Ayer tomó posesión como presidente número 45 Donald Trump. En su discurso de inauguración quedó claro que desprecia Washington y odia la forma como las élites han gobernado el país. Fue un discurso populista -en tanto se trató de una comunicación directa del líder con su pueblo- pero que no deja de ser cierto. Es que en los Estados Unidos los populistas no son estatistas como sus equivalentes en otras latitudes; por el contrario, es tan feroz su oposición a la intervención estatal y todo cuanto ella implica que se asemejan a los anarquistas del siglo XIX.
Publicado el 21.01.2017
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“El 20 de enero de 2017 será recordado como el día en que el pueblo volvió a controlar esta nación”. Con esta frase, al inicio de su discurso, envió el mensaje que como presidente intenta cumplir con su palabra. Donald Trump enmarcó su campaña electoral como una revolución popular contra el establishment. Prometió una y otra vez “drenar el pantano” en Washington, al que describió como hinchado, aislado y autocomplaciente con el sistema político. Finalmente la democracia surgió como el gobierno del pueblo para el pueblo, algo que, en la actualidad, está muy lejos de ser una realidad en América y en Europa. El gran contrato social de la democracia liberal -libertad, paz y seguridad para los ciudadanos- ha dejado de cumplirse. No es de extrañar, entonces, que un presidente que denuncia ese vacío político, que rechaza ser prisionero de lo políticamente correcto, que no rehúye fajarse con sus enemigos, sea visto como una amenaza por todo lo institucional: políticos, medios de comunicación y organismos internacionales.

Sus palabras también hicieron eco de su evaluación de campaña respecto a que los Estados Unidos están en apuros delictivos y necesitan “ley y orden”. Este rasgo pesimista es inusual en un discurso inaugural, y junto con su caracterización personal –que recuerda más a Margaret Thatcher que a Ronald Reagan, odiada por todos pero convencida de tener la razón y dispuesta a pagar el precio político para llevar adelante sus ideas– hace que los reacios a tolerar la transmutación de Trump en el “hombre más poderoso del planeta” crean que los únicos que lo quieren son blancos ignorantes, fanáticos de las armas de fuego, racistas resentidos, sexistas, homófobos y otros seres igualmente deplorables. El estereotipo no refleja la verdad, desde luego, ya que Trump contó con el respaldo de muchos graduados universitarios, mujeres, latinos y una cantidad no despreciable de negros, pero la imagen parece haberse instalado en el imaginario colectivo norteamericano.

Fue también fiel a su promesa de revivir de la clase media y colocar a los Estados Unidos primero en términos de negocios. Este es su rasgo más nacionalista. Durante décadas, afirmó, se ha enriquecido a la industria extranjera a expensas de la industria americana. “Hemos hecho ricos a otros países a la par que la riqueza, fortaleza y confianza de nuestro país se ha disipado en el horizonte”. Pilar de la campaña de Trump, reiteró su voto de devolver los puestos de trabajo a los americanos. “Recuperaremos nuestros trabajos, nuestras fronteras, nuestra riqueza y nuestros sueños” y “sacaremos a la gente de las ayudas sociales y le encontraremos nuevos trabajos”, para lo que ha marcado dos grandes principios: “Compra americano, contrata americano”.

Que un bastión de la libertad como los Estados Unidos proclame cerrar sus fronteras no es alentador. Sin embargo tengamos en cuenta -como posible luz en el camino- que en el sistema político estadounidense, el presidente es el jefe de la Administración, pero cada una de las personas que elige para liderarla tiene que tener el visto bueno del Senado, que se empeña a fondo en ponerles a prueba. Los senadores demócratas se han propuesto cobrarse aquí la primera victoria frente a Trump. Sin embargo hasta ahora no han podido desaprobar ni uno solo de sus candidatos y no porque les falten ganas. Todos sus nominados están demostrando gran profesionalismo y estar a la altura de su cometido. Están informados sobre los temas que les competen y no tienen ningún cadáver en el armario. Pareciera que se trata del caso de un presidente populista rodeado de un gabinete de conservadores y, por lo mismo, este tipo de medidas nacionalistas deberían ser, cuando menos, moderadas.

Sobre la cuestión militar y de política exterior, Trump proyectó una agenda Reaganesca de “paz a través de la fuerza”, a la par de prometer vecindarios seguros para las familias americanas. En un párrafo crispante, Trump marcó tres de sus principales promesas, insinuando que demandaría mayores contribuciones de la OTAN, buscaría un restablecimiento de relaciones con el presidente ruso Vladimir Putin y terminaría con el reino del Estado Islámico del Irán y el Levant (Isil). Entre la promesa de anteponer los intereses americanos a los del resto del mundo y las intenciones explícitas de reducir el “subsidio” americano de post guerra a la seguridad occidental de Europa y del Asia Pacífico, los gobernantes de los países de la OTAN, a estas alturas, deben estar con escalofríos.

Fue un discurso totalmente Trump, auténtico y muy diferente a los habituales de inauguración. Dieciséis minutos y 1461 palabras bastaron para que surgieran duras críticas. El establishment se atrinchera fácilmente. Presentó una lejana semejanza a los discursos de Andrew Jackson, demócrata y séptimo presidente americano por dos períodos, cuyos oponentes lo odiaban tanto que públicamente lo llamaban “jackass”, un término denigrante en inglés que significa “burro”; sin embargo, fue una figura muy querida por el pueblo de quien creía provenía la autoridad.

En el caso de Donald Trump es verdad que existen algunas señales poco alentadoras pero también de las otras. No dejemos que sea el New York Times o CNN quienes definan nuestros titulares.