A mediados del siglo XIX Suecia era un país muy poco urbanizado y relativamente atrasado. El 90% de su población vivía en áreas rurales, su estructura económica estaba, naturalmente, dominada por la agricultura y sus exportaciones consistían en productos de bajo valor agregado (madera, cereales y metales).
Publicado el 13.08.2016
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Hace poco dicté una conferencia en Estocolmo en el marco de un seminario organizado por la fundación Axel and Margaret Ax:son Johnson bajo la rúbrica “El significado del capitalismo para el desarrollo social y el bienestar de Suecia, 1850-2016”. Mi presentación abordó las causas del notable éxito del capitalismo sueco mediante una serie de contrastes con la experiencia de América Latina. En otras palabras, usé el espejo latinoamericano para destacar ciertos aspectos del desarrollo de ese país escandinavo que no resultan de por sí evidentes, tal como alguna vez el célebre Alexander Gerschenkron usó el espejo ruso para enriquecer nuestra comprensión del desarrollo europeo.

Reproduzco aquí una traducción adaptada de mi intervención pensando en su eventual utilidad, invirtiendo el juego de espejos propuesto, para entender las razones de los fracasos históricos latinoamericanos en desarrollar un pujante capitalismo como el sueco, es decir, capaz de brindar un bienestar creciente y sostenido a su pueblo.

El desarrollo capitalista sueco en el espejo latinoamericano

A mediados del siglo XIX Suecia era un país muy poco urbanizado y relativamente atrasado. El 90% de su población vivía en áreas rurales, su estructura económica estaba, naturalmente, dominada por la agricultura y sus exportaciones consistían en productos de bajo valor agregado (madera, cereales y metales). El ingreso per cápita del país estaba por debajo del de Italia y España, y no llegaba ni a la mitad del de Holanda o el Reino Unido. En todos estos aspectos, Suecia podría ser comparada con algunos países de América Latina. Chile nos da un buen ejemplo de ello. Su renta per cápita era casi igual a la de Suecia en 1850 (en paridad de poder adquisitivo), y ni el nivel de urbanización, la estructura productiva o la composición de sus exportaciones diferían significativamente de Suecia. Sin embargo, el desarrollo que tuvo lugar en las siguientes décadas muestra que detrás de estas similitudes e incluso de tasas de crecimiento comparables existían condiciones de desarrollo completamente diferentes que llevarían a Chile y a otros países de América Latina a un subdesarrollo permanente, mientras que Suecia fue capaz de convertirse en una pequeña gran potencia industrial.

El éxito del capitalismo sueco fue, sin duda, un hijo de las grandes reformas liberales introducidas a mediados del siglo XIX. De esta manera se crearon las instituciones que caracterizan a una economía de mercado moderna y abierta al mundo. Esto se debió, principalmente,  al resuelto accionar de su visionario ministro de Hacienda en esos años clave, Johan August Gripenstedt. Sin embargo, en esos tiempos también se introdujeron reformas liberalizadoras en diversos países de América Latina pero sin que las mismas diesen lugar a un desarrollo comparable al de Suecia. Este hecho plantea la cuestión de los factores subyacentes que hacen posible explicar tendencias de desarrollo completamente divergentes sobre la base de un marco legal y un enfoque económico relativamente similar. De ello trata el presente ensayo.

Seis factores o contrastes parecen particularmente significativos en una comparación entre el éxito sueco y el fracaso latinoamericano. El primero, y el más básico, es el contraste entre una comunidad étnicamente homogénea y sociedades profundamente divididas. El segundo trata del contraste entre agricultores libres e independientes vis-à-vis trabajadores agrícolas sometidos. El tercero se refiere al contraste entre una elite terrateniente y rentista y una industriosa y emprendedora. El cuarto factor hace a la diferencia entre un Estado profesional y uno de carácter patrimonial, marcado por el caudillaje y el ejercicio despótico del poder. El quinto aspecto se refiere al capital humano, donde la posición prominente de Suecia contrasta fuertemente con el atraso de América Latina. Por último, pero no menos importante, tenemos la cultura y su entorno religioso, lo que nos lleva a las diferencias entre la ética y la estética protestante respecto de aquella de raigambre católico-mediterránea.

