Hemos sido formados en la idea de que sindicalistas y políticos fueron los héroes que salvaron a los trabajadores del monstruo capitalista. Todo el crédito por los beneficios que han disfrutado los trabajadores gracias al libre mercado se lo quedaron precisamente quienes se oponían a ellos. Paradojas de la historia.
Publicado el 05.11.2014
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El estudio de las relaciones entre trabajadores y empleadores ha sido el campo minado de la ciencia económica. Aquí, a diferencia de las restantes partes del organum (teoría del valor, de los precios, del capital, del dinero), fue difícil abstraerse de las simpatías por la parte “débil”, los trabajadores. Nunca resultó más cierto, en materia laboral, aquello de que “los sentimientos nublan el entendimiento”. En la mente de los tratadistas anidaban las figuras de David contra Goliat o de Odiseo contra el cíclope Polifemo; como ellos, los trabajadores obtendrían una victoria épica contra un monstruo opresor, el capitalismo.

Adam Smith es el mejor ejemplo de lo señalado. Nadie antes que él hizo tanta gala de parcialidad en los temas laborales, en su Riqueza de las Naciones escribió que es “el trabajo… la medida real del valor de cambio de las cosas”, también que en ausencia de propiedad privada “todo el producto del trabajo pertenece al trabajador“. Para Smith sólo quien trabaja es realmente productivo, por ende, los ingresos de capitalistas y terratenientes consisten en meras deducciones, en virtud de la propiedad que monopolizan, de lo que corresponde a los trabajadores.

No tome el lector a la ligera lo que acabamos de citar, puesto que implica dejar sin justificación ética cualquier forma de ingreso que no sea fruto del trabajo, a saber: la renta, el interés, el beneficio empresarial o lucro. (“Rentas no ganadas”, causadas por la explotación, dirán luego los socialistas).

Teorías como las de Smith, que atribuían mayor importancia a unos grupos productivos respecto de otros, tampoco eran originales; ya los fisiócratas habían enunciado que la única clase productiva era la de los agricultores (sólo la tierra generaba una “renta neta”), y todos los demás (industriales, artesanos, oficiales, cortesanos) eran simples dependientes (parasitarios) de los labradores.

Sin embargo, fue La Riqueza de las Naciones de Smith la obra con que se formaron las siguientes generaciones de pensadores económicos (Ricardo, Mill, Marx, Marshall), por lo que sus errores pervivieron. En efecto, otra de las observaciones de La Riqueza que nos pena hasta hoy, consiste en que la parte empleadora “fuerza a la otra a aceptar sus condiciones”, lo que dio pábulo a la teoría de la desigualdad de poderes negociadores entre empleadores y trabajadores. Según ésta, el trabajador carece de libertad a la hora de contratar la prestación de sus servicios, su voluntad se limita a una especie de derecho de “veto” para rechazar o no lo que ha sido ofrecido por el empleador. De lo que se concluye que los empresarios se embolsan -como beneficio- una porción de ingresos que correspondería a los trabajadores, de tener éstos una mejor organización para sobreponerse a su inferioridad negociadora.

Como se ve, estamos ante una explicación sencilla capaz de identificar a buenos y malos en el proceso productivo. Por supuesto que con ella, la mesa ya estaba servida para que los legisladores comenzaran a idear la forma de poner remedio a la desigual capacidad de negociación de las partes contratantes. Básicamente, éste consistió en intervenir las relaciones de trabajo (alterar el Derecho de contratos), y otorgar privilegios a los sindicatos para hacer frente al “poder patronal”. Así se originaron las llamadas “conquistas sociales”, de las que tanto alardean políticos y sindicalistas. Tal es, someramente, la historia analítica de las relaciones laborales hasta nuestros días.

En consecuencia, hemos sido formados en la idea de que sindicalistas y políticos fueron los héroes que salvaron a los trabajadores del monstruo capitalista. Todo el crédito por los beneficios que han disfrutado los trabajadores gracias al libre mercado: mejora de los salarios reales; aumento de la esperanza de vida; acceso a bienes y servicios masivos merced a la industria capitalista textil, alimentaria, de transportes, farmacéutica, etc.; se lo quedaron precisamente quienes se oponían a ellos. Paradojas de la historia. Es, en palabras de Bertrand de Jouvenel, como si habiendo sacudido un árbol, y viendo caer sus frutos maduros, nos convenciéramos de que éstos tienen su origen en las sacudidas y no en el árbol del que acaban de caer.

