es solidario y solo por ello merece la pena de muerte. Además, las prestaciones que entrega son una miseria”.

“¡Es la solidaridad su preocupación, entonces!”, exclamó Intuito. “¿Poco solidario es su crimen capital? ¿Han pensado acaso en cómo sus sumos sacerdotes los engañan con el lenguaje? Si por solidaridad se pretende dar a entender la ‘expropiación’ del producto del esfuerzo de quienes trabajan, para que ellos graciosamente lo distribuyan quién sabe desde quién a quién, entonces el término solidaridad, lejos de asociarse a una virtud, constituye en mi opinión un engaño”. Luego ironizó: “¡Que gratificante es hacer caridad con el esfuerzo de otros! ¡Qué diferencia con el caso de una persona que voluntaria y libremente cede parte del producto de su trabajo para compartirlo con terceros! A esto llamo virtud; lo anterior es un uso torcido del término solidaridad. Resulta en consecuencia absurda e insostenible la acusación de poco solidario, porque la grandeza de la solidaridad aflora precisamente en el ámbito del ejercicio de la libertad y ciertamente no en el de la coacción”.

“¡No nos engañas!”, le dijo uno que también actuaba como agitador. “¿No sabías acaso que la previsión es un derecho social? No nos intentes confundir ahora con esa definición de una solidaridad voluntaria. ¡Queremos ejercer nuestro derecho a una pensión digna!”.

“¿Y a qué poder divino atribuye usted tal derecho social?”, replicó Intuito, y con cierta dosis de ironía indicó: “Si fuese tan sencillo este asunto de los derechos, ¿no estarán ustedes pidiendo demasiado modestamente? ¿Qué los detiene? ¿Cuál es su límite? ¿Por qué no  piden también el derecho a tener casa en la playa? ¿Y el derecho a un auto deportivo? ¿Por qué no el derecho a viajar?  Y así, sigan incluyendo todos sus anhelos. Pero ustedes, que supongo se consideran a sí mismos personas inteligentes, seguramente razonarán que no se puede hacer todo eso, porque en el mundo en el que habitamos los recursos son normalmente escasos, y alguien tiene que trabajar para producirlos. Y aquí llegamos al tema de fondo. Si usted quiere establecer un derecho en favor de alguien, necesariamente debo establecer la carga o la obligación de proveerlo a algún otro, porque las cosas no se crean espontáneamente. ¿A quién obligaremos entonces a proveer? ¿Con qué fundamento? ¿No parece tal iniciativa semejante a la intención de establecer alguna forma de esclavitud? ¿Qué le parecería que lo obligaran a usted a trabajar y proveer por un tercero que no quiere trabajar? ¡Desde su punto de vista se habría creado entonces un anti-derecho! Por favor no se crean la fábula de derechos de todo para todos que les prometen. A la postre, es equivalente a la aniquilación mutua de los mismos, un engaño, y conlleva la pérdida de nuestro derecho más preciado y fundamental: nuestra libertad”.

“Señor Grillo”, le dijo una mujer que tenía un niño en sus brazos, “lo que no entiendo es por qué, en vez de prometer lo incumplible, no se honra lo básico, lo esencial. Por ejemplo, me han dicho que tengo derecho a la salud, pero la verdad es que para atenderme yo o mi hijo en el consultorio debo hacer tremendas colas, y la atención que recibimos es mala. Pero sabe, señor Grillo, también es cierto que hay  gente que vive en condiciones de mucha pobreza y que requieren del apoyo del resto de la comunidad. No puede abandonárselos a su suerte”.

“¡Por supuesto que no!”, asintió Intuito. “Comparto su inquietud. En una sociedad respetuosa de las libertades y dignidad de los miembros que la componen, pienso que corresponde concurrir –   pero con eficacia– en apoyo de nuestros semejantes más vulnerables, mientras mantengan tal condición, y procurando darles los medios para que puedan salir de ella, pero también cuidando de no inducir o fomentar la permanencia injustificada bajo condición de dependencia”.