1. El significado de la sociedad-comunidad

En perspectiva comparativa la característica más notable del proceso de modernización sueco es su progresión pacífica, donde tanto la implementación de importantes reformas económicas y políticas como los grandes cambios sociales que se produjeron no rompieron la paz social ni minaron el sentimiento imperante de comunidad. Es difícil encontrar algo parecido fuera de Escandinavia y sugiere la existencia de una estructura social caracterizada por una fuerte cohesión así como de una cultura que enfatiza el valor central de la comunidad y la importancia de priorizar los intereses generales de la nación en lugar de los intereses particulares de un grupo determinado. Asimismo, la capacidad de incluir e interactuar con los diferentes actores o estamentos sociales propia de la tradición política sueca contribuyó significativamente a este desarrollo. Esto es característico de la vieja tradición democrático-popular de las asambleas campesinas y la estrecha relación entre monarquía y estamento campesino. De esta manera, el diálogo y los compromisos llegaron a dominar la modernización de Suecia, sobre la base de una sociedad civil con una importante capacidad de organización y negociación.

Para una mirada latinoamericana todo esto resulta muy sorprendente y también lo es la fuerte homogeneidad étnico-cultural propia de Suecia. Las sociedades latinoamericanas fueron sociedades profundamente divididas en todo sentido a partir de su formación mediante un hecho de violencia como fue la conquista. Esa fue la indeleble marca de nacimiento de América Latina y la misma se ha perpetuado en lo que aún hoy son sociedades caracterizadas por desigualdades que conocen pocos paralelos en otras regiones. En contraste, la sociedad sueca tuvo un inconfundible carácter de sociedad-comunidad, es decir, de una sociedad que se apoya en un sólido sentimiento de pertenencia a una comunidad de origen, experiencia histórica y cultura. Sin ello es muy difícil explicar la sorprendente capacidad del país para enfrentar los desafíos del proceso de modernización de una manera inclusiva, gradual y pacífica. Asimismo, los problemas latinoamericanos tampoco serían comprensibles sin prestarle atención a la violencia de su hecho fundacional y las profundas fracturas sociales y étnicas que han marcado su historia.

2. Campesinos libres y propietarios

Lo recién dicho no puede entenderse plenamente sin tener en cuenta la situación histórica comparativamente única de los campesinos suecos (y escandinavos) que tan fuertemente contrasta con las formas de servidumbre y subordinación propias del resto de Europa y, por cierto, de América Latina. El feudalismo nunca fue cabalmente implantado en la península escandinava y los campesinos preservaron su libertad e incluso su representación política en el antiguo parlamento (Riksdag) del país, fuera de importantes derechos al uso y la propiedad de la tierra. Así, a los tres estamentos clásicos del parlamento europeo tradicional se le sumaba un cuarto estamento: el de los campesinos (bondeståndet, compuesto por campesinos propietarios o con derechos consuetudinarios al uso de la tierra). Así, junto con su clima y naturaleza, duros y exigentes (la naturaleza sueca no es “una madre consentidora”, como lo expresase el gran historiador Erik Gustaf Geijer), la presencia del estamento campesino es la clave para entender todo aquello que a primera vista aparece como misterioso en la historia y la cultura de Suecia.

Esta herencia histórica vino a jugar un papel central para determinar las características que asumió el proceso de modernización. A diferencia de la modernización de la agricultura tradicional en Inglaterra y lejos del latifundismo latinoamericano, está claro que el mayor beneficiario de la modernización de Suecia fue el estamento campesino. Este proceso, que conduce a la ampliación radical de la propiedad campesina, tuvo su punto de arranque en las grandes “reducciones” emprendidas por el rey Karl XI en las décadas finales del siglo XVII. Se trató de una gran reforma agraria que redujo significativamente la propiedad de la nobleza devolviéndole a la Corona aproximadamente una tercera parte de la tierra arable del país. Esta fue la base de un largo proceso, que tuvo lugar durante los siglos XVIII y XIX, por el cual los campesinos expandieron gradualmente su propiedad a través de la adquisición de las tierras de la Corona en las que vivían, llegando en el siglo XIX a poseer más de dos terceras partes de la tierra arable del país.

Este desarrollo tuvo un importante complemento en el proceso de unificación y cercamiento de la propiedad campesina (skiftesrörelse en sueco, correspondiente al concepto inglés de enclosure), que consolidó la propiedad privada de la tierra y facilitó la amplia introducción de significativas innovaciones en la agricultura. Como Eli Heckscher dice en su obra clásica sobre la historia económica de Suecia: “Mediante este desarrollo, su puso el fundamento de la posición política dominante de los campesinos suecos durante la última parte del siglo XIX.”