Pero, ya está el hacha al pie del árbol. El Gobierno enviará próximamente un proyecto de reforma laboral que introduciría dos peligrosas “conquistas sociales” al catálogo: la primera, que la negociación colectiva tenga exclusividad sindical (prohibiéndose los grupos negociadores paralelos); la segunda, que la huelga deje de contemplar la posibilidad de reemplazo de los trabajadores comprometidos en ella. Ambas buscan robustecer al sindicato y aumentar la transferencia desde el capital al trabajo. Lo que, como veremos, no ocurrirá y será nefasto para los propios trabajadores.

La posición del Gobierno, de que un sindicato fuerte está en condiciones de obtener en todo caso beneficios para sus afiliados, resulta a lo menos falaz, ya que parte del supuesto de que siempre se puede arrancar algo más al empleador. No obstante, el poder nivelador atribuido al sindicato significa bien poco si el empresario a su vez no tiene de dónde echar mano, es decir, de trasladar las alzas de salarios a los precios de los bienes que vende a los consumidores, que, en nuestro mundo de producción para las masas, serán –aunque se lo oculte- otros trabajadores; y si tal posibilidad no existiere, lo esperable será que los trabajadores llegado cierto punto queden desempleados. Aclaramos, como bien apuntó Hayek, que el sindicato carece de eficacia causal para provocar inflación, lo que genera por sí es desempleo.

Lo dicho nos permite obtener al menos tres conclusiones que morigerarán nuestra simpatía por la causa sindical: primero, que la acción sindical no beneficia a todos los trabajadores como cuerpo o parte de la clase obrera, sino sólo a aquellos individuos afiliados al respectivo sindicato; segundo, en la práctica, es la elasticidad de la demanda (y no el supuesto poder nivelador del sindicato), lo que explica el mayor o menor desembolso que hará el empleador (es por esto que en una negociación de la gran minería del cobre –recurso natural monopolizado y sin sustitutos-, los sindicalizados obtienen pingües beneficios, mientras que los que negocian en áreas en que la demanda es muy reactiva a un alza de precio, por muy sindicalizados que estén, deben conformarse con bastante menos); tercero, los empresarios velan –aun sin quererlo- por el interés de los consumidores al resistirse a las demandas sindicales por aumentos de salarios.

Finalmente, nos resta explicar cómo se materializa la acción sindical para subir salarios. Ante todo contextualicemos; desde que en 1776 el Edicto de Turgot reconoció la libertad de trabajo como “la propiedad primera, más sagrada e imprescriptible de todas”, cada Nación civilizada la garantiza en su Constitución (la nuestra en el art. 19 Nº 16). Los sindicatos se percataron que en un mundo con libertad de trabajo, los trabajadores competían por ofrecer sus servicios, y al hacerlo pujaban los salarios a la baja; los empresarios, por su parte, como demandantes de trabajo pujaban por los salarios al alza. ¿Cómo podía el sindicato eliminar la presión a la baja de salarios? Sencillo, erradicando, en nombre de la solidaridad proletaria, la competencia entre trabajadores, en buen romance, cargándose la libertad de trabajo; y en esto consiste lo más censurable de la reforma que impulsará el Gobierno: otorgar el privilegio a los sindicalizados para declararse en huelga, impidiendo que otros trabajadores -tanto o más necesitados de empleo- puedan libremente concurrir al mercado a emplearse ( coincidimos con Mises en que tal acción anticompetitiva es técnicamente distinta y más grave que un monopolio, por tanto, es un barbarismo hablar de “monopolio sindical”).

Un sindicato que goce del privilegio legal de restringir la contratación laboral, aun cuando proclame hacerlo en nombre de la solidaridad obrera, termina convirtiendo a los trabajadores en mutuos enemigos, ya que para conseguir su fin requiere excitar dos focos de conflicto entre ellos: i. la exclusión de los trabajadores no sindicalizados por los sindicalizados, para crear una escasez artificial de trabajo que fuerce al empresario a ceder; y ii. que los consumidores (también trabajadores) paguen los mayores salarios arrancados a los empresarios. Es, como ya dijimos arriba, el hacha al pie del árbol del bienestar que ha conocido Chile durante los últimos 30 años.

 

Jorge Martínez Rivera, Académico Facultad de Derecho Universidad de Chile