La noche ya estaba avanzada. A estas alturas yo ya estaba francamente preocupado por el desenlace que tendría este episodio. Pese a que la turba parecía interesada preguntando y escuchando a Intuito, se notaba inquietud y evidente incomodidad entre los agitadores y sumos sacerdotes.

Aprovechando una pausa de Intuito, uno que sobresalía por su altura gritó: “Señor Grillo, lo he escuchado atentamente y comparto con usted algunas de las cosas que dice, ¡pero explíquenos por qué las  pensiones que entregan las AFP son tan bajas!”.

Intuito lo miró y le dijo: “Agradezco su observación y sinceridad. Quizá le responda algo que no sé si le agrade, pero sí espero que le ayude a reflexionar y que le dé una perspectiva distinta sobre este tema”.

Intuito continuó: “Me parece que lo primero que es necesario aclarar es que no son las AFP el verdadero acusado; ellos son meros operadores de un sistema. El verdadero perseguido y acusado es quien allí vemos, maniatado y encapuchado: es el sistema de previsión fundamentado en la propiedad individual de las cotizaciones previsionales. ¿Y cuál ha sido su delito? Haber reemplazado un sistema monopólico que nos obligaba a imponer en una única institución pre-designada una parte material de nuestro sueldo. Pertinente es también recordar que la tasa de cotización era el doble de lo que es hoy en relación al sueldo, y que no existía vínculo entre lo aportado y lo retirado como pensión. Es decir, además constituía un impuesto al trabajo que discriminaba contra el empleo. Asimismo, por no existir vínculo entre aporte y prestación, los fondos acumulados resultaban vulnerables a ser capturados para financiar privilegios a grupos de influencia e interés. ¿Sospechan quiénes?”.

“Pues bien”, continuó Intuito, “en contraposición a aquel sistema, en el ahora vilipendiado sistema de capitalización individual usted es propietario de sus aportes, y estos se invierten hasta que usted cumple las condiciones prestablecidas para jubilar. Asimismo, y para favorecer un buen desempeño de las inversiones y la atención de los cotizantes, se establece que el servicio pueda ser prestado en competencia por operadores alternativos. Entonces, para evitar malos entendidos: si en el sistema no se ha perdido un peso, si ha tenido desde sus inicios un buen retorno financiero y si su costo de operación se compara razonablemente con referentes internacionales, ¿cuál es entonces su verdadero crimen? Después de todo, allí están todos los recursos aportados por cada uno de nosotros debidamente rentabilizados”.

“Concordará entonces usted conmigo que, en ausencia de dádivas –porque he de suponer que usted es una persona digna que no procura ser mantenida–, el único camino posible para obtener una mayor pensión sería que usted hubiese aportado más, ya sea con una mayor cotización mensual o cotizando por un mayor tiempo en su vida activa, o una combinación de ambas. Evidentemente eso solo se puede lograr si usted destina una mayor parte de su sueldo corriente al ahorro previsional y sacrifica otros usos alternativos; de hecho, así puede hacerse si usted lo decide. También podría haber ahorrado por vías alternativas para lograr el equivalente a una pensión mayor. O sea, el lamento respecto del bajo monto de las pensiones en el sistema de capitalización individual no tiene contenido lógico. Bajo una mirada honesta, lo que corresponde es auto-recriminación por no haber ahorrado más oportunamente”, concluía el grillo con un gesto airoso.

“Pero, señor Grillo, si usted tuviera razón, entonces ¿qué podría justificar la misma existencia de un sistema previsional obligatorio?”, acotaba un hombre de mediana edad que mecía su barba con curiosidad.

“Es una interesante pregunta la que usted me hace. Abstrayéndonos de situaciones extremas, la obligación legal de ahorrar un cierto mínimo normalmente se justifica para mitigar el riesgo que como sociedad asumimos por culpa de personas imprudentes que no asumen sus responsabilidades y se tornan de facto una carga para otros en su vejez. Sin embargo, tal obligación legal debe ser la mínima requerida si hemos de respetar la libertad de las personas. Por ejemplo, nuestra legislación actual reconoce el concepto de remuneración imponible. La parte de la remuneración que excediese tal valor no tiene la obligación legal de cotizar. Pero, ante y por sobre todo, es evidente que somos cada uno de nosotros los  responsables de nuestros actos, y por lo tanto también de nuestra mantención en la vejez”.

