Es notable que mientras se da una nueva polémica semántica acerca del concepto de globalización, ésta avanza a una velocidad y complejidad vertiginosas. La tecnología de la información y el internet conecta a miles de millones de personas en distintas partes del planeta, instantánea y permanentemente.
Publicado el 15.04.2017
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El concepto de globalización es utilizado con distintos significados según el prisma ideológico que anima al que argumenta. Así es difícil lograr avances, y menos acuerdos, para mejorar el bienestar humano. Es indispensable, en consecuencia, dilucidar que está detrás de lo que las distintas partes plantean, para ver si hay un espacio común de trabajo o, de no haberlo, dar los elementos para defender la postura que consideramos más beneficiosa.

Esta situación no es nueva. Cuando el 31 de octubre de 1958, Isaiah Berlin pronunció su conferencia en Oxford “Dos Conceptos de la Libertad” aclaró un importante elemento en la prolongada confrontación entre las imperfectas democracias de Occidente y la perfecta tiranía de la Unión Soviética. Berlin, un historiador de las ideas que se había criado en Riga y Petrogrado, había visto los efectos políticos y humanos de las ideas apasionadamente sentidas. Sabía que no son juguetes intelectuales, que tienen consecuencias para bien y para mal en el mundo real. En esa lectura, el autor montó la defensa de lo que él comprendía como la idea liberal de la libertad contra sus principales competidores modernos: el comunismo y el fascismo. Como señala el título  de su conferencia, la intención básica de Berlin era distinguir entre la “libertad negativa” y la “libertad positiva” y defender la primera del concepto de libertad positiva que imperaba en el comunismo, como el único concepto de libertad que podía ponerse en práctica en un mundo real de intereses inevitablemente contradictorios, diversos conceptos del bien y proyectos humanos competitivos.

Para Berlin, la “libertad negativa” era la libertad de interferencia en asuntos personales, que implica la limitación del poder del estado dentro de un fuerte marco legal. La “libertad positiva” por otra parte, era libertad para poner en práctica algún bien mayor en la historia[1]. En el centro de los proyectos comunista y fascista, advertía Berlin, había una determinación de usar el poder político para liberar a los seres humanos, les gustara o no, con el objetivo de realizar algún fin histórico superior. Esa determinación, decía, inevitablemente conducía a la represión; en la raíz de todo proyecto totalitario existía una perversión de la libertad puesto que implicaba eliminar las libertades formales – vía dictadura del proletariado – para lograr las libertades reales fijadas por la Nomenklatura.

Una vez despejada esta diferencia acerca de la libertad entre ambos sistemas de gobierno, quedó claro que las posiciones eran irreconciliables. No se trató, sin embargo de un mero asunto semántico. La historia y las ciencias sociales comprobaron cómo al eliminar la libertad formal a través de la dictadura, las libertades reales  – vale decir el bienestar – nunca llegaron. Por el contrario quienes siguieron privilegiando el concepto de libertad clásico avanzaron mucho más en las libertades reales. Respetar las libertades negativas tiene un largo y exitoso registro de mejoramiento del bienestar. Resulta que la manera más efectiva de promover la libertad positiva es proteger la libertad negativa.

Quizás adentrarnos hoy a entender los distintos significados de globalización nos lleve al mismo resultado – diferentes visiones que sean irreconciliables. Aun así, el esfuerzo vale la pena para defender con certeza el camino de los liberales que demostrará a la larga ser superior, como sucedió con el concepto de libertad.

Es notable que mientras se da una nueva polémica semántica acerca del concepto de globalización, ésta avanza a una velocidad y complejidad vertiginosas. La tecnología de la información y el internet conecta a miles de millones de personas en distintas partes del planeta, instantánea y permanentemente. Para muchos su vecindario inmediato no es solo su vecino físico sino colegas o amigos con intereses comunes en cualquier parte del mundo sin importar huso horario o idioma.

