El enemigo del sindicato no es el empresario sino todo trabajador que desee contratarse a un salario menor del que quiere imponer el sindicato.
Publicado el 13.06.2015
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Continúa en el Congreso Nacional la tramitación del proyecto de ley del gobierno que busca fortalecer al sindicato, la negociación colectiva y la huelga. En las líneas que siguen quiero discutir algunos lugares comunes que fundamentan el proyecto, pero que también se los repite como verdades absolutas por muchas personas sin mayor reflexión.

Partiré explicando en palabras simples algunos conceptos.

El sindicato es una asociación permanente de trabajadores cuya finalidad es mejorar las condiciones de trabajo de sus miembros y, especialmente, subir su remuneración o salario.

La negociación colectiva es un proceso a través del cual un grupo de trabajadores o un sindicato proponen al empleador la revisión conjunta de las condiciones pactadas en sus contratos de trabajo.

La huelga es la abstención concertada de trabajar y se utiliza como un mecanismo de presión para que el empleador acepte las propuestas de los trabajadores.

La idea de que hay que fortalecer al sindicato, la negociación colectiva y la huelga parte de una idea o premisa muy simple y que aparentemente sería correcta, a saber: que “el empleador tiene siempre la sartén por el mango”, vale decir, que puede imponer arbitrariamente las condiciones de trabajo al trabajador y que sólo uniéndose los asalariados pueden equiparar ese poder y negociar de igual a igual porque, como dice una antigua consigna, “la unión hace la fuerza”.

En primer lugar quiero discutir esta premisa.

Empleador es quien emplea trabajadores. Salvo el caso de quien demanda trabajo doméstico, el empleador es por regla general el empresario quien, además de trabajadores, necesita capital para desarrollar su emprendimiento. Empresario es una persona que ha descubierto una necesidad insatisfecha en la sociedad y cree que puede producir el bien o el servicio que satisfaga tal necesidad. Para producir ese bien o servicio necesita obtener factores productivos: trabajo, capital físico (máquinas, insumos, un lugar donde operar) y capital financiero (dinero para contratar trabajadores y comprar y/o arrendar capital físico).

El empresario es por tanto un agente económico que demanda trabajo y capital. No puede imponer a los oferentes (trabajadores y capitalistas) el precio de los factores productivos porque hay otros empresarios que también los necesitan y compiten con él para obtenerlos. Y esa competencia se basa en quién ofrece más a los dueños del capital y a los dueños del factor trabajo. De manera que en condiciones normales los empresarios pujan al alza por capital y trabajo. Si un empresario no está dispuesto a pagar el interés que cobran los dueños del capital, éstos preferirán prestar su dinero a otro y, si ofrece un salario muy bajo a los trabajadores, éstos preferirán trabajar para otro empresario que pague más.

Por otra parte, ningún empresario puede ofrecer mucho más que los otros por capital y trabajo porque sus clientes no aceptarán que suba el precio del bien o servicio aunque suban sus costos de producción. Si el empresario sube el precio por encima de lo que cobran sus competidores sus clientes lo abandonarán. Como dijo von Mises, son los propios trabajadores en su rol de consumidores los más implacables enemigos del alza de salarios.

De manera que un “empleador-empresario” no puede pagar ni mucho más ni mucho menos que lo que pagan los demás “empleadores-empresarios”. Entonces no es tan cierto eso de que “el empleador tiene siempre la sartén por el mango”.

Las condiciones de contratación del factor trabajo no dependen ni de un empleador en particular ni de un trabajador en concreto, sino de la interacción de todos los empresarios y trabajadores en el mercado.

También quiero discutir la afirmación recurrente de que los sindicatos pueden mejorar el ingreso de todos los trabajadores o de que pueden corregir la desigualdad de ingresos.

Hay dos formas coactivas de subir los salarios: por ley (o decreto de la autoridad) o mediante la actuación de los sindicatos.

En Chile, la ley establece un ingreso o “sueldo” mínimo, lo que significa una prohibición legal de trabajar a cambio de menos dinero. Esto perjudica sobre todo a las personas menos productivas o con menos capacidades intelectuales o físicas, que con tal de emplearse estarían dispuestas a percibir menos, pero la ley se lo impide. La sociedad prefiere que no trabajen en absoluto y se conviertan en parásitos o, lo que es peor, en delincuentes. Esta es una crueldad social que se sostiene bajo la retórica del “empleo decente”. En general, las leyes que elevan el costo de la contratación laboral por encima de la productividad generan desempleo que recibe el nombre de “desempleo estructural”. Por eso digo que esta es una forma patológica de subir los salarios.