“Señor Grillo, no quiero parecerle insistente y majadero, pero hay quienes aquí mismo nos dicen que las pensiones del sistema antiguo de reparto eran superiores que las actuales”, insistía uno de los concurrentes.

“¿De qué pensiones usted me habla? ¿De la pensión promedio?”, preguntó Intuito. “Hace pocos meses, mediante una comunicación a sus afiliados, una AFP nos recordaba que el sistema de reparto antiguo establecía una cotización 100% mayor que el sistema actual (20% versus 10% aproximadamente en promedio), por lo tanto, a igualdad de otras condiciones, la pensión promedio que entregaba debiera ser dividida por la mitad para establecer una comparación coherente con la pensión media del sistema actual. Además, el sistema antiguo también establecía el requisito de haber cumplido a lo menos 15 años cotizando. Quien cotizaba solo 14 o menos años no tenía derecho a pensión y ¡perdía también todas sus cotizaciones! Tales expropiados representaban aproximadamente la mitad de los cotizantes. Es decir, la pensión media del sistema antiguo habría que dividirla nuevamente por dos para efectos de una comparación. Es decir, bajo cualquier base de comparación consistente y justa, la pensión media era largamente inferior. Saque entonces usted mismo las conclusiones”.

“Señor Grillo”, se escuchó desde más atrás. “Nos dicen que las llamadas lagunas previsionales hacen inviable este sistema de capitalización, ya que no permiten la necesaria acumulación de fondos”.

“Desde luego es cierto que las lagunas conspiran contra la acumulación de fondos en el sistema obligatorio, pero ellas se producen por razones ajenas a este, y afectarán la operación de cualquier sistema. No se puede ignorar la ley de la conservación de la materia: no es posible crear lo que no existe. Los aportes en la vida activa deben guardar correspondencia con las prestaciones en la vejez”, aclaró con firmeza.

“Pero sí puedo agregarles una reflexión pertinente a las lagunas”, añadió. “Una cosa son las realidades de facto que es necesario enfrentar y otra muy distinta es dispararse en los pies.  Pregúntense, por ejemplo, cómo lograr mejores resultados en materia de densidad de cotizaciones si nos hemos esmerado por décadas en fragmentar y rigidizar el mercado del trabajo con regulaciones decimonónicas y fomentar el desarrollo de monopolios sindicales”.

“¡Pero usted no puede negar que el sistema antiguo sí era redistributivo y solidario!”, le gritó uno que se abría camino en el grupo, jadeante.

“En lo relativo a la solidaridad, ya denunciamos el engaño del lenguaje. En especial –y perdone nuevamente la ironía– a lo reconfortante que resulta el hacer la caridad con el esfuerzo ajeno. En cuanto a la naturaleza redistributiva del sistema antiguo, esa es precisamente la parte central del problema. Si hablamos de redistribución, es natural partir por entender desde quién hacia quién opera. Porque fíjese en que, a pesar de las buenas intenciones que pudieran haber inspirado su diseño, los incentivos que estos sistemas redistributivos ponen en movimiento  –al no establecer la necesaria correspondencia entre aporte y prestación– típicamente conducen a grandes injusticias. Dicho en lenguaje antiguo, cuando paga Moya –esto es, cuando pagan todos y nadie–, se genera la condición conocida como ‘a río revuelto, ganancia de pescadores’. Y precisamente por lo anterior, estos sistemas son conocidos por facilitar la operación de fábricas de pensiones financiadas por el señor Moya. El truco más conocido era el de aumentarse los sueldos algunos meses antes de pensionarse, pues así se eleva la base de cálculo de la pensión definitiva. El más reciente ejemplo de la operación del sistema antiguo de reparto y que escandalizó a la opinión pública fue el de Gendarmería, pero la historia del sistema de reparto que operó en nuestro país es pródiga en ejemplos. Si tienen dudas, pregúntenles a sus padres o abuelos qué era aquello de las pensiones perseguidoras y a quién beneficiaban. Pregunten también por qué no fue posible cambiar el sistema en 1968, cuando el Presidente Eduardo Frei hizo el intento.   En suma, unos pocos con influencias se fabricaron buenas pensiones a costa del trabajo de muchos otros”, insistía Intuito.