Este proceso de la globalización tiene características destacadas que ayudan a dividir las aguas entre los conceptos imperantes. En primer lugar la globalización no es un fenómeno nuevo. Se trata de una palabra moderna para describir un antiguo movimiento humano – una palabra que describe la búsqueda del mejoramiento humano a través de la expansión mundial de la especialización. La globalización comenzó cuando nuestro ancestro común, el Cro Magnon dejó África, hace cerca de 50.000 años para establecerse primero en Asia y Australia, luego en Europa, y progresivamente en el resto del mundo hasta Nueva Zelanda y Madagascar hace sólo 1000 años. Los estudios de arqueología y etnografía sugieren que los primeros humanos, mucho antes de la existencia de las naciones estado, comerciaban herramientas, armas, símbolos, trajes, coronas y bienes públicos como derechos de acceso a rutas comerciales o permisos de caza.

La segunda característica de la revolución que genera la tecnología de la información y comunicaciones que hoy vemos es que no ha sido diseñado ni implementado por los gobiernos – de hecho es afortunado que hasta ahora no lo hayan obstaculizado, lo que lamentablemente ya se insinúa – sino que lo han hecho las personas individuales o agrupadas voluntariamente en las más múltiples formas.

La tercera es que, sin perjuicio de tener ciertos elementos comunes, como las plataformas o instrumentos que se utilizan, está lejos de ser un proceso que uniforma a todos. Por el contrario está dejando florecer una diversidad enorme de intereses, gustos y habilidades totalmente particulares. La globalización es para todos pero no nos hace a todos iguales; permite satisfacer curiosidades y deseos con una amplitud y profundidad antes imposible. Especialistas en distintas artes, ciencia y deportes forman grupos de alcance global pero diferente de otros millones de asociaciones existentes. No elimina la diversidad, sino que la multiplica, lo que nos hace más ricos como especie pero a la par a cada uno como individuos. Más aún, este libre intercambio de ideas, bienes, servicios, ayuda a reducir la discriminación y promueve la inclusión social. Está documentado que una mayor integración está correlacionada con un mejoramiento de los derechos humanos.

Existen, sin embargo, paradojas que un análisis de los distintos conceptos de globalización imperantes debiera ayudarnos a resolver. China, que tradicionalmente ha privilegiado ideológicamente un estado más grande e intervencionista, se expresa con fuerza en el debate político a favor de la globalización especialmente en el mundo desarrollado. Todos recordamos cómo el Presidente de China Xi Jinping alababa a la globalización y el libre comercio en enero pasado durante el foro de Davos en Suiza y abría los brazos “a todos dentro del tren expreso del desarrollo de China”. Sin embargo, y casi a la par, el Presidente de la Corte Suprema China urgía a los jueces a rehuir del concepto de independencia judicial occidental y a recordarles que dependían del partido comunista, a la par que los instaba a establecer barreras a las nociones occidentales de imperio de la ley y separación de poderes y seguir ignorando valores occidentales tales como la democracia multipartidista y los derechos humanos universales. Pareciera que lo que aprecian de la globalización no es el aspecto que maximiza la libertad de los individuos sino el poder que podría obtener el estado para regularlo casi todo en aras de permitir el intercambio libre. En Occidente Bruselas es la máxima expresión de ese poder, y que su verdadero propósito es la regulación absoluta del comercio queda claro con las amenazas vertidas post Brexit de privar a los europeos de intercambiar libremente con el Reino Unido si éste no se acomoda a las directivas de Bruselas.

Por otro lado, aparece un grupo de votantes en general en el hemisferio norte, opuesto a la visión de la globalización imperante en el mundo político dentro del cual, si bien hay quienes quieren mantenerse cerrados para evitar el cambio que trae el progreso, existe una mayoría que cree en las asociaciones voluntarias del individuo y se inclina por un estado con controles para no transformarse en un Leviatán. Están asfixiados por Bruselas y alarmados por ser obligados a recibir a inmigrantes que no quieren en su casa o por ver que sustituyen de un plumazo novecientos años de jurisprudencia por la dictadura de un meta tribunal europeo de reciente conformación.