El resultado de este proceso fue la creación de unas condiciones muy favorables para las reformas económicas y políticas liberalizadoras emprendidas durante el siglo XIX ya que una parte muy significativa de la población sueca, representada por sus campesinos propietarios, pudo beneficiarse de las mismas y, consecuentemente, estuvo dispuesta a apoyarlas.

De ese hecho se derivan una serie de consecuencias de importancia clave para entender el éxito del capitalismo sueco. Entre ellas tenemos la amplitud del mercado interno, la distribución más igualitaria de los frutos de la comercialización y el progreso económico así como la capacidad creciente de los campesinos para invertir en la formación del capital humano de sus hijos. Todo esto contrasta fuertemente con lo que ocurrió en América Latina, donde los frutos de crecimiento impulsado por las exportaciones de bienes primarios fueron mayoritariamente apropiados por la élite de terratenientes y comerciantes de ascendencia europea, mientras que la gran masa popular formada por etnias originarias, mestizos, afroamericanos y mulatos vivía muy pobremente en una condición semiservil (e incluso esclava hasta las décadas finales del siglo XIX)  y se desempeñaba en tareas de bajísima productividad. Esto les dio su limitación característica a los mercados internos latinoamericanos e imposibilitó el desarrollo del capital humano de sus sectores populares. Esto se hace muy patente al comparar el grado de alfabetización y escolaridad alcanzada por la población sueca en torno al 1900 con la de Chile, a pesar de que sus ingresos per cápita eran prácticamente iguales. Otros indicadores, como la mortalidad infantil y la expectativa de vida, son claros testimonios acerca de los efectos de una distribución de los recursos productivos y, por ello, del ingreso que era profundamente desigual en Chile y América Latina mientras que en Suecia tenía una matriz estructural altamente igualitaria. Esta es una razón fundamental para entender por qué el fuerte crecimiento de las economías latinoamericanas no se tradujo, como en Suecia, en un desarrollo económico que permitiese pasar a formas cada vez más sofisticadas y diversificadas de producción.

3. Una élite industriosa y emprendedora

El papel de las élites es crucial para el desarrollo de un país. Lo que hagan las personas que han logrado acumular capital, habilidades de punta, estatus social y poder político tiene una importancia decisiva para el progreso de una sociedad determinada. En el caso de América Latina, la conducta de sus élites no solo es clave para explicar las disputas que, con la notable excepción de Chile, sumergieron a la región en constantes enfrentamientos violentos, sino también las limitaciones de su desarrollo económico. La base fundamental de la posición socioeconómica de las clases dirigentes latinoamericanas fue la posesión de grandes propiedades rurales, lo que tendió a promover el desarrollo de una mentalidad rentista que despreciaba, en buena tradición ibérico-mediterránea, el trabajo. Debemos recordar en este contexto que una característica central del concepto “gente decente”, de origen colonial, estaba dado por el hecho de vivir del trabajo de otros, fuera de la “pureza de sangre” y el poseer una residencia urbana representativa. Por su parte, la élite sueca mostró un desarrollo que llevaría finalmente al surgimiento de aquella brillante generación de emprendedores, inventores e innovadores que durante la segunda mitad del siglo XIX se embarcó con tanto afán en la transformación industrial de Suecia y en sus notables éxitos en conquistar parcelas del mercado mundial con productos de alta sofisticación técnica y valor agregado.

¿Cómo se puede explicar esta diferencia fundamental en la conducta y orientación de las respectivas élites? No hay una respuesta fácil para ello. Probablemente hubo varios factores que jugaron un papel significativo en esta orientación tan diferente de las élites de Suecia y América Latina, pero quiero señalar uno de esos posibles factores. Se trata de las oportunidades de la élite para mantener su estatus privilegiado. En América Latina, las élites podían seguir viviendo muy bien y conservar su posición social sin cambiar su manera de vivir. En fin, no existieron ni la necesidad ni los incentivos que pueden motivar una transformación que en ningún sentido es fácil. Por ello es que las nuevas oportunidades industriales y comerciales que se abrían en América Latina fueron habitualmente aprovechadas por inmigrantes relativamente pobres provenientes de Europa y el Oriente Medio, sin vínculos con la clase alta terrateniente y ajenos a su cultura rentista y seudoaristocrática. Esto limitó fuertemente el dinamismo de esas nuevas iniciativas, que tendieron, de forma natural, a refugiarse en actividades productivas de poca sofisticación técnica y bajos umbrales de inversión que estuviesen protegidas ya sea por los altos costos de transporte ya sea por las barreras proteccionistas que desde fines del siglo XIX se volvieron a erigir en América Latina.