“Pero además del riesgo de captura por parte de grupos de interés, el sistema también contenía elementos estructurales injustos desde una perspectiva distributiva”, continuó. “Por ejemplo, es usual que las personas relativamente más acomodadas estudien e inicien su actividad laboral más tardíamente en sus vidas; también es común que su esperanza de vida sea relativamente mayor. Consecuentemente, tales personas cotizarían por menos tiempo, pero disfrutarían de la pensión por un período mayor. Eso parece muy injusto y regresivo, ¿no le parece?”.

“Entonces, señor Grillo, ¿qué justificó la misma existencia de los sistemas de reparto si, como usted dice, tienen tantos defectos?”, acotó otro asistente al juicio.

“Al margen de los evidentes problemas de principios y conflictos que tales sistemas tienen con el ejercicio de las  libertades personales, presumiblemente fueron en sus inicios acogidos bajo la premisa de que las condiciones demográficas permitían que muchos, contribuyendo con poco, pudieran financiar ‘generosas’ pensiones de otros pocos. Pero la estructura demográfica cambió, y la realidad de hoy,  y la que se proyecta en el futuro, hacen inviable este tipo de entelequias”, explicaba el grillo mientras se encogía de hombros. “Para darles una idea de la magnitud del problema, si en el año 1980 había siete personas en edad de trabajar por cada adulto con 65 años o más, en 2017 son cinco, y en el 2050 serán solo dos. Parece claro, ¿no le parece?”.

“¡Basta, señor Grillo!”, dijo el líder de los jueces inquisidores. “Ya lo hemos escuchado suficiente, así que procederemos con la sentencia. Además, el sistema ha perdido legitimidad”.

Intuito le respondió con vehemencia: “¿Acaso esa es su respuesta? ¿Es acaso su autoproclamada superioridad moral la que lo justifica?  Pero no, señor, yo todavía no he terminado. Ahora es mi turno de formular acusaciones, y parto por su comentario respecto de la legitimidad. Es un hecho público y notorio que ustedes son y han sido los principales agentes e instigadores de los ataques orientados a desprestigiar el sistema previsional basado en la capitalización individual. ¿Les parece entonces creíble su afirmación de falta de legitimidad ante tan evidente conflicto de interés? Y aún a pesar de lo anterior, ¿qué evidencia dura de falta de legitimidad disponen, salvo su propaganda? Pero, por sobre todo –y en esto ustedes parecen no haber reparado–, este es un tema muy serio de principios esenciales, los que se supone ustedes debieran ser los primeros en respetar. ¿Puede alguien seriamente discutir la legitimidad del derecho de que quien ahorra de su trabajo y esfuerzo para su vejez pueda disponer del producto que tal ahorro genere? ¿O es la expropiación institucionalizada de tal esfuerzo, que ustedes propician la base de legitimidad de su credo? Ustedes, señores, no han hecho su trabajo. Simplemente se han acomodado a los gritos de la calle que algunos de ustedes mismos han promovido, y actúan como agentes activos y facilitadores para la destrucción de una institución clave para el desarrollo y la población de nuestro país. Y eso, en mi opinión, solo merece ser calificado como un intento de asesinato institucional. No se molesten en continuar con su farsa: ya he escuchado de las últimas modificaciones que pretenden hacerle al sistema de previsión. En mi opinión, es su condena”.

Se alejó del grupo de los acusadores y se dirigió hacia donde estaba más concentraba la gente. Allí, alguien entonces le preguntó: “¿Y si se considera que las pensiones son bajas, cómo resolvería usted el problema?”.