En rigor lo que está pasando es que el concepto de globalización, al igual que el de libertad en el apogeo del marxismo, se entiende de manera diferente; los conceptos se están usando en el mundo real de manera incompatible entre sí y está primando el políticamente correcto que es el que desafortunadamente va contra el individuo y a favor de la concentración del poder del estado. Veamos.

Para unos, globalización es un proceso que debe nacer de los gobiernos, ojalá de meta  estamentos como la Unión Europea u organismos con alcance universal como la OECD o las Naciones Unidas. Es esencialmente un proceso que perciben de arriba hacia abajo con reglas mundialmente homogeneizadoras. En general este concepto es mantenido por políticos y burócratas, incapaces de aportar a la globalización de internet que hoy vemos y que no participan en ningún desarrollo creativo, de bienes o servicios. Comercio sí, pero según reglas perfectamente definidas y siempre que se acepten otras condiciones, como el caso de la inmigración forzada. Los impuestos, el dinero pagado por los ciudadanos, ya no es una facultad de su comunidad, ni siquiera de cada país sino de estos organismos supranacionales con poder de excluirlos del flujo de intercambio si no se siguen sus reglas. También son excluidos de este supuesto libre intercambio quienes no siguen los nuevos principios de derecho que un grupo de iluminados genera, sin la validación de la evolución histórica del precedente o de un proceso democrático real. Cientos de miles de directivas y regulaciones – que tratan desde el mercado laboral hasta la energía que consume una tostadora – surgen desde Bruselas. Este flujo podrá justificar los bien pagados trabajos de los burócratas de los organismos internacionales, pero asfixia la competencia de los países, en particular a las empresas más pequeñas y familiares, y los hace menos productivos, y con ello más pobres.

El problema para los gobiernos es que la globalización como proceso real plantea una amenaza directa al poder que detentan para controlar la conducta de los individuos. Y los gobernantes, sean democráticos o autocráticos, no reaccionan bien a la pérdida de control por lo que actuarán para retener el poder por cualquier medio que sea necesario.

Para otros, en cambio, globalización es algo que deciden los individuos y sus asociaciones voluntarias, no los gobiernos. Lo que éstos deben hacer es no impedirlo. Es la idea bajo la que surge la globalización, el motor detrás del internet por ejemplo. No nace de un poder estatal centralizado sino de miles de personas trabajando libremente; surge de abajo hacia arriba. No impedir el derecho a traer o llevar bienes o capitales, contratar o invitar a un extranjero o casarse con él. Y también no obligar a recibir y mantener a alguien que nadie invita o contrata, o a darle beneficios graciosamente a un extraño que se desean reservar para quien tiene una historia compartida. Este enfoque visualiza una globalización que lejos de homogeneizar a la fuerza permite florecer múltiples diversidades e identidades autodefinidas libremente. Incluso a nivel de gobierno permite que distintas comunidades experimenten grados de descentralización en impuestos, sistemas jurídicos, con cuan permisivos son con los inmigrantes, sin que algún organismo superior los amenace con excluirlos del mundo si no siguen sus designios.