La otra forma coactiva o patológica es a través del comportamiento monopólico de los sindicatos. De hecho, la única forma que tienen los sindicatos de obtener mejoras salariales es controlando la oferta de trabajo y en tal sentido se comportan como cualquier monopolista. Los sindicatos buscan impedir que los trabajadores no asociados compitan con sus socios y de este modo pujen a la baja los salarios. Quieren evitar a toda costa que los trabajadores no asociados ofrezcan al empresario trabajar por menos de que lo que quiere cobrar el sindicato. En un primer momento histórico esto se logró mediante la violencia física o las amenazas, pero después los sindicatos consiguieron que la ley hiciera el “trabajo sucio”.

Por eso los sindicatos quieren que la ley prohíba totalmente al empresario el reemplazo de los huelguistas. Así, si los socios del sindicato se abstienen concertadamente de trabajar y el empresario tiene prohibido por ley recurrir a otros trabajadores se generará en la empresa una escasez artificial de mano de obra y el empresario tendrá que ofrecer más dinero para convencer a los huelguistas de que vuelvan al trabajo.

Este truco resulta, pero por un corto tiempo. El empresario aceptará bajar su ganancia, o incluso trabajar a pérdida, porque contrajo compromisos que si la empresa paraliza no podrá cumplir. Paralizarle causaría probablemente mayores perjuicios que rebajar o renunciar transitoriamente su margen de ganancia. Pero una vez sorteada la emergencia tendrá que ver cómo reequilibra sus costos. Ya vimos que es difícil que pueda subir los precios, porque los consumidores somos infieles y preferimos siempre al que cobra menos. La alternativa será despedir trabajadores. De manera que el alza de salarios la pagarán finalmente los propios trabajadores mediante el desempleo.

Si la actuación monopólica de los sindicatos se generaliza a todas las empresas de una misma área productiva, el alza de salarios la pagan también los trabajadores mediante alzas de precios (recordemos que los trabajadores son a la vez consumidores) de manera que lo que les entra por un bolsillo les sale por el otro. Si los consumidores pueden prescindir o sustituir el bien o servicio cuyo precio sube, entonces toda esa área de producción se deprimirá y consecuencialmente descenderá la contratación de trabajadores. El alza de salarios se pagará, otra vez, con desempleo.

Thomas Sowell proporciona un ilustrativo ejemplo de lo anterior:

El legendario líder sindical de Estados Unidos John L. Lewis, jefe del sindicato United Mine Workers de 1920 a 1960, fue enormemente conocido por conseguir mejoras salariales para sus miembros. Sin embargo, un economista lo ha denominado “el mayor vendedor de petróleo del mundo”, porque su trabajo sindical supuso para la industria del carbón subidas de precios e interrupciones por huelgas, lo que provocó que muchos consumidores de carbón decidieran comenzar a utilizar petróleo. Esto, por supuesto, hizo que disminuyera el empleo en la industria del carbón.

El enemigo del sindicato no es el empresario sino todo trabajador que desee contratarse a un salario menor del que quiere imponer el sindicato. Al sindicato no le importa dejar a otros trabajadores fuera del mercado laboral con tal de mantener los privilegios para sus asociados.

Pero hay también una forma que podríamos llamar natural o sana de que los salarios suban. A saber: Dejando que la economía del país crezca o, lo que viene a ser lo mismo, permitiendo que se cree más riqueza. Para que la economía crezca y se genere más riqueza es clave el ahorro o acumulación de capital. Para esto es necesario que el gobierno deje las utilidades o ganancias en las manos de sus dueños y que no las confisque a través de los impuestos. El gobierno debe dejar las utilidades o ganancias en manos de sus dueños porque de ese modo vuelven al mercado financiero y quedan disponibles para la inversión, esto es, para que las empresas financien su expansión o modernización o se genere nuevo emprendimiento. Si las empresas pueden financiar su crecimiento y más personas pueden financiar nuevos emprendimientos aumentará la demanda por factores productivos y la mayor demanda elevará su precio. El trabajo es un factor productivo y el salario es, guste o no, el precio del trabajo. Si hay mayor demanda por fuerza de trabajo entonces los empresarios tienen que pujar al alza los salarios para conseguir desplazar a los trabajadores desde donde están ahora hacia sus emprendimientos. Esto se consigue sin coacción legal ni sindical, simplemente si el gobierno evita arrebatar la ganancia o utilidad en a sus legítimos dueños, a los que de verdad saben cómo crear riqueza.

 

Claudio Palavecino, abogado y profesor de Derecho del Trabajo de la Universidad de Chile.

 

FOTO: JAVIER SALVO/AGENCIAUNO