Intuito le replicó: “Ya les he explicado que son ustedes los responsables de prever para su vejez. La norma legal que establece la obligación de cotizar debe entenderse como una base mínima de ahorro por las razones ya expuestas”.

“En cuanto a tal mínimo legal”, prosiguió Intuito, “podrá discutirse la magnitud de la tasa aplicable y el tiempo mínimo de cotización –tanto en cuanto tal debate se mantenga dentro de los límites del prudente respeto de las libertades personales–, pero cuando se promueve, como es hoy el caso, derechamente expropiar parte de su cotización con fines redistributivos, es porque nos quieren hacer volver al oscurantismo”.

“A propósito de ello, permítanme, para terminar, compartir con ustedes mi visión sobre las consecuencias de hacerse efectivas las últimas propuestas de los sumos sacerdotes”, dijo Intuito mientras sacaba una lista de su bolsillo. “Un breve resumen de estas medidas sería el siguiente:

Primero. Se nos obligaría a cotizar un 50% adicional (5% de la remuneración imponible) a lo que corresponde hoy (10%).

Segundo. Un 60% de esa mayor cotización (3%) iría a nuevas cuentas individuales, pero serían administrados por una institución ‘estatal’ (la que, según los entendidos, por ello contaría con el certificado de perfección). O sea, tal institución y su AFP le administrarían cuentas distintas a cada cotizante, pero con la diferencia de que la primera tendría cuentas individuales de todos los cotizantes. Esto es, habría una evidente duplicación de costos de administración de inversiones y cuentas individuales con las AFP que, naturalmente, tendrá que pagar usted.

Tercero. El 40% restante de la cotización adicional (2%) se lo expropian y se redistribuiría según la suprema sabiduría de los sacerdotes. Esto es, un impuesto al trabajo que financia una redistribución”.

“Con el debido respeto a esta audiencia, todo esto parece sugerir algo huero con olor a naftalina”, acusó el grillo tapándose dramáticamente la nariz. “Sin embargo, también puedo imaginar  esta propuesta como el arma asesina para eliminar gradualmente el sistema de capitalización individual”.

“Piensen, a modo de experimento mental, en la siguiente secuencia de eventos. Una vez que se encuentre operando la nueva y perfecta institución, más de algún arquitecto social razonará, invocando economías de escala: ‘Ya que tenemos el manejo centralizado de todas las cuentas adicionales, ¿por qué no buscamos la operación centralizada de todas las cuentas?’. Y luego otro discurrirá: Y ya que estamos en esto, ¿por qué no eliminamos también los gastos comerciales y concentramos el proceso de inversión?’, para finalmente concluir en el manejo centralizado del sistema completo. ¡Imagínense! El sueño de los sumos sacerdotes hecho realidad. ¿Dónde puede lograrse tal concentración de poder y recursos? Calza a la perfección con la lógica y naturaleza del burócrata monopolista”, negaba con la cabeza Intuito.

“¿Les parece acaso una teoría conspirativa demasiado audaz? Es cierto que no será fácil expropiar (¿saquear?) las cuentas individuales hoy vigentes, pero un Estado con malos hábitos sí  podría influir significativamente en el rendimiento de esos fondos mientras se mantengan bajo administración del sistema, y con ello afectar el valor económico de dicho capital. Pero, además, una cosa es el stock asociado a las cotizaciones pasadas y otra distinta el flujo de cotizaciones futuras. Con el paso del tiempo, los sacerdotes de aquel futuro seguramente sentirán la tentación de establecer una gradual sustitución de la cotización, disminuyendo aquella con destino a la cuenta individual y aumentando aquella asociada a la redistribución”, concluyó Intuito.

Alguien dijo que ya pronto amanecería. Intuito sonrió y dijo: “Solo de ustedes depende que prevalezca la sensatez y se le haga verdadera justicia al acusado. Aún es tiempo de detener esta farsa”.

Fue la última vez que supe de Intuito. Solo vi cómo se retiró y se perdió de vista entre la muchedumbre. Desde luego desperté sobresaltado, y al leer las noticias en la mañana me percaté con tristeza que el juicio o farsa seguía su curso.