Así como identificar la perversión de la libertad que se encontraba en la raíz del proyecto totalitario y defender un concepto de libertad como no interferencia, con límites legales al poder coercitivo del estado, tiene profundas resonancias en la tradición política americana, la globalización entendida como un proceso popular espontáneo en el que el gobierno sólo debe intervenir para que no sea impedido, resuena a los orígenes del comercio en el estado federal americano. Cuando los redactores de la Constitución de los Estados Unidos puntualizaron la facultad del Congreso de reglamentar el comercio interestadual en el artículo I, sección 8, cláusula 3 de la Constitución de los Estados Unidos – Cláusula de Comercio – establecieron que la facultad del Congreso al respecto se limitaba a impedir que los estados erigieran barreras que limitaran a los bienes o personas circular libremente. Procuraban crear una gran zona de libre comercio dentro de los Estados Unidos mediante la remoción de las barreras al comercio interno, tal como Alexander Hamilton y James Madison lo puntualizaron en los Papeles Federalistas 11, 17 y 42 especialmente. Una zona de libre comercio a lo largo y ancho de la nación, concordaban casi todos, les permitiría a los estados aprovechar la división del trabajo y morigerar las tensiones entre las personas en la medida que los bienes atravesasen libremente las fronteras.

Por ello, al igual que vemos en internet, que si la autoridad incursiona para definir y reglar el mundo virtual, es más probable que pierda su dinamismo, los gobiernos deben limitarse de intervenir en la globalización y permitir que las personas decidan intercambiar ideas, bienes, capitales o moverse ellas mismas como lo estimen. Esta globalización popular y masiva es incompatible, así como el concepto clásico de libertad era incompatible con el marxista, con la globalización estatal unificadora y centralizada.

Y ya hay evidencia respecto del éxito de la globalización surgida desde esta concepción. A medida que el mundo se ha integrado espontáneamente, la calidad de vida para la persona promedio, en especial para los más pobres, ha mejorado sustancialmente. El ingreso medio global se duplicó entre 2003 y 2013 mientras que la desigualdad global cayó en el mismo período. Las tasas absolutas de pobres cayeron cerca del 80% (Sala i –Martin) y las medidas de bienestar global han aumentado entre 128% y 145% desde 1970. La fuente de este progreso no es un programa de redistribución global. Es una masiva creación de riqueza a raíz de la especialización permitida por intercambio mundial. Esto sucede porque la globalización baja los precios para bienes de consumo dejando a los consumidores mejor en términos reales pero también incrementa la variedad de los productos.

Pero mucho más importante es que la oportunidad que genera la globalización para la cooperación intelectual se extiende a todo el mundo lo que acelera la tasa de progreso científico, tecnológico y de innovación empresarial. A medida que todos están habilitados a participar en una verdadera división del trabajo, los beneficios se expanden por el mundo eliminando pobreza y mucho del sufrimiento humano.

En esta visión de la globalización desde luego los gobiernos son importantes. La división del trabajo depende de las leyes e instituciones que una nación adopte. El intercambio voluntario sólo puede tener lugar cuando existe un adecuado marco legal que garantiza el respeto a los contratos y el derecho a la propiedad privada. Los gobiernos pueden jugar un rol positivo en facilitar la globalización al mejorar el imperio de la ley en aquellas áreas que faltan en el mundo y al defender los derechos de propiedad reales e intelectuales.

Afortunadamente, en el mundo sajón – el Reino Unido y Estados Unidos – existe un grupo suficientemente fuerte que apoya la globalización que nace de las personas y que privilegia la diversidad. Al igual que la dicotomía entre libertad clásica y marxista, probablemente algunos países experimenten con una y con otra, pero es indispensable que exista una masa crítica que brinde oportunidad a la globalización del individuo para que no sea aplastada como el comunismo trató de hacerlo con los que no seguían sus designios.

[1] En términos más actuales, libertad negativa es entendida como la ausencia de impedimentos intencional y equivocadamente impuestos de parte de terceros para hacer lo que se quiera. La libertad positiva es el poder de hacer lo que se quiera. Ambas tienen valor en la vida de un individuo. Pero reconocer que la libertad positiva tiene un valor no significa darle a los gobiernos licencia para hacer lo que sea necesario en orden a promoverla. En cambio, dado que el estado se reserva el imperio de la fuerza a través de las funciones de seguridad y justicia que le han sido delegadas de manera exclusiva, es el único encargado de hacer cumplir la libertad negativa.