En Suecia, por el contrario, importantes segmentos de la élite tuvieron que cambiarlo todo para que nada cambiase, para decirlo con ayuda de Lampedusa. Esto dependió básicamente de su acceso cada más limitado a la propiedad de la tierra y sus rentas. Los que conservaron propiedades agrarias tendieron a convertirse en emprendedores rurales y el resto se orientó hacia las nuevas oportunidades que surgían, por una parte, en el seno de una economía cada vez más comercializada y una sociedad en transformación y, por otra parte, de la expansión del Estado sueco y su creciente demanda de funcionarios con conocimientos técnicos y militares. De esta manera se reeducó una parte de la vieja élite sueca, pero también surgió una nueva élite de raigambre urbana, sin conexiones con la propiedad de la tierra y la cultura aristocrática tradicional. Esta burguesía, formada, entre otros, por exportadores, mayoristas y propietarios de talleres, manufacturas y explotaciones mineras, se convirtió en un componente importante de una élite multifacética con fronteras sociales fluidas, una gran capacidad de incorporar personas que habían protagonizado un rápido ascenso social y amplias redes sociales que facilitaron no solo el reclutamiento de futuros emprendedores e innovadores, sino también el acceso al capital.

4. Un Estado profesional, activo y con autonomía

El Estado fue el verdadero eje central del desarrollo de Suecia al menos desde los tiempos del gran canciller Axel Oxenstierna, creador de las instituciones fundamentales del moderno Estado sueco y figura clave del gobierno del reino durante la primera mitad del siglo XVII. La construcción de un Estado que para su época era muy moderno y profesional fue una de las ventajas comparativas más importante de Suecia en su gran momento de expansión imperial y jugaría luego un papel clave en el éxito del proceso general de modernización. En este sentido, el contraste con la América Latina tanto colonial como postcolonial no podría ser más nítido, con sus Estados que, con contadas excepciones como la de Chile, han sido abscesos infectados por la corrupción, el favoritismo y el caudillismo, y con todos los rasgos de lo que Max Weber denominó Estado patrimonial, es decir, un Estado que es considerado propiedad personal de los que gobiernan.

La existencia de una administración pública profesional y estable jugó un papel clave en la creación de una economía de mercado moderna. Esto es patente, por ejemplo, en las reformas institucionales y el apoyo estatal a la modernización de la agricultura (que conllevó una profunda reordenación tanto de los derechos de propiedad como de la estructura misma de la sociedad rural sueca) así como en las medidas tendientes a la formación de un mercado nacional unificado (pasando de los localismos tradicionales, incluidas las aduanas internas, a formas homogéneas de regulación de la actividad económica). Pero esto mismo también se aplica a las intervenciones gubernamentales estratégicas de mediados del siglo XIX que crearon no solo las instituciones de la modernidad económica sino también las condiciones materiales básicas del desarrollo venidero. De esta manera surgió un verdadero “Estado desarrollista”, pequeño (la carga tributaria total estaba por debajo del 10% del PIB), pero fuerte, probo y activamente subsidiario.

Aspectos clave de estas intervenciones desarrollistas fueron los grandes proyectos infraestructurales que abrieron grandes canales (como el célebre Götakanal, de 190 kilómetros, que creo una vía de comunicación fluvial continua en el interior de Suecia de 390 kilómetros), líneas férreas que crearon una red central que unió todo el país (y cuyo costo se cubrió con endeudamiento externo y llegó, en ciertos momentos, a representar el 70% del gasto fiscal) y la modernización de los puertos (como el gran puerto de Gotemburgo). Igualmente importantes fueron las inversiones en educación, donde destacan la creación de la escuela básica universal (folkskola) en 1842, la expansión de la educación secundaria y la formación de nuevas instituciones de educación superior que venían a complementar las clásicas universidades de Uppsala y Lund (aquí sobresalen el célebre Karolinska institutet en el área médica y la Real Escuela Superior Tecnológica así como las universidades de Estocolmo y Gotemburgo).

Más importante que estas iniciativas concretas son los niveles relativamente altos de autonomía del Estado sueco frente a las élites y los grupos de interés del país. Es esta característica la que explica la capacidad del Estado para dar prioridad a los intereses de largo plazo de la nación en lugar de aquellos cortoplacistas de las élites o de diversos intereses corporativos. En América Latina la norma era lo opuesto: diferentes facciones de las élites se hacían con el control directo del aparato estatal y lo convertían en herramienta para promover sus intereses. La principal explicación de esta diferencia fundamental radica en la base estructural del desarrollo del Estado monárquico sueco, que es una relación directa entre la Corona y el campesinado, lo que le dio al poder real, y por lo tanto el Estado, una base tanto fiscal como militar autónoma (Suecia fue el primer país que instauró la conscripción popular de soldados, los que vivían entre los campesinos y eran mantenidos por ellos; el sistema es conocido como indelningsverket y fue formalmente establecido en 1634). Esta posición de autonomía y fuerza de la monarquía hizo posible fenómenos tan sorprendentes como la reducción de las tierras de la nobleza que ya se ha comentado. El Estado sueco se transformó de esta manera en una arena ordenada de negociación y compromiso social y no, como en el caso de América Latina, de disputas civiles devastadoras en el seno de sus élites.

5. El capital humano

Los aspectos que ya se han mencionado nos dan una explicación del surgimiento y desarrollo de aquel factor que se convirtió en la gran carta de triunfo de Suecia en su extraordinario salto industrializador de fines del siglo XIX: sus niveles comparativamente muy altos de capital humano, tanto en lo referente a la educación general de su pueblo como a la formación técnico-científica de la élite. Debemos recordar que el salto al desarrollo de Suecia coincide con la así llamada segunda revolución industrial, en la que la ciencia aplicada y los niveles de escolaridad de la población jugaron un papel clave. Por ello es que son los países con altos niveles de alfabetización y sistemas avanzados e inclusivos de educación los que en ese momento se  pusieron a la cabeza del progreso. Estados Unidos, Alemania y Japón son tres ejemplos significativos en este contexto.

El protestantismo fue muy importante en este contexto, con sus traducciones de la Biblia a los idiomas nacionales y la insistencia en que este texto, así como escritos de popularización como el Pequeño Catecismo de Martín Lutero, fuesen leídos directamente por el pueblo. Las amplias campañas de lectura emprendidas por la Iglesia Nacional Sueca (luterana, estatal y la única permitida) desde principios de los años 1600 fueron muy significativas a este respecto. De esta manera se prepara la transición a la alfabetización universal completa (es decir, donde no solo se aprendía a leer) que se logra durante la segunda mitad del siglo XIX. Para fines de ese siglo podemos constatar una enorme distancia en esta materia  entre Suecia (y Escandinavia en general) y América Latina. Así, mientras que en Suecia prácticamente toda la población adulta sabía leer y escribir, en América Latina apenas una cuarta parte de la población lo hacía. Esta comparación se hace aún más clarificadora si se contrasta a Suecia con un país de igual ingreso per cápita: Chile. En torno al año 1900 ni siquiera el 40% de los adultos chilenos sabía leer y escribir.

Esta gran diferencia entre dos países con un ingreso per cápita similar dice todo acerca de las diferencias en la estructura socioeconómica subyacente y los patrones de distribución del ingreso y las oportunidades que la misma genera. Chile y Suecia enfrentaron los desafíos de la segunda revolución industrial con condiciones radicalmente diferentes en lo que respecta al hecho clave de ese momento: el desarrollo del capital humano. Por ello mismo es que ambos países se orientan hacia trayectorias absolutamente diferentes de desarrollo a pesar de mostrar cifras de crecimiento económico en que Chile incluso llegó a superar a Suecia durante las décadas anteriores a la Primera Guerra Mundial. Esto es lo que pasan por alto quienes solo observan las cifras de crecimiento sin preguntarse por el aspecto cualitativo del mismo y su capacidad de hacer sostenible el crecimiento en el largo plazo. En suma, Suecia se transformó en una sociedad industrial de primer orden mientras que Chile quedó entrampado en su dependencia de las exportaciones primarias.

El tema del capital humano se refiere a los niveles generales alcanzados por la población pero también, y no menos, al de sus élites. La amplia aceptación y difusión de las profesiones técnicas entre las clases medias y los estratos más altos de la sociedad sueca no tuvo paralelo en América Latina. Volvamos al caso de Chile para dar un ejemplo. La Universidad de Chile desarrolló ya a partir de la década de 1850 la enseñanza de la ingeniería (que no tuvo un comienzo fácil y fue la única del país hasta la década de 1890), pero solo 9 personas recibieron el título de ingeniero civil entre 1856 y 1890 y otras 72 el de ingeniero de minas (fuera de ello estaban los agrimensores y otros profesionales de grado inferior que eran mucho más numerosos). Por lo tanto, ni siquiera un centenar de chilenos se habían graduado como ingenieros hacia finales del siglo XIX, mientras que en Suecia había por ese entonces más de 2.000 ingenieros salidos de sus universidades o institutos de rango universitario.

Por lo tanto, no es sorprendente constatar la ausencia en Chile y en América Latina de grandes emprendedores-inventores comparables, entre tantos otros, con Gustaf de Laval (inventor del separador lácteo y la tobera convergente-divergente en que se basan las actuales turbinas aéreas; fundó la gran multinacional Alfa Laval), Alfred Nobel (inventor de la dinamita y con unas 350 patentes industriales registradas; fundador de Bofors y un verdadero imperio industrial y petrolero), Gustaf Dalén (premio Nobel en física e inventor múltiple: fundador de la transnacional AGA en torno a sus inventos en torno al uso del gas), Lars Magnus Ericsson (innovador en telefonía y fundador de la gran compañía que llevó su nombre), Sven Wingquist (inventor de los rodamientos modernos y fundador de SKF, de donde proviene la Volvo) o Jonas Wenström (inventor del dínamo moderno y el transformador de la corriente alterna; uno de los fundadores de ASEA, hoy ABB). Es cierto que existieron personas de gran talento que podrían haber sido tan brillantes ingenieros e inventores como los recién nombrados, pero ni el entorno cultural, las instituciones educativas ni los incentivos fueron propicios para que surgieran como tales.

6. La cultura

Por último, lo más llamativo, evidente y, sin embargo, lo más difícil de identificar con exactitud: la importancia de la cultura y su entorno religioso. Es fácil argumentar en términos genéricos sobre la importancia para el desarrollo económico de la diferencia entre una cultura como la luterano-nórdica, centrada en el deber, el ascetismo y la interioridad, y aquella católico-mediterránea que llegó a América Latina, con su carácter extrovertido y la centralidad del honor y el estatus social. Max Weber nos habló en este sentido de la relación que a su juicio existía entre la ética protestante (si bien él tenía en mente sobre todo a los calvinistas y puritanos) y el “espíritu del capitalismo”, y no es difícil aceptar que una cultura que no solo enfatiza sino que le da un carácter de misión o vocación trascendente al ahorro, la austeridad y el trabajo es más proclive a la formación del capitalismo que una que tiende a acentuar el ocio como actividad noble por definición al igual que la ostentación propia de un rango social elevado. Aun así, es evidente que las tesis de Weber y otros “culturalistas” han encontrado fuertes dificultades a la hora de ser probadas y que el desarrollo posterior del capitalismo ha mostrado que éste puede florecer bajo los entornos religioso-culturales más diversos, incluidos aquellos de raigambre cultural católico-mediterránea (que, por lo demás, fue su cuna histórica). Al parecer, el capitalismo puede tener muchos y muy diferentes espíritus.

Por otra parte, en el caso específico de Suecia es sumamente difícil determinar cuál fue el aporte del luteranismo y cuál el del propio capital cultural sueco precedente. Es evidente que el luteranismo influencio a Suecia, pero este país (y Escandinavia en general) no dejó de influenciar lo que sería la versión sueca de esa orientación religiosa.

Mi conclusión sobre este tema es que la cultura y la religión que la sustenta representan complejos enormemente versátiles que se desarrollan y reciben formas específicas a partir de un amplio conjunto de circunstancias, estructuras y tradiciones que les dan su contexto. En fin, la historia es un poco como un guiso en que ninguno de sus ingredientes puede, por sí solo, explicar los resultados obtenidos.

Palabras conclusivas

El espejo latinoamericano da una serie de claves para entender el extraordinario éxito alcanzado por Suecia en su momento estelar: las cuatro décadas que preceden el estallido de la I Guerra Mundial. Al mismo tiempo, el espejo sueco nos da un contraste en el que relucen con triste fuerza aquellos elementos que nos conducirían a esa frustración que tanto nos pesó y dañó durante el siglo XX. Las falencias y los desafíos de entonces no han dejado, sin embargo, de ser actuales en los diversos países que conforman nuestra América Latina. Allí están para demostrarlo nuestras frágiles instituciones, la corrupción, los populismos, las terribles desigualdades de oportunidades e incluso de trato, el débil desarrollo de nuestro capital humano y con ello de nuestra capacidad productiva e innovadora. Permanecemos presos de dilemas nunca resueltos y seguiremos pagando por ello mientras no los enfrentemos como corresponde.

 

Mauricio Rojas, Senior Fellow de la Fundación para el Progreso (FPP).