Los intérpretes de “la voz del pueblo” se arrogan a su conveniencia el liderazgo prescriptivo y la superioridad moral de decidir lo que es y lo que no es idóneo o importante, que en resumidas cuentas se reduce a aquello que coincide con sus principios doctrinales.
Publicado el 15.06.2018
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La hipocresía, ese defecto humano que consiste en hacer lo contrario de lo que se predica, no solamente se manifiesta en la disonancia entre los actos o hechos de las personas y su discurso cotidiano, sino especialmente dentro del marco de la política. Lo mínimo que debería tener un político es coherencia y respeto hacia los principios y valores que propugna, pero no siempre es así.

Una de las expresiones más notorias de la hipocresía es lo que comúnmente se denomina el doble discurso, la discordancia entre lo que se dice y lo que se hace, como una manera de ocultar o esquivar el motivo real de cualquier decisión. Se trata de convertir en realidad aquello del popular dicho: “Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”. El que sostiene esa posición transmite su mensaje de una manera tan coherente que hasta quienes forman su entorno se convierten en cómplices de su mentira, que defienden y justifican con los argumentos más insospechados.
La izquierda, a lo largo de los tiempos y cambiando de imágenes y máscaras, se ha convertido en uno de los sectores políticos que hacen malabarismos retóricos dentro de la práctica del doble discurso, dejando al descubierto una profunda hipocresía y una deleznable doble moral, que, entre otras muchas cosas, demuestra la falsedad de sus argumentos y la mezquindad de sus propósitos.

Esta pericia retórica no ha sido casual. Cuando el discurso político se reviste de contenidos moralistas y de apelaciones a la conciencia, la coartada y la sombra del totalitarismo se ciernen amenazantes sobre los individuos libres. Así, esquivando los vicios propios y predicando grandilocuencia, la izquierda ha logrado convertir a los ámbitos de la ética y de la política no sólo en complementarios sino en indivisibles. Moralizar la política provocando cinismo político y politizar la moral provocando hipocresía social es una fascinación, o ilusión, que han logrado infiltrar en gran parte de la clase política. Pero la unión indiscriminada de moral y política comporta además otros solapamientos, de efectos perversos: esfera privada y pública; interés personal y general; responsabilidad personal y colectiva; etcétera. La derivación final de esta visión unificadora es el proyecto de un escenario totalitario, que es justamente lo que siempre han buscado. Porque totalitario es el propósito de politizar y patrimonializar las conciencias, los sentimientos y las convicciones de los individuos. Estas tentaciones no son neutras ni huérfanas; se hallan muy próximas al núcleo de los discursos y prácticas nacionalistas y socialistas todavía ligados a delirios redentores y utopistas: la patria imaginada y el pueblo emancipado.

Aunque puede tener su relevancia evolutiva –por aquello de defender lo que se considera positivo aun cuando uno no sea lo suficientemente fuerte como para cumplirlo– el doble discurso en general suele ser una estrategia para medrar a costa de los demás; un reprimir al prójimo mientras uno disfruta libre de ataduras. El propio Jesucristo critica en numerosas ocasiones a los fariseos, a los hipócritas, quienes “purifican por fuera la copa y el plato, mientras por dentro están llenos de rapiña y maldad” (Lucas 11, 39).

Y ahí tenemos a toda la “izquierda caviar” que es inmune a estas peticiones de arrimar el hombro y la cartera. Al parecer, toda su riqueza tiene un justo origen gracias a la pureza ideológica del propietario”.

Pongamos un ejemplo. La izquierda ha hecho de su odio a los ricos una de sus señas de identidad. Herederos de una empobrecedora tradición marxista –moral, intelectual y económicamente– han considerado la riqueza como el fruto de la explotación del obrero y no como el resultado de la generación de prosperidad, bienestar y satisfacción para millones de consumidores. El rico siempre se encuentra bajo sospecha y por ello merece ser objeto de todo tipo de coacciones y exacciones. Pero por supuesto, cuando la izquierda reclama dureza contra los ricos nunca piensa en la riqueza que han amasado los propios políticos gracias –y dejando de lado la corrupción– no a haber servido a los ciudadanos, sino, en la inmensa mayoría de los casos, a haberles esquilmado y dificultado sus vidas. Y ahí tenemos a toda la “izquierda caviar” que es inmune a estas peticiones de arrimar el hombro y la cartera. Al parecer, toda su riqueza tiene un justo origen gracias a la pureza ideológica del propietario.

En estos días hemos sabido que Pablo Iglesias, el adalid impoluto de Podemos en España, se muda de hogar. Se trata de una vivienda grande (unos 286 metros cuadrados en una finca de más de 2.000, según relata Idealista) ubicada en Galapagar, en plena sierra madrileña y valorada en más de 600.000 euros”.

Sin embargo, a poco andar afloran las hipocresías. En estos días hemos sabido que Pablo Iglesias, el adalid impoluto de Podemos en España, se muda de hogar. Se trata de una vivienda grande (unos 286 metros cuadrados en una finca de más de 2.000, según relata Idealista) ubicada en Galapagar, en plena sierra madrileña y valorada en más de 600.000 euros. Son números habituales en la zona y no demasiado extraños si pensamos en sus sueldos. La polémica ha surgido por el relato muy afianzado en Podemos sobre “la casta”, elemento catalizador de su discurso frente a la clase política tradicional y que remendaba la dicotomía entre “los de abajo” y “los de arriba”. Pero resulta que la casa adquirida se parece demasiado a las viviendas en las que imaginamos a “la casta” y, viniendo de Iglesias, una figura que ha hecho continua apología de la vida obrera y humilde, choca. En especial cuando tiramos de la hemeroteca. Hay innumerables citas en las que el líder de Podemos ha cargado contra los políticos con casas semejantes con acusaciones de vivencia “aislada” de la sociedad y de una desconexión total entre la gente normal y la élite política, en ocasiones con citas literales que cuadran el valor de compra teórico de su nueva propiedad. “¿Entregarías la política de un país a quien se gasta 600.000€ en una casa?” La frase no la firma ningún tuitero enfurecido con Pablo Iglesias, sino el propio Iglesias en el ya lejanísimo 2012 en referencia a la inminente adquisición del entonces ministro de Economía de Rajoy de una vivienda valorada en 600.000 euros. Iglesias añadiría: “Que la política económica la dirija un millonario es como entregar a un pirómano el Ministerio de Medio Ambiente”. Obviamente el tuit ha sido reflotado en estos días.

Todas las revoluciones, incluso las frustradas, acaban de la misma manera: con la creación de una casta dirigente superpuesta, de nuevas élites que reproducen los hábitos de las viejas. El progresismo siempre queda atenazado por la pinza moral de su falsa coherencia. Todo es rancio y banal como la propia sustancia doctrinal de la izquierda que siempre viene a instituir su distopía destructora sobre los cimientos de una época y se termina pirrando por el discreto encanto de una casa en la sierra, el sueño pequeño burgués de la parcela.

Sólo en países libres como los hay en Occidente se puede ejercer el izquierdismo como juego de salón, sin mayores consecuencias y con buenos rendimientos en el bolsillo. Porque en los países de Europa del Este, donde padecieron el socialismo real, es imposible encontrar este tipo de marxistas, del género de los que han proliferado en Europa Occidental y América Latina. En lugar de esa izquierda exquisita a la que sucumbieron numerosos intelectuales y artistas -con gran dosis de frivolidad y vanidad adoptando ciertas tesis y actitudes del marxismo en tono propagandístico para obtener a cambio reconocimiento, canonjías políticas y hasta estipendios de parte de gobiernos con mala conciencia- lo que hay en Europa del Este son museos que recuerdan el horror del socialismo real.

Justamente un efecto curioso de este marxismo exquisito es la cara dura para el doble discurso moral. Pongo otro ejemplo: el izquierdismo de salón condena con los peores epítetos las atrocidades que cometieron algunos militares estadounidenses en la cárcel de Abu Ghraib en Irak (y hacen muy bien en condenarlas porque tales conductas contradicen todos los valores de las sociedades libres), pero atribuyen las atrocidades del bando contrario –por ejemplo, de Al-Qaeda o de los fundamentalistas islámicos– a la perfidia de Occidente. De esta forma, en su doble discurso Occidente siempre pierde y es culpa de sus valores. Curiosa lógica suicida, considerando que sólo en Occidente se puede ser izquierdista, con toda libertad y a veces con extraordinarias ganancias.

En un discurso del año 2007, el entonces Presidente Nicolás Zarkozy rescataba la lógica de estos intelectuales y políticos, la lógica del pensamiento único, que es el pensamiento de quienes lo saben todo, de quienes se creen no solo moral sino intelectualmente por encima de los demás. Y recordaba que la izquierda, como fuerza política, a su juicio se deslizaba dentro de un cuadro de relativismo moral, o, dicho de otro modo, de doble moral: “La izquierda que ha tomado gusto por el poder, a los privilegios. La izquierda que no ama a la nación porque no quiere compartir nada. Que no ama a la República porque no quiere compartir la igualdad. Que pretende defender los servicios públicos pero a la que jamás veréis en un transporte colectivo. Que ama tanto a la escuela pública, que a sus hijos los lleva a los colegios privados. Que dice adorar a la periferia pero que se cuida mucho de vivir en ella. Que siempre encuentra excusas para los violentos, a condición de que se queden en esos barrios donde la izquierda no va nunca. Esa izquierda que hace grandes discursos sobre el interés general, pero que se encierra en el clientelismo. Que firma peticiones y manifiestos cuando se expulsa a algún “okupa”, pero que no aceptaría que se instale en su casa. Que se ocupa de hacer moral para los demás, sin ser capaz de aplicársela a sí misma. Han renunciado al mérito y al esfuerzo y atizan el odio a la familia, a la sociedad y a la República”. Ante tal situación, llamó a volver a “los valores del respeto, de la educación, de la cultura y de las obligaciones antes que los derechos. Estos se ganan haciendo valer y respetar los anteriores”.

La lista es interminable, pero hay ejemplos emblemáticos. Fue una renuncia sorpresiva e inmediata. El pasado 7 de mayo, el fiscal de Nueva York Eric Schneiderman, el Demócrata que había impulsado la demanda contra la compañía del director de cine Harvey Weinstein por permitir los abusos sexuales, debió dejar su cargo luego de ser acusado por cuatro mujeres de maltrato y amenazas. Las dos que se animaron a testificar con nombre dijeron que el fiscal, ex senador Demócrata en el estado de Nueva York, las golpeó con fuerza en varias ocasiones cuando estaba bajo los efectos del alcohol e incluso trató de estrangularlas para luego amenazarlas de muerte si dejaban la relación. Fiscal desde 2010, Schneiderman se convirtió en uno de los oponentes más activos contra Donald Trump dentro de la judicatura desde que llegara a la Casa Blanca.

Lo que recuerda otro episodio también relacionado con varones que predican defender la condición femenina. El 17 de marzo de 2008 el entonces gobernador de Nueva York Eliot Spitzer, de 48 años, casado y con tres hijas, debió renunciar a su cargo luego que The New York Times diera a conocer sus encuentros por más de ochenta mil dólares con prostitutas en hoteles de Washington. Hipócrita conducta si consideramos que Spitzer, ex jefe de fiscales estatales de Nueva York, había erigido su reputación investigando delitos financieros en Wall Street y persiguiendo redes de prostitución.

Es difícil quizás encontrar un ejemplo más estrambótico, a la par que divertido, de lo que queremos decir, como salido de una editorial de The Onion, que el hecho que Bernie Sanders, el otrora competidor de Hillary Clinton, fuera expulsado de una comunidad hippie… ¡por haraganear todo el día!, de acuerdo al libro We are as Gods, de Kate Daloz, publicado en abril de 2016 y sobre el que la campaña de Sanders se negara a comentar. En el verano de 1971 la comunidad de Myrtle Hill en Vermont recibió un visitante: Bernie Sanders, de 30 años, en la cúspide de su carrera política en el socialista Liberty Union Party. Sanders había ido a la granja como parte de su trabajo de investigación sobre el parto natural para la revista Movement. Pero resultó que cuando Sanders no estaba preguntando sobre el milagro de la vida, pasaba el tiempo en pláticas ociosas que lo predispusieron mal con varios miembros de la comunidad hippie, quienes tenían que alejarlo si querían ver sus magras tareas diarias realizadas. Eventualmente quien estaba encargado de organizar el lugar, un tal Craig, viendo que era imposible hacerlo trabajar, educadamente le pidió que se marchara. Que Bernie Sanders, un haragán expulsado de una comunidad hippie por extrema vagancia, que se unía abiertamente a grupos socialistas y comunistas pretendiera obligar mediante políticas públicas a cientos de millones de estadounidenses a hacerse cargo patrimonialmente y por muchas generaciones de financiar gastos que han probado ser improductivos es un testimonio del doble discurso de la izquierda, pero especialmente de la facilidad con que permea el sentir humano, ya que este personaje llegó a oler la presidencia de los Estados Unidos.

Los intérpretes de “la voz del pueblo” se arrogan a su conveniencia el liderazgo prescriptivo y la superioridad moral de decidir lo que es y lo que no es idóneo o importante, que en resumidas cuentas se reduce a aquello que coincide con sus principios doctrinales incluso en las ocasiones en que tales criterios van a contramano de la opinión de muchos de sus propios votantes. Y siempre tales criterios son favorables a la concentración de poder en sus manos –más gobierno, más impuestos, más poder para castigar a quienes ellos dispongan.

Por los ejemplos puestos, no siempre, pero en muchos casos, hay una tendencia por carácter, tiempo dedicado, vicios del sistema, y otras causales que aún no conocemos a que se cumpla la máxima Madisoneana. “Si los hombres fuesen ángeles, el gobierno no sería necesario. Si los ángeles gobernaran a los hombres, saldrían sobrando lo mismo las contralorías externas que las internas del gobierno. Al organizar un gobierno que ha de ser administrado por hombres para los hombres, la gran dificultad estriba en esto: primeramente hay que capacitar al gobierno para mandar sobre los gobernados y luego obligarlo a que se regule a sí mismo”. Peor aún, y por lo visto, tiende a pasar que los que llegan al poder más que ángeles se asemejan a diablitos que esconden su cola.

Para Madison, y muchos otros después, como James Buchanan, el poder, por naturaleza, tiende a expandirse y traspasar los límites que se le han trazado, e irse hacia la arbitrariedad, el abuso y hasta la opresión. Desde este punto de vista, el carácter y la lógica del poder conducen necesariamente a que éste, dejado a su libre albedrío, viole inevitablemente sus propios límites y penetre esferas que no le pertenecen. Uno de los problemas más complejos, tanto teórica como prácticamente, en el diseño y el funcionamiento de un sistema de gobierno es precisamente la puesta en práctica de los mecanismos de frenos y contrapesos que impidan la expansión arbitraria, abusiva y autoritaria del poder. En este sentido es importante recordar que Madison no tenía una concepción legalista del sistema de gobierno. Para él no era suficiente que las normas y las instituciones que frenan y contrapesan el poder estuvieran recogidas en el texto constitucional, sino que se requería también de hábitos, prácticas y mentalidades, tanto de gobernantes como de gobernados, que nutrieran esta manera particular de estructurar la política y el ejercicio del poder.

Así el gran desafío para proteger la libertad y con ello permitir el progreso, tal como magistralmente explica Deirdre McCloskey en The Bourgeois Virtue: Ethics for an Age of Commerce, ha sido siempre cómo dar respuesta práctica a estos problemas en diferentes momentos y circunstancias, pues no es posible llegar a un punto de equilibrio armónico en que pueda decirse que se erradicó para siempre el peligro del abuso de poder, la arbitrariedad y la violación de los límites que se le asignan a cada esfera de la estructura de gobierno.

Tener presente los casos emblemáticos aquí citados y estar atentos a los otros que ocurren cotidianamente nos lleva a recordar, a quienes valoramos la libertad, como fuente inacabable de progreso la importancia y vigencia”.

Estas ideas tienen tanta validez y pertinencia en el mundo actual como la tuvieron cuando Madison las formuló a finales del siglo XVIII. De hecho, uno de los serios problemas de las sociedades latinoamericanas es que históricamente han carecido, por múltiples razones, de sistemas constitucionales efectivos que impidieran o limitaran las variadas formas de despotismo y personalismo excesivo. Uno de los grandes retos que tienen, pues, consiste en seguir avanzando en la construcción no sólo normativa, sino también en los planos de la cultura política, las prácticas institucionales y los hábitos cotidianos, de una visión constitucional de este tipo como plataforma de la democracia, la libertad, la transparencia y la limitación del poder.

Sólo el control de la ley, combinado con la posibilidad latente de la rebelión de los súbditos, parece históricamente capaz de limitar esta tendencia, de hacer que el estado cumpla con sus funciones básicas sin que el gobernante sea endiosado o sin que utilice los resortes del poder para su enriquecimiento personal. Pero para que la amenaza sea real es preciso abandonar el ingenuo voluntarismo y la visión simplista de los individuos, o al menos de los responsables de comunicar y liderar. Es necesario comprender las fuerzas que intervienen en la sociedad y los poderosos factores que impulsan el crecimiento del estado para poder, con tales conocimientos, abordar las acciones liberalizadoras sobre una base más sólida y por lo tanto más fructífera.

Tener presente los casos emblemáticos aquí citados y estar atentos a los otros que ocurren cotidianamente nos lleva a recordar, a quienes valoramos la libertad, como fuente inacabable de progreso la importancia y vigencia, hoy como siempre, de las más básicas recetas